Arepas Solidarias

Un recuerdo de infancia en Caracas que celebra la amistad, la generosidad y la solidaridad alrededor de unas arepas venezolanas para compartir

La niñez da para todo. Puedes extraviarte con tus amigos imaginarios, tantas veces como desees, pero también puedes contar con los de carne y hueso. Yo siento que éramos más que amigos, como una especie de cofradía. Cada quien con su personalidad, con sus mañas, con sus virtudes y defectos, pero éramos una hermandad.

Si bien las maestras establecieron diferencias enormes entre nosotros, yo creo que fui inmensamente feliz esos seis años de mi vida en la escuela Bianco, y todo lo que ella implicaba. Las clases, las siestas, el recreo, los paseos, el aprendizaje que tenía prácticamente todo lo que nos rodeaba; la hora del almuerzo – aunque detestaba mucha de la comida que nos daban-, y amaba especialmente el desayuno.

A media mañana, en el primer receso de la jornada – estábamos seminternados-, podíamos ir a la cantina, comernos lo que traíamos de casa o, como me ocurrió en varias ocasiones, velarle la lonchera a otros, porque olvidaba la mía en el poste donde esperaba el transporte. Esto casi siempre me ocurría cuando el desayuno era un par de acemitas dulces, porque en lugar de que estuviesen en su forma original, esponjaditas, a mi me gustaban que tuviesen forma de platillo volador. Me sentaba encima de ellas, que permanecían en la bolsa plástica en las que mamá las guardaba, luego de rellenarlas con queso guayanés o paisa.

La señora Carrero quien conducía el transporte, siempre, pero siempre andaba como su apellido, a las carreras. En la zona donde vivíamos, Los Símbolos en Caracas-, funcionaba la venta de varios locales de arepas para ser rellenas o cuya masa ya venía aderezada con chicharrón o anís dulce, empanadas, tequeños. Las más populares del sector – dicen que aún es así -, y en consecuencia, el tránsito vehicular representaba un caos matinal. Por ello, cuando llegaba destrozando la corneta y haciendo ademanes con el brazo izquierdo para que supiéramos que estaba cerca, salía corriendo para entrar como quien se lanza de clavado en una piscina en la parte trasera. Primero el morral y luego yo. Y allí se quedaron tantas veces presas de la orfandad, mis acemitas.

Cuando me percataba de que las había abandonado a su suerte – alguien tuvo que salir premiado -, era muy tarde para volver. Así que me tocaba dramatizar el hecho y plegarme a la camarilla de compañeros que a diario daban la vida por probar las arepas de las hermanas Pérez Bustamante. Ese enorme círculo de masa venezolana – hecho de tales dimensiones con toda la intención de ser compartida -, con hueco en el medio, cocida en abundante aceite para que tomaran color y se potenciara el sabor, y en su interior diablitos con cheez whiz, con lo cual se le otorgaba al paladar mayor placer. Nos peleábamos por el turno como muchachos que éramos, pero jamás nos miramos de otra manera que fuese con camaradería. Una enorme lección de vida: donde come uno, comen dos, y hasta seis. Son la generosidad y solidaridad valiosas virtudes que nunca deben desecharse.

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