Del corazón y la boca

Los sentidos nos vinculan, nos envuelven en una atmósfera de sensaciones. Son
ese anclaje con el corazón, con ese músculo que suele sernos ajeno, pero que
fielmente nos acompaña, da señales y respuesta.

La ventana a medio abrir -por donde se colaban los aromas hacia el vecindario- y las manos de Matere haciendo milagros. Tres ingredientes eran suficientes para conquistar el paladar y arrebatarte el juicio: ajo, cebolla y amor.


Los sentidos nos vinculan, nos envuelven en una atmósfera de sensaciones. Son ese anclaje con el corazón, con ese músculo que suele sernos ajeno, pero quefielmente nos acompaña, da señales y respuestas. Damos por sentado que él está allí, y nada más. Pero es el corazón el que nos conecta a la vida en todo sentido.


Los latidos y su frecuencia van marcando pauta, pausados, rítmicos, a galope.


Me pasa con frecuencia que le escucho fuerte y emocionado cuando me conecto con la cocina y lo que ella implica en pasado y presente. Ese lugar donde todo converge, donde me siento cautivada y libre. Las reuniones familiares; encuentros y desencuentros, siempre tienen un escenario donde todo empieza, y se fragua. La cocina es el núcleo de la vida hogareña. La unión de gente, sensaciones y sabores. Y Matere era una experta en eso. No sólo en la enorme capacidad de multiplicar el pan y el vino sin ser Dios, sino en cautivar con sus guisos, esa sazón que con pocas especies impactaba sin reparos.


Anton Ego, el célebre crítico gastronómico elitista, severo y orgulloso del film Ratatouille, se caracterizaba por su implacable manera de juzgar los platos que degustaba, a través de su columna de opinión. La actitud de un crítico en apariencia intraficable; sin embargo, bastó un bocado del plato Ratatouille. Mientras cerraba los ojos, todo en su ser inició un viaje en el tiempo, a aquella precaria, pero memorable cocina de su madre. Como un reencuentro con la calidez, como si le abrazaran el alma; una dosis de tibieza que le ablandó las expresiones faciales, le dibujó una sonrisa que yacía Inerte en el espacio de su
más profundo ser.


Y es que tiene sentido, cocinar para otros es un gesto de afecto, un indefectible acto de amor.


No importa dónde nos ocupe el presente, hay siempre hilos que se van hilvanando en forma de recuerdos transportándonos al pasado, ese que de vez en cuando, sin pedir permiso abre la puerta de las añoranzas y nos baña de nostalgias; volvemos a los momentos, lugares y a personas.


De la misma forma como los sabores son determinantes cuando degustamos un plato, los olores que se desprenden del fogón no pueden menospreciarse; me atrevo asegurar que son el primer contacto con la memoria del corazón. Son la antesala.


En el corazón habitan verdades más profundas que las se pueden entender con la lógica o la razón. Cuando amamos, el corazón no se ensancha, se ahonda, porque recordar significa volver a pasar por el corazón, y una forma aparentemente simple de hacerlo es con la comida. A mi me enternece recordar a Matere en sus platos poco elaborados, pero con sabores únicos, pues es como si ella nunca se
fue. Es como si me abrazara de nuevo cuando más lo necesito.


Uno de los retos que enfrenté al inicio de la etapa migratoria fue el de los sabores y la gastronomía en sí del lugar donde vivo hace diez años. Aunque hay productos muy similares a los de mi tierra natal, algo ocurre en su confección. Hay maíz para arepas, pero saben diferente; plátanos, arroz, caraotas, quesos, y aun así en la boca todo se transforma. Cuando me urge sentirme en casa, la fórmula perfecta para mantener vivos eso que nos une a los nuestros, a aquellos que no están con nosotros como Matere, con esa sonrisa tibia y afable; esos ojos aguarapados y sinceros, y esas manos que entregaban la pureza de ese amor sin egoísmos propio de ella, pero que en la cocina se potenciaba, simplemente busco los ingredientes mágicos de su cocina: ajo, cebolla y amor. Me conforta pensar que El Gabo tiene razón cuando afirmaba «La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artilugio logramos sobrellevar el pasado».

El Autor

1 comentario en «Del corazón y la boca»

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