Hasta que vuelvan a mi lado
El 24 de junio la tierra habló dos veces. Dos sacudidas que partieron el día en antes y después, dos golpes que todavía resuenan en mi pecho, aunque viva a miles de kilómetros del epicentro.
Mi familia, «hija, nietos y yerno salió ilesa», y agradezco a Dios por ello con cada respiración. Ese milagro me compromete con mi fe, porque si la tierra los dejó quedarse, yo debo hacer que cada día cuente para bien.
Pero mientras agradezco, y me alivio también me quiebro. Porque la palabra “ilesos” pesa como esas losas que hoy sepultan a muchos.
Cuando pienso en los cientos que aún buscan entre los escombros gritando un nombre, un abrazo, una vida. Saber de niños sin padres. Padres sin sus hijos. Familias sin despedidas.
Esa herida emocional que habrá que sanar, es la prioridad hoy y mañana, rogando que no quede en el olvido, que la incompetencia y la desidia de un país devastado por egos políticos, no marquen más de lo que ya marcó la tierra cuando decidió abrirse y remover sus cimientos sin aviso.
Cada mañana amanece como si el mundo fuera de vidrio, con la fragilidad del miedo incrustado en el estomago. Me levanto con el cuerpo aquí, en Madrid, pero con el alma allá, camino por las calles y siento que llevo un mapa invisible en la frente: A ti Venezuela! marcada como una constelación que solo los que hemos migrado pueden leer en el cielo por la noche.
Y es en esas noches, cuando las redes sociales son una ventana abierta hacia el dolor. Una ventana que no quiero abrir para cuidar mi higiene mental, pero que no puedo cerrar porque hay un lazo que los años y la distancia no han disuelto. Miro y me duele. No miro y me duele más. Es una batalla entre protegerme y acompañar desde lejos a quienes no tienen descanso.
Escribir esta noche es mi desahogo. Mi forma de sostenerme cuando el temblor vuelve en silencio, mi manera de acompañar sin estar, de llorar sin derrumbarme, de darle nombre a lo que la tierra dejó sin palabras. Escribo para no quebrarme, para no olvidar, para no dejar solos a los que aún esperan un milagro.
Y en medio de esta fragilidad, comprendo que la vida es un instante que no siempre avisa. Que debemos despedirnos cada mañana con un te quiero, con un abrazo, con un beso, y con un inequívoco ¡Bendición! y una respuesta de ¡Dios te bendiga!
Que nunca se sabe cuándo puede ser el último adiós, que no debemos dejar para después un café, porque tal vez no hay un después. Debemos hacer esa llamada que siempre posponemos, preguntar a tiempo ¿cómo estás?, ¿qué necesitas, decir ese ¿ya llegaste?, ese ¿qué tal tu día?, porque a veces la vida nos arranca personas sin darnos oportunidad de cerrar la historia. Y entonces entendemos, demasiado tarde, que los gestos cotidianos eran la verdadera eternidad.
Veo videos, fotos, nombres escritos en cartones improvisados. Veo la falta de infraestructura, la ausencia de manos oficiales, la fragilidad de un país que siempre ha tenido que sostenerse solo. Quisiera cerrar los ojos, pero si los cierro, ¿quién encuentra a los que aún esperan bajo los escombros? Quisiera dejar de mirar, pero si dejo de mirar, ¿cómo sostengo la esperanza de que aparezcan?
Me cruzo con mis paisanos por Madrid, ellos también tienen ese mapa invisible en la frente, la cajera del supermercado con los ojos rojos de no dormir, el repartidor en la esquina de Canillas que aprieta el teléfono como si fuera un rosario, la trabajadora de la tienda que sonríe por compromiso y me pregunta si mi familia está bien. Yo respondo que sí, que gracias a Dios están ilesos, pero en mi voz se cuela el temblor de los que no tuvieron la misma suerte.
Sus rostros son espejos del alma, ojeras profundas, respiración corta, esa mezcla de culpa y alivio que solo entiende quien ha sobrevivido a la distancia. Trabajamos con el corazón desgarrado, cumplimos horarios, atendemos reuniones, pero por dentro seguimos buscando entre ruinas, seguimos escuchando nombres. Yo sigo rezando para que la burocracia me permita tener a mi familia y me siento a esperar cada tarde por abrazos que aún no llegan.
Y en medio de todo, me llena el orgullo de ver cómo mi gente esa Diáspora Venezolana se ha volcado a ayudar sin pensarlo dos veces. No importa si están en Chile, España, Estados Unidos o Perú: cuando Venezuela tiembla, todos sentimos el mismo sacudón en el alma.
Quisiera agradecer a los rescatistas de tantos países. Esos héroes que regalan esperanza, que sin decirlo son el hilo entre ese padre o ese hijo que espera a sus seres queridos debajo de los escombros. Héroes que con un grito y un silencio esperan ese “aquí estoy”. Héroes que sostienen la vida en sus manos mientras el mundo observa sin poder hacer suficiente.
Somos un país roto que sigue amando. Un país disperso que sigue respondiendo. Un país que tiembla, pero no se rinde.
Y yo, desde esta orilla, sigo escribiendo para no quebrarme, sigo mirando para no olvidar, sigo respirando para sostener la esperanza de que cada nombre perdido encuentre su abrazo, de que cada silencio se convierta en vida, de que cada grieta sea algún día cicatriz.
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