Cada verano viajo a San Esteban del Valle, mi pueblo por adopción, el cual me encanta por la tranquilidad que puedo encontrar allí. San Esteban no es solo un pueblo: es un territorio donde el tiempo parece haberse detenido en un pliegue de la sierra, como si alguien hubiera olvidado darle cuerda al reloj del mundo.
Llegué buscando descanso y encontré un silencio tan profundo que, por momentos, parecía tener vida propia. Allí, la señal telefónica no se pierde: se evapora, como si fuera un espíritu tímido que se esconde entre los castaños. Y el internet, ese hilo invisible que sostiene la vida moderna, se convierte en un espejismo que aparece y desaparece según caprichos que nadie logra descifrar.
La primera noche, mientras el móvil agonizaba sin cobertura, sentí que el pueblo me observaba. No con hostilidad, sino con esa paciencia antigua de los lugares que han visto pasar generaciones enteras sin prisa y sin esos aparatos llamados teléfonos.
En ese aislamiento involuntario, el pueblo comenzó a transformarse ante mis ojos en el mítico «Macondo», de Gabriel García Márquez, un lugar donde las noticias tardan horas en llegar, algunos días o nunca.
Movistar ante mis ojos paso de ser la empresa que en Venezuela fue mi casa profesional durante diez años, siendo una marca transnacional que dominó mercados en Latinoamérica desde España y que tejió redes que parecían invencibles, a una compañía gigantesca ineficiente e incapaz de encontrar un simple “par”, un puerto, un hilo, un resquicio por donde hacer pasar la vida digital hasta mi ordenador.
Sus vagas explicaciones suenan a presagios: “inviabilidad técnica”, “falta de infraestructura”, “ampliación pendiente”. Palabras que, repetidas, se vuelven como los augurios de Melquíades en Cien años de soledad: misteriosas, circulares y eternas. Excusas escritas en arameo o un idioma indescifrable, técnico y calculado para que un simple mortal desista en el olvido y se dé por vencido.
Mientras tanto, yo espero y sigo esperando porque mi naturaleza siempre ha sido de resistencia y persistencia dando una oportunidad más. Y en esa espera, descubro que la España vaciada de la que todo el mundo habla es una sentencia de desdén. La España rural no está vacía de gente: está vacía de servicios, carece de médicos, maestros, cuidadores, jornaleros y de cosas tan básicas como la conectividad para pagar el pan o cualquier alimento cuando no se tiene dinero en efectivo.
Esos pueblos carecen de aquello que permite que la vida rural sea una elección y no un sacrificio.
Los románticos hablan de repoblar, de volver a los orígenes, de recuperar las tierras. Pero ¿cómo volver si el mundo moderno no llega? ¿Cómo teletrabajar desde un lugar donde la señal se esconde como un animal asustado? ¿Cómo construir futuro en un lugar que, como Macondo, vive atrapado en su propio encantamiento?
Algunos dirán, ¡fue producto del incendio!, no seas dura, pero es que antes del desastre, ya teníamos mal servicio y nos habíamos quedado sin señal días enteros.
Que se entienda, San Esteban del Valle es hermoso, sí. Pero también es un espejo que revela una verdad incómoda: cuando la tecnología falla, la vida se achica. Y en esa mengua, uno siente que no solo se pierde la conexión, se pierde la dignidad de ser atendido, escuchado y considerado.
Hablemos claro, esperar dos meses por la instalación de un servicio básico no es solo un retraso: es una forma de olvido, ¡es desidia!
Las fluctuaciones de señal que llegan en forma de ráfagas acompañados por el aire caliente y son alegría momentánea para los usuarios. Hay que comprender algo, no son un favor o un lujo, es un derecho que se paga y bien pagado. La situación es la confirmación de que, para algunas compañías, estos pueblos siguen siendo puntos diminutos en su “roadmap” comercial, lugares donde la modernidad llega tarde, mal o nunca.
A ustedes, ejecutivos de Movistar ojalá lleguen mis palabras, ¡cuan equivocados estáis señores de las telecomunicaciones! porque esos suscriptores olvidados de mi pueblo tienen más años como clientes de su empresa que ustedes en sus escritorios.
La fidelización comercial de las cuentas no se logra con promociones y permanencias sancionatorias, se hace con calidad de servicio. Les recuerdo que existe un indicador de crecimiento y rentabilidad que ahora olvidan: El temido ISC, índice de satisfacción del cliente. Pero entiendo, que para un monstruo como Movistar el alta de una fibra o de una línea móvil de un suscritor en un pueblo remoto a dos horas de Madrid, es una pequeñez, cuando su norte comercial actual es construir Data Centers, gestionar IA, BIG DATA o CLOUD.
Al final, comprendí su mensaje silencioso, que la desconexión no era solo un fallo técnico: era un síntoma. Un recordatorio de que, en ciertos rincones de España, el futuro aún viaja en burro mientras las grandes compañías prometen autopistas digitales que nunca llegan.
Y así, en este Macondo serrano donde la señal se esconde entre los castaños y los técnicos se convierten en personajes fantásticos que prometen volver, uno aprende que la magia no siempre es luminosa: a veces es la magia triste del abandono.
Pero también descubrí algo más. Que los pueblos no mueren por falta de gente, sino por falta de presencia. Que la España vaciada no necesita discursos, sino infraestructura. Que la vida rural no se rescata con nostalgia, sino con compromiso. Y que la tecnología, ese hilo invisible que une al mundo, es hoy tan esencial como el agua que baja por las fuentes.
Por eso escribo. Para que este silencio no sea olvido. Para que los pueblos de España no se conviertan en versiones europeas de un Macondo condenado a la soledad eterna. Para que quienes toman decisiones entiendan que la conectividad no es un lujo, sino un derecho. Y para que algún día, cuando alguien llegue a mi pueblo buscando paz, encuentre también señal, futuro y dignidad.
Porque si algo aprendí en estos meses de espera es que la desconexión duele, pero también despierta. Y yo, que fui parte de una empresa que alguna vez conectó continentes, hoy levanto la voz desde este rincón de la sierra para decir que los pueblos merecen más. Merecen ser vistos. Merecen ser escuchados. Merecen ser conectados.
Que este artículo sea, entonces, un pequeño acto de resistencia. Un conjuro contra el olvido. Una forma de encender la luz donde otros la han dejado apagar.
¡Hágase la internet para todos!
Excelente artículo.