Mocaccino, Bigo y Cacao

Rutina del amor

Cinco días por semana el despertador se activa a la misma hora 5:45am. Con los ojos aun cerrados, en la calma de la prematura mañana me incorporo, pongo mis manos en las rodillas para conectarme con mi Yo Superior. Casi acompasados, Cacao salta grácilmente hacia la puerta del dormitorio y Mocaccino descarga sus afiladas y frenéticas garras en la base de la cama. Acto seguido, me dispongo a ir al baño. Ellos dos (Bigo está en su propio mundo), comienzan su rutina  de yoga mañanera. Indudablemente son ellos quienes han dado origen a la  milenaria disciplina. Primero las  patas delanteras, luego el torzo y, finalmente, las traceras; les secunda un noble bostezo. De ellos aprendí el valor de darle elasticidad a los músculos  a primera hora del día.

Como un escuadrón de seguridad me van escoltando el camino, voltean eventualmente para garantizar que hacen bien su papel, y que sin su ayuda quizá no sepa llegar. Ya sentada en el trono, a media luz, mi atención tiene dueños. Cada mano con un propietario. En una el Moquis y en la otra Cau. Ahí, sobar es la magia del ritual, orejas, cuello, lomo, !ah! y panza al final. El ronroneo impone melodía al taciturno momento, e impregna azulejos, grifería, toallas, y hasta el agua que en un instante sagrado me lava la cara y la boca.

Dicen que como estamos en el momento de mayor vulnerabilidad, los gatos se encargan de protegernos. Ha de ser verdad, pues cuando activo el bajante de la sanita, es como si una conexión proveniente de todos sus ancestros les indicara que ya pueden abandonar ese espacio. No sin antes lamerse. Un  autolavado que potencia su belleza natural, amén de profesarse entre ambos  un amor que supera cualquier intento de comprensión posible.

Algunas veces descargan el ímpetu de sus pubertades practicando lucha libre en un cuadrilátero tan minimo que mis piernas o pies acaba por ser una especie de esquina donde descansan entre  asalto y asalto, inocentes de lo que sus enormes cuerpos pueden ocasionar a su paso. Entre mordidas y carreras rozan sillas, golpean marcos de puertas y aterrizan contra ventanas. Mocaccino ya perdió medio colmillo en una embestida.

Ligeramente activos y cansados, beben agua, coquetean con las croquetas y van a dar a la cama de nuevo, donde aun continua su Majestad Big. En una tarea titánica consigo organizar las sábanas y el edredón; se suben, los bajo, y así hasta lograr el cometido.

Allí retozan y siguen  cada  movimiento de mi cuerpo mientras me dispongo a alistarme para un dia más de trabajo…en aquellos ojos que me miran como si yo no regresase me veo, me pierdo;  en esas pupilas atentas y vivaces me fundo en un amor sin distingos, sin mezquindad, sin prepotencia; son una nobleza que trasciende.

Me despido tocando sus cabezas, trazando una línea que conecta con sus húmedas, frías y encantadoras narices, con la promesa de que volveré más tarde.

Las mañanas tienen esa ruta de paz, esa rutina de un amor que me habita.

El Autor

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