He perdido la cuenta de las veces que me he mudado, y ustedes dos lo saben. Las circunstancias son tan diversas, como las razones que tengo hoy de escribirles. Me urge que entiendan que sí es posible amarlas profundamente al mismo tiempo. El amor es un privilegio, después de todo.
En un abrir y cerrar de ojos, fui forzada a dejarte amada mía, porque te has casado con gente con la que me cuesta convivir, y un día incierto me vi cruzando la aduana del aeropuerto con dos maletas de 23 kilos por lado. Me despedí sin voltear atrás. Las lágrimas vinieron semanas después, y se prolongaron por años.
En aquellas valijas viajaron más que ropa, zapatos, libros y otros enseres; lo estrictamente necesario. Sutilmente dejé colar en sus rendijas el imaginario de mi infancia, de las escuelas, la universidad y del trabajo; la familia, los amigos, todo lo que me diste madre patria, todo con lo que me envolví por más de 40 años. En un revolcón sin pronóstico, las fechas patrias, los héroes libertarios, los límites fronterizos, la cultura, el idioma, el clima, la comida, comenzaron a ser otros; los que mi nueva madre me enseñaba a fuerza de sangre, sudor y lágrimas.
Era sentir que no era de allá, pero tampoco de acá. Estar como en un limbo. Eso sí, no había vuelta atrás.
La orfandad es un sentimiento demasiado vil, es una sensación que te seca la boca, que te corroe el pecho (por dentro). Así me sentí por años, como un velero a la deriva en altamar. O al menos eso creía. Ahora entiendo que todo era parte de un proceso, y sin dejar de amarte, le abrí espacio en mi corazón a otra madre, a ésta que sin verme nacer, ha sido benévola, generosa y amable a manos llenas. Quizá es una forma de retribución, porque otrora fuiste tú quien cobijó a sus hijos cuando huían de la guerra. Abriste tus brazos y los cobijaste como si fuesen tuyos también. A muchos de ellos y sus descendencias, en un giro del destino, ahora les correspondió volver infinitamente agradecidos, sobre todo a aquellos que en carne propia vivieron el terror, saborearon el amargo trago del destierro.
Madre mía, me llevó tiempo reconocer que aprender otro idioma (más allá de las dificultades propias), no era traicionar mi lengua materna; pero además, que si no flexibilizaba mi postura, el camino iba a ser más complejo. Entonces, comprendí que -pese a no tener descendencia lusa-, nos arropa y cautiva el mismo cielo, el mismo sol nos calienta, la misma luna nos invita a soñar y que, sólo era cuestión de tiempo y de agradecimiento.
Esta madre adoptiva, me ha enseñado a fortalecerme, a dosificar el orgullo; aprender acerca del valor de la paciencia y, sobre todo, a verla -no como madre sucesora-, sino como un noble, amoroso y cálido lugar capaz de cobijarme en invierno, y calentarme el alma en el verano. A deleitarme con el renacimiento de las flores en primavera y, a reconocer que las hojas en el otoño mueren para darle vida a otro ciclo. Que todo es un justo equilibrio.
Dejé de caminar cabizbaja y, una vez que comencé a apreciar sus colores y matices, surgieron ideas; me sobrevino un deseo de explorar y explotar algunos talentos que estaban dormidos. A retratar a mi madre adoptiva en todo su esplendor. Es una impecable y audaz modelo. ¿Y sabes madre patria? Evitar compararlas, es con certeza, la dosis más idónea frente a la nostalgia y la pesadumbre, porque cada una tiene sus virtudes y con eso he vivido, con eso me quedo. Y cuando quiero conectarme contigo, huyo hasta la playa más cercana y allí, justo allí te encuentro, me encuentro, y me reinvento.
Déjame quererte de esta manera; déjame recordarte sin reclamos, sin azuzarte, sin confrontaciones, amada patria. Déjame que tus fragancias endulcen el día a día, que el almíbar de tus raíces no se me pierda entre el genio ajeno. Que los sabores permanezcan en mis manos, y que en mi interior perdure una añoranza que no vacile para despertar un guiño en mi boca. Déjame quererla, a Madeira, porque ella se deja amar.
Esta carta es como una canción necesaria, como un poema urgido; una fiesta para ustedes dos.
Zeudy