Valencia, 31 de octubre del 2023
Querido Fabián:
Han pasado ya casi cinco años desde que abandoné Ecuador, mi hogar durante una década. Y tengo la sensación de haberme quedado huérfano de algo. Todavía no sé si de padre o madre. Lo que sí sé es que algo que era mío me lo arrancaron y no hallo hasta ahora la forma de encontrar un alivio a esta ausencia. La pérdida es tan dolorosa que no me deja ver las cosas con claridad. Desde que volví, no me encuentro. Me siento como un árbol sin raíces o como una cometa a la deriva.
Así que en estos días me dediqué a hacer cuentas. Pensé que tal vez era una forma de encontrar consuelo. La ecuación fue muy sencilla. Lo que me dio tu país menos lo que me quitó. La verdad, lo que menos me importaba era el resultado de aquella operación. Necesitaba racionalizar de alguna forma aquel legado. Y sí sirvió. Al día siguiente, me sentí más liviano, como si algo de mí se hubiera liberado. Y cada vez que leía de nuevo aquella lista, menos carga sentía en el pecho y más leve encontraba el sentir.
Dicen que la vida es como una escuela de aprendizaje, así que en el lado izquierdo (lo que me dio Ecuador) puse lo que aprendí todo ese tiempo ¿Y en el derecho? Ahí dibujé una gota de sangre. Creí que era la mejor forma de ilustrar esa herida abierta que me produjo el desarraigo de tu tierra y que tal vez algún día cicatricé. Volviendo a la lista de la izquierda, lo primero que anoté fue mi primer aprendizaje. Algo que no dejé de aprender hasta el último aliento que salió de mí antes de partir. Me refiero a celebrar la vida. Cualquier excusa era buena allá para juntarse y festejar. Un nuevo coche, una beca, una buena nota en el colegio, un ascenso en el trabajo… Incluso un despido podía ser motivo de festejo. Al final, no importaba tanto la razón, sino el hecho de reunirse y encontrar un momento para cultivar la alegría, el agradecimiento y el gozo de estar vivos, ese milagro que olvidamos tantas veces.
La segunda lección que me dio tu país la encontré en la naturaleza, con la que aprendí a sentirme abundante. Me acuerdo de que tú le decías Pachamama. Al principio, me costaba entender por qué le hablabais, le hacíais regalos, le bailabais… Al final, acabé yo también haciéndole ofrendas, que enterrábamos bajo tierra o dejábamos en medio de la selva o de un bosque. Y de verdad que me sentía abundante. Valoraba la luz del sol cada mañana, las estrellas, la luna, pero también las pequeñas cosas. Como la guayaba, el tomate de árbol, la papaya, la pitahaya, la guanábana, la naranjilla, la granadilla… ¡Cuántas pequeñas cosas se me daban cada día que venían de la tierra!
Aprendí también con Ecuador que la razón sin corazón es sinrazón. Que la dulzura es el camino más rápido entre dos personas que se encuentran distantes. Que la palabra no es el único lenguaje que tenemos los humanos. Que el cuerpo también habla y que la danza es la mejor manera que este tiene para expresarse. Que el sentido de comunidad también es un sentido. Que a los coches también se les puede poner nombre y que incluso se los puede bautizar. Que los nombres de personas nacieron para acortarse, que, si el latido es el pálpito del corazón, la música es el pálpito de la vida.
Y podría seguir escribiéndote una lista interminable de lecciones. Mas no quiero convertir mi carta en un conjunto de enumeraciones. Me basta con nombrarte una sola lección más, que resume por completo todo lo que aprendí de tu país. Humanidad, Fabián, humanidad, esa es la lección más importante que me llevé de tu Ecuador y es, sin duda, lo que más le falta a nuestro mundo.
Finalmente, querido amigo, me despido con un gran abrazo que atraviesa fronteras y con el deseo de que la vida siga tejiendo sus misterios y que nuestros caminos puedan cruzarse en algún punto de este vasto universo. Por supuesto, si es en Ecuador, mucho mejor.
Con eterno cariño,
Javier Sarasola Ruiz