Valencia, 14 de octubre de 2023.
No sé cuánto tiempo hace que tengo esto entre pecho y espalda, pero no había
tenido la valentía de sentarme frente a este monstruo que me acecha la mente y
el corazón cada vez que quiero recordarte bonito y sin dolor. Este monstruo que me invade la vida y me nubla los ojos con lágrimas cuando cruzas el umbral de mis sueños.
Pero como hoy hay un eclipse y debo cerrar ciclos y mirar para dentro, decidí armarme de valor para organizar mis ideas y poder decirte lo que nunca he podido, porque dueles, porque sigo herida, porque me llené de rabia. Una rabia que usé como excusa para huir y hoy, trece años después, finalmente decido volver la vista atrás para mirarte de frente y decirte esto tan importante, que no he sido capaz de verbalizar en años.
Pero antes, debo confesar que te espío de lejos, a través de quienes han sido más valientes que yo y han antepuesto sus sueños y sus ganas frente al miedo; que se han sembrado en tu tierra, con fusil en mano y escudo en el pecho, para defender lo que yo no he sido capaz. Debo confesar que soy presa de la envidia y me carcome cual óxido, mellando mi voluntad de envejecer contigo, dejando que me arrulles con el susurro de tus mares, en mi soñado porche con hamacas, con eterno olor a salitre criollo, bajo un techo a cuatro aguas adornado con caña brava, frente a un portal con sendas palmeras dando la bienvenida al atardecer que se posa sobre esa perla caribeña que eres tú.
Te juro que lloro cada vez que alguien me regala un poquito de las caricias de las olas de Parguito o de un paseo por Puerto Cruz con su faro coqueto de fondo, mientras caza momentos para compartirlos con quienes tenemos el cuerpo aquí pero el alma allá, contigo y con ellos. He paseado tantas veces por El Yaque que me siento hasta capaz de agarrar un kite y hacernos el amor sobre tu agua, para transformar este dolor en la más profunda, transparente y pura conexión que jamás ha existido entre mi alma y tus elementos.
A mí me hicieron de ti, Caracas que diga lo que quiera, pero mis células tienen tu ADN, tu arena blanca, tu marea, tu ritmo, tu guaguancó, tu salitre, tu mundo marino, tu fuego y hasta tus empanadas; por eso me he sentido huérfana, como si no perteneciera a ninguna parte; he cometido el error de querer encontrarte en otros mares, en otros paraísos, con jergas que no controlo y estaciones que me enfrían el cuerpo y las ganas.
Créeme que hasta me he hecho la idea de traer un poco de tu magia a esta tierra que me abrió sus puertas de par en par y me adoptó como hija cuando me quedé vacía y desesperanzada; pero como la vida te pone a dar vueltas para que aprendas y mi alma se empeña en cumplir sus pactos, aquí estoy de nuevo, trece años después, con el otro extremo del hilo rojo, buscando el camino para cumplir mi sueño, contigo de protagonista, porque sí, el mundo está lleno de mares y maravillas, pero ninguno como tú.
Entonces, después de esta confesión, me siento en la obligación de pedirte perdón, por pensar que esa Margarita que añoro sólo vive en mi recuerdo, en mi memoria y en el imaginario colectivo de quienes, como yo, te añoramos desde el frío rincón que habitamos. Tú no eres un desgobierno de turno enquistado, tu eres mi raíz y pase lo que pase, te juro hoy que volveré a sentirme libre en tu viento y en tu mar, contigo resguardando mi vida y la de aquel que me acompaña, con todo aquello que tu permitas que disfrutemos y vivamos. No sé si falta mucho o poco, pero este juramento solemne que dejo sellado con mis lágrimas y mi sangre en esta epístola es un contrato de vida que cumpliré a cabalidad, como sólo una venezolana de pura cepa y enamorada hasta el tuétano de tu esencia y de su hombre, podría hacer.
Que todo lo vivido y aprendido en estos trece años de autoexilio, llenos de experiencias “puyúas” que me han hecho aún más fuerte y valiente, sirvan para engrandecerte más cuando finalmente estemos juntas de nuevo.
Con esperanza y amor, de quien te quiso, te quiere y te querrá por siempre,
Laura Cristina Da Silva.