Primavera en la nieve

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Un gélido invierno en primavera

Ella iba en el metro rumbo a su trabajo, recién había recibido `la llamada´; ésa que todos temen cuando están lejos de los suyos y que tarde o temprano siempre llega. ¡Es ley de vida!

Los llantos desesperados, las voces de angustia de sus hermanas llegaban desde Venezuela anunciando que la mayor se había apagado. ¡Se fue! Dos palabras como un silbido que resuena duro y que penetra.

Aquí, en Madrid, donde llevaba más de cuatro años viviendo, ella sintió que bajo sus pies se abría un inmenso hoyo negro al que no se le veía el fin. Se le clavó una punzada en el corazón, el vacío en el alma, la mente ofuscada con mil pensamientos haciendo ebullición.

¿Hacia dónde voltear para abrazarse en el mismo dolor? ¿Con quién compartir esas lágrimas incontenibles? ¿Quién la ayudaría a recordar los momentos vividos, esos detalles que iban y venían en una incomprensible danza?

¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Cómo hilvanar una oración, una frase que hiciera retroceder esos minutos? ¿Cómo hacer que esa partida tenga un retorno?

¡Respuestas imposibles, siempre!

Respuestas que aún se tornan más inalcanzables cuando la separación impuesta para ella era de más de 7.000 km. Sólo tenía frente a sí un frío celular; tan frío como el viento que se le incrustó en el rostro cuando iba camino al metro que la conduciría al nuevo trabajo, el que asumió ella desde que se sumó a la diáspora venezolana en España. Un trabajo que le habían ofrecido y había aceptado, sin tomar en cuenta que éste estaba muy lejos de todo aquello que, en más de 40 años, había desempeñado en su Caracas natal. Sólo importaba que ahora éste le permitiera sentirse útil y activa.

Iba ella en el metro. Fue el viaje más triste, solo, largo y pesado que ella había realizado desde su llegada a Madrid. La vista nublada, obligaba a sus ojos a contener las lágrimas frente a tantos extraños; no era por vergüenza por la que se imponía esta contención. No era necesario. En los vagones del metro de Madrid cada uno va leyendo o está inmerso en sus propios problemas; cada quien va a lo suyo. Domaba las lágrimas porque su dolor era suyo, era tan íntimo, que no quería que lo violara cualquier intruso que osara en algún instante posar su mirada en ella.

Ese día comprendió a cabalidad el verdadero sentido que contenían esas frases tan manoseadas ¡emigrar no es cosa fácil! ¡Qué difícil es emigrar! ¡Emigrar no es para todo el mundo! Frases que ya son lugares comunes, que se repiten en cada reunión cuando se topan dos o más personas en diáspora. Ahora éstas cobraban otra dimensión, a la luz de la primera pérdida de un ser querido que sufría estando lejos de su país. El sentido ahora iba mucho más allá de lo que hasta el momento pensaba.

Comprendió que al expresar que ¡emigrar no es cosa fácil! ¡Qué difícil es emigrar! ¡Emigrar no es para todo el mundo! va más allá de lo tangible y alcanza a esos importantes sentimientos que hacen la diferencia en el ser humano.

Hasta el momento, esos estribillos expresaban verdades y abarcaban, a su entender, aspectos tan triviales como duros, según el prisma de quien lo viviera. Para ella se referían, hasta entonces, a tan sólo motivos y aspectos especiales que llevan a una persona a dejar una vida atrás, para luego enfrentarse a nuevas condiciones y vivencias cuando se llega a un nuevo destino. Motivos, condiciones y situaciones que siempre se deben o pueden asumir y resolver con más o menos dificultades, o con mayor o menor rapidez.

Temas que se circunscribían a responder interrogantes como ¿cuál país será el más conveniente, el más amigable, el de mejores perspectivas para vivir? Ése donde se pueda tener estatus de legalidad. Aunque muchos no están en condición de elegir, no tienen esa oportunidad. Para ella fue fácil, el destino era España, sí o sí. Hoy ella considera que España, y especialmente Madrid, fue el mejor destino que pudo haberle tocado. O a pensar en ¿qué trabajos u oficios se está dispuesto o tendrá la oportunidad de realizar en ese nuevo destino? Esto dado a que, generalmente, a la llegada al país escogido, se tienen que retroceder algunos pasos desde los niveles que se han alcanzado en los años de ejercicio laboral, algunos con altos estándares profesionales. O responder a una interrogante, para muchos vital ¿será fácil superar lo que se ha dejado atrás? Alejarse de familia, afectos más preciados, casa, modo de vida, hábitos, costumbres, trabajo… Es quizás lo referente a la familia lo que más le ha costado superar a ella.

Son estos tres algunos de los muros que tiene que derrumbar quien emigra. Aunque siempre éstos son superados por todo aquel que, desde el comienzo de los siglos, ha tenido que dejar atrás su país de origen, sin importar las razones de ese abandono. Incluso José y María también superaron muchos escollos, cansancio, hambre, frío y dolores, cuando tuvieron que traer al mundo a Jesús en aquel frío diciembre, en un pobre establo de un país extraño.

Y ¡cuidado! Mira que “no es fácil” encontrar al emigrar las respuestas acertadas a cada situación. No lo ha sido para ella, tampoco.

El emigrar amerita aplicar altas dosis de humildad; bajar decibeles al orgullo de mostrar la experiencia y competencias alcanzadas con años de estudio y trabajo; echar a un lado zonas de confort; asumir una disposición al cambio, a la resiliencia; trabajar el desapego, sin perder el amor y el respeto a las raíces o traicionar valores y principios, entre otros aspectos de los que hay que deslastrarse para asimilar los cambios necesarios a fin de adaptarse a un nuevo lugar de acogida.

También “es difícil”, para muchos, entender que ya no se es “fulano de tal”, reconocido por su desempeño en su círculo de amigos, compañeros y conocidos. Ahora, en España, se es tan sólo un número de DNI o NIE y, cuando mucho, un nombre x, que no dice nada a quien lo escucha.

En adelante, en el país de acogida, si en éste el idioma oficial es el castellano, la “distinción” no sólo la marca el color de piel, sino el acento “extraño”. Ese acento que hace que muchos le pregunten de qué país proviene ella. También tuvo que aprender que en su nuevo país, aun compartiendo el castellano, las cosas tienen diferente nombre y los nombres diferentes significados que los que tienen en su país de origen.

Tampoco “es para todo el mundo” dejar costumbres tradicionales y asumir nuevas, en aras de la imperiosa necesidad de lograr el arraigo en el país de acogida. Ella ha sentido que en ese adelgazamiento de sus costumbres ha perdido mucho de ese calor de hogar que tanto disfrutaba en Venezuela.

Ni “es para todo el mundo” adaptar el cuerpo a los cambios climáticos, en especial a los emigrantes que vienen, como ella, de climas tropicales, caribeños, donde sólo hay dos estaciones: lluvia y sequía. Ahora ella se enfrenta a las cuatro estaciones en el año. Hecho que se traduce en pasar del calor extremo y seco al frío intenso. Para muchos, y también para ella, afrontar estos cambios de temperatura “no es fácil”.

Ahora, ella, que veía desde lejos al invierno y al otoño como estaciones llenas del romanticismo, como esa grata sensación que le despertaba escuchar “Las cuatro estaciones” — esa mágica obra musical creada por Vivaldi–, ha tropezado con una realidad: El frío le penetra el cuerpo, inunda sus huesos, seca la piel y entumece los dedos. Mientras que el verano, no es sólo playa, arena y diversión, también es el sol ardiente que calienta con furor las calzadas mientras el viento escamotea su presencia. También padece, aunque la ciudad quede casi vacía, la seca atmósfera que le produce una sensación de agobio y pesadez, cuando se ve en la necesidad de quedarse en Madrid. Es un calor que, unido a la sequedad del ambiente, le ralentiza el movimiento imponiéndole el tan maléfico sedentarismo.

Aunque es también cierto que como compensación, ella disfruta de la belleza y alegría de la primavera, de las terrazas, de los parques, de los trinos de las aves, y observa detenidamente la belleza de la creación al ver, desde la terraza de su piso, a una pareja de pajaritos tejer sus nidos en los árboles. Y en otoño, ver las hojas vaciar los árboles y sus cálidos colores ocres, es un espectáculo digno de admirar y que le produce una mezcla de tristeza y paz.

Ahora ella comprende que, a pesar de lo fuerte que puedan sentirse y vivirse, estas “dificultades” y “escollos” no son lo más trascendental para la diáspora. El ser humano, por naturaleza, se adapta a los cambios. Nada es para siempre y todo se supera. Ella lo sabe muy bien, es mucha el agua revuelta que ha tenido que nadar a contracorriente en sus siete escalones de vida.

Lo sabe ya. Ella sabe que expresiones referidas a la emigración como “no es fácil”, “es difícil” o “no es para todo el mundo”, van mucho más allá de esas urgencias o inconvenientes que se presentan al tener que moldearse a nuevos entornos, ello debido a los contrastes presentes en la idiosincrasia de cada región, país y población.

Ha entendido que lo verdaderamente trascendental está en esas huellas que, aunque intangibles, son profundas e imborrables. En esas huellas que van dejando esos cuerpos físicos que se diluyeron con su partida final. El dolor y tristeza producidos por el funeral al que no pudo asistir; por esas despedidas que quedaron en suspenso; por el calor congelado de los besos que la distancia interrumpió; por los brazos extendidos que no encontraron el cuerpo que quería abrazar; por las miradas esquivas y las palabras que se consumieron en un silencio; por las lágrimas que no se compartieron de cerca y por tantas otras, pequeños grandes “detalles” existenciales que tocan los sentimientos.

Lo que trasciende al ser son esas huellas que se tatúan en el corazón al cortar la confidencia, la complicidad, la picardía y la camaradería construidas al calor del hogar y en los círculos de amistad. A cada paso del tiempo, la distancia hace más difícil el mirarse a los ojos al compartir, entre lágrimas y sonrisas, aquello que nos emociona, alegra, preocupa o asombra.

Son esas huellas en el alma y en el ser lo que hacen que en su emigrar ella sienta con frecuencia que vive un gélido invierno, aunque sea primavera.

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