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¡Que alguien nos explique el show en Ferraz!

Tanto la descalificación como la crispación política en España no son -ni han sido con anterioridad- herramientas de uso exclusivo de la derecha y de la extrema derecha. Las actuaciones y discursos de la izquierda, y en particular de los líderes del PSOE, han sido en los últimos tiempos aportes de gran relevancia a la degradación de la política de este país. Basta revisar la hemeroteca para encontrar a un Oscar Puente encendido y descalificador o a la misma vicepresidenta María Jesús Montero en una vergonzosa actitud barriobajera para comprender su propio aporte a la convulsa legislatura 2019-2023. Los ataques feroces contra familiares han estado en la agenda política española desde siempre. Al novio de Ayuso, que no era el marido y cuyo expediente de hacienda parece anterior a la relación con ésta, lo cosieron a titulares y menciones desde los medios, el Congreso, los pasillos. Y nadie dimitió.

Es increíble que en un país europeo que ha conseguido reivindicar su papel a ojos de toda Europa en la arquitectura de seguridad y que ocupa la posición 13º entre las economías del mundo, se muestre esta bochornosa pantomima política liderada por el partido de gobierno y el propio presidente; una treta que va creciendo a riesgo de convertirse en un boomerang. Quienes hemos recalado en este país hace décadas, huyendo de los melodramas manipuladores del poder, contemplamos estupefactos este escenario. Curioso es que reproduzcan con tanto talento lo que desde cierta superioridad moral adjudicaban a las “repúblicas bananeras”. De un tiempo acá es más fácil sintonizar la telenovela histérica y contemplar la inescrupulosa manipulación emocional en cada encuentro parlamentario, que escuchar verdaderas soluciones a los problemas que aquejan al país. 

Hoy, desde las filas del PSOE, todos se echan las manos a la cabeza pero basta conocer un poquito la historia política de España para comprender que el ensañamiento hacia los familiares de líderes políticos no es algo nuevo, por el contrario, es altamente previsible y podríamos decir que es consubstancial a la asunción de poder. Inclusive, los ha habido más injustos. Por ende, que el señor presidente piense en dimitir víctima de señalamientos expone entonces una falta de temple para el cargo, ergo, para aquellas vacantes en Europa si es que fuere éste el destino ansiado.

Tampoco parece novedosa la propuesta de “huida” viniendo de la izquierda. Hay quien asegura que se trata de una respuesta impresa en el libro socialista, una respuesta histórica para quienes se ven débiles o envueltos en líos.  Muchos ejemplos pueden ilustrar la afirmación, pero nos contentamos con traer a colación los que pesca a bote pronto la memoria: el escándalo “hermanísimo” de Juan Guerra que provocó la dimisión del vicepresidente del gobierno Alfonso Guerra o la histórica dimisión de Adolfo Suárez. Pero es solo un abrebocas de la lista. Lo nuevo con Sánchez es que lo hace desde el poder, dejando una interinidad…Quizá será bueno que «levantemos las orejas».

Consideremos por un lado que al presidente debe generarle mucha presión la gestión de los “Frankenstein” que ha creado y que ahora debe recoser: uno de ellos es el acuerdo como los independentistas catalanes, que aprietan y aprietan. La última exigencia ha sido la de Puigdemont condicionando los presupuestos a la cesión del 100% de los impuestos.

Por otra parte, y a vistas de las elecciones catalanas, se ha deslizado que la intención del PSOE sería que la campaña pivotara sobre la figura de Sánchez para no tener así que dar explicaciones sobre el caso Koldo que acabó vinculando a Begoña y a Air Europa. No olvidemos, además, que el PSOE al completo podría estar en ascuas debido a la amenaza de Israel por el caso Pegasus. Pero a día de hoy es la pataleta del Presi la que copa las cabeceras y los espacios dejando de lado otros tantos asuntos de trascendencia política. 

La huida sin más, no parece la vía más adecuada a un cargo de su nivel. Huir teóricamente es el resultado del miedo. Como pares “huir y miedo” se explican desde la psicología. Pero en este caso el anuncio de huir parece requerir un poco más de malicia por parte nuestra en la interpretación del gesto ya que resulta más que sospechoso viniendo de un estratega como Sánchez. Sin que el presidente esté exento de riesgo al tomar la decisión, el anuncio genera un clima que puede emplear muy a su favor. Si afinamos más el análisis, podremos deducir que el presidente en realidad no quiere dimitir porque sino ya lo hubiera hecho, como los hizo en su momento Adolfo Suárez, directo y sin aspavientos. Así que impresiona su decisión como una sobreactuación para generar, desde la emocionalidad, una respuesta de respaldo colectivo y algo más: un cierre de filas quizá, una presión sobre su coalición de gobierno y más claro, una advertencia, una amenaza … “si me marcho” … (algunos asuntos de van al traste). Presión sobre los socios catalanes porque sino la amnistía podría correr peligro…, presión sobre los vascos, sobre SUMAR y sobre Yolanda Díaz. 

Otro escenario posible nos plantea al Sánchez ambicioso. Tal vez esté delineando una estrategia al mejor estilo António Costa en Portugal, aunque él dimitió al momento. ¿Acaso el presidente estaría persiguiendo una moción de autobombo (confianza) para quizá acabar en alguna de las sillas que se están a punto de desocuparse en Europa?

Es posible también que esté intentando generar más presión sobre la opinión pública para contra las cuerdas a los jueces que le atacan (previniendo el escenario de nuevas y peores acusaciones ) y para emprender así, de una vez por todas, la ansiada reforma integral del Poder Judicial, la que no tendrá nada de nuevo, salvo el color, porque seguirá politizada. 

Si el Sánchez enamorado (otro cursi adjetivo en esta novela para manipular) está convencido de la inocencia de su mujer mejor será que deje a la justicia actuar. Es lo que haría un líder cabal. Los socialistas han de desistir de esa manipulación desde los medios, de ese tremendismo y victimismo a la hora de enfrentar cualquier embate. Cuando señalan a su mujer pareciera haber asuntos cuando menos opacos que solo precisan explicaciones. El deber del presidente es esclarecerlo todo.  Si hay solvencia y transparencia, no habría nada que temer. Lo que sí resulta una amenaza es ese intento de silenciar mediante una sarta de recursos novelescos las voces que la denuncian. Lo democráticamente correcto, por respeto a la población que lo ha apoyado, y a quienes vivimos en el territorio, es exponer las pruebas que desmienten tales acusaciones en su contra.

Si el presidente Sánchez dimite a consecuencia de una amenaza de investigación por tráfico de influencias y corrupción, de cara a los españoles automáticamente estaría sembrando la sospecha entorno a la integridad de su mujer y por ende, de la propia. 

Y si no, que alguien nos explique el show vergonzoso y el masaje al ego del narcisista Sánchez en Ferraz, las descalificaciones encubiertas o ¿cómo se come ese cuento de una democracia amenazada por el señalamiento a la esposa del presidente? ¡Por favor!

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