Querida abuela, 

Querida abuela - Cartas desde la diáspora

Madrid, 31 de octubre de 2023 

Gracias por encenderme una luz en la noche. Quizás no tuviste tiempo de saber cómo me relaja ver el impredecible contoneo de la llama de una vela cuando tengo frío, estoy ansiosa o cuando deseo cauterizar una pena. También, me permite iluminar un momento que quisiera capturar para siempre, aunque no haya sido el caso esta vez. Simplemente, necesitaba sentirme acompañada. 

No puedo explicarle a nadie como busqué encender esa vela, que ya se encontraba bastante derretida, para que me confortara en un episodio especialmente oscuro. Y cómo la mecha se negaba a sostener la llama, hasta que me di por vencida y me acosté con tu nombre en la cabeza. Sin embargo, la mañana me trajo la luz del día y tú me regalaste la luz de la vela que, en algún instante de la noche, decidió encenderse. Ahora que estás en todos lados, conoces mi pequeño placer. 

Desde que partiste, Belén, te escondes en la risa de un bebé y en el resplandor de la tarde de Madrid, que me acaricia para decirme que ninguna tristeza es eterna. Sí, abuela, Madrid es muy noble. Es una madre que recibe a hijos venidos de todas partes de España y del mundo. Y España, a su vez, es una abuela que ve volver a nietos y bisnietos que hicieron hogar en otros vientres de la exuberante América.  

Abuela, eres Caracas y Madrid. Eres Granada, su belleza y bohemia. Eres «La casada infiel» de García Lorca y el eterno «Margarita» de Rubén Darío, ambos recitados por ti de las memorias de tus épocas escolares. Eres el «Pequeño Diccionario Ilustrado Larousse«, remendado y encuadernado mil veces, con el que mi madre terminó sus estudios y que tú me guardaste para construir mi vocabulario en el colegio. Te recuerdo consultándolo cada vez que yo tenía la duda de cómo se escribía una palabra, sólo para que yo lo viera y para responderme con propiedad. Aquí, con más razón que nunca, uso el Diccionario de la Real Academia Española como mi oráculo en el móvil y en la vida. Creo que tu ayuda ha migrado a otros formatos. 

En España, saboreo los momentos en los que me hacías chuleta sajonia, que se ha convertido en mi placer infantil de la compra; rastreo los sitios que puedan tener polvorosa de pollo y añoro los pancitos dulces (los que llevaban el azúcar por encima, que me comprabas en la panadería Rosita). Aún no logro conseguirlos por estos lares. Es que aquí, abuela, no son amantes de los panes dulces. Eso es muy nuestro y de nuestros vecinos colombianos. Lo bueno es que se consigue casi todo, por no decir que todo, pero el corazón y el paladar, a veces, se aferran a lo que no tienen.  

Llegaste a saber que tengo un gato, Sayayín. Un compañero, amigo y alebrije. Mi hijito felino. Sin embargo, ya tu fantástica memoria estaba resquebrajada (eras casi centenaria) y olvidabas su nombre con frecuencia. Si no, se lo cambiabas a Tallarín, que también era sonoro y adorable. Él y tú habrían congeniado muy bien. Es un gato amoroso y sensible, que disfruta tumbarse a mi lado mientras escribo en el ordenador o cuando veo una película. Habría sido tu compañía en los crucigramas y sudokus. 

Sé que sabes que ahora estoy más cerca de María Angelina y de Itziart. Mari vive en Almada, al lado de Lisboa, y en estos nueve años desde que me fui, nos hemos visto tres veces. Cuando nos juntamos es como si mi casa, la de Caracas, me refugiara de nuevo. Es como si el tiempo no hubiese pasado, aunque ambas sabemos que sí lo ha hecho. No somos las mismas, pero el cariño es, si se quiere, más fuerte. 

Itziart se ha mudado a España a finales de mayo. ¡Vive en Madrid! Pasó casi nueve años en Perú, pero ansiaba venir a la tierra de su yaya. Este verano nos pudimos encontrar aquí Mari, ella y yo, un par de días. Les sacamos el jugo, aunque la fecha me haya pillado trabajando. Yo venía de estar en Lisboa con María Angelina y Luis, ¿te acuerdas de él? Definitivamente, era el indicado para formar una familia con ella. Ambos se entienden y se hacen felices. Han sido un estupendo equipo en esta eterna aventura de la migración.  

Creo que estoy redundando contándote ciertas cosas. Claro que sabes que vi a María Angelina hace poco. Por supuesto que estás al tanto de mi periplo en autobús para llegar a Lisboa. Me acompañaste cuando se me descargó el móvil minutos antes de que el Uber me dejara en su casa desde la estación de Oriente. Me buscaste un conductor amable que me dio una solución cuando el autobús se accidentó, poco antes de entrar a Portugal. Sabes todo esto porque te fuiste un 5 de agosto y yo viajé el 8 a llorarte con mi amiga de la infancia. Ya estaba planeado verla, pero sé que, de alguna manera, terminaste con cualquier duda de viajar esa semana. Nos acompañaste en Fátima, en la adoración de la Virgen, con el sacerdote capuchino francés al que perseguimos para que nos bendijera los rosarios que ahora tenemos Itziart, Mari y yo. Te moviste con gracia con las palomas que irrumpieron en la iglesia y se posaron en lo más alto, sobre la Virgen y que, a su vez, convirtieron a mis ojos y mi corazón en cascadas.  

Nos llevaste de la mano por ese viaje mientras tú te ubicabas entre los grandes. Con tus poetas. Con tus hermanos. Con tus padres. Con aquellos a quienes mencionaste cuando fueron a rezar contigo a casa, horas antes de que cerraras los ojos para siempre. Tus ojos bicolores. No dejes de mirarme, abuela. No dejes de mirar hacia Caracas, a mi madre, a quien todo le debo. No dejes de mirarme a mí, en Madrid, y donde quiera que esté.  Yo siempre veré al cielo. Veré mis lunares. Te veré a ti. 

Te ama, 

Tu André.  

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