PARTE 1
La Anécdota
Agricultores sin beneficio económico, con más de 60 años y sin generación de relevo.
Por: Carmen Iturbe
Hace unos días me reuní para celebrar San Antón, patrono de los animales, y fui a las fiestas de mi pueblo adoptivo, San Esteban del Valle, allí pude vivir por primera vez las costumbres del día; no llegue a tiempo de la misa, pero alcance a ver las pujas en la plaza por obtener productos cárnicos de temporada e incluso animales. Dentro de las actividades organizadas por los propios vecinos, está la participación de la peña de los caballistas, quienes elegantemente ataviados fungen como guardianes de la celebración retirados de la muchedumbre. También está el compartir de una excelente limonada elaborada con vino blanco, el roscón y los panecillos de San Antón, las pastas dulces, los mantecados y los polvorones o dormidos como se les conoce originalmente. Luego entrado el medio día no podía faltar el ritual de ir de paseo por los bares del pueblo y tomar el aperitivo, para luego llegada la hora degustar la tradicional comida del día, con unas ricas alubias blancas con patas de cerdo y patatas a la importancia.
Disfrutando del menú con unos amigos del pueblo, como es lógico surgieron varios temas de sobremesa que voy a contarles.
Tengo que decirles que, por ellos, escribo este relato, porque vi en sus ojos malestar y al mismo tiempo resignación. Hago esta reflexión personal, cruzando los dedos para que por suerte este relato llegue a manos de algún diputado o comisión pertinente que tenga el poder y la convicción de tomar decisiones a tiempo para parar la debacle en la que se sumerge del campo español.
Estando allí entre amigos, me preguntaba: ¿cómo es posible que se tenga tan poca visibilidad? o lo que es peor, que sean pocos los titulares en los medios de comunicación y el tiempo dedicado para informar lo que paulatinamente está ocurriendo en detrimento de mis amigos y de los niveles de hastió que tienen los agricultores en el sector primario en general. Cuestión que en definitiva nos atañe a todos.
No puedo más que ser empática, y dedicar este pequeño espacio para difundir la situación allí expuesta, siendo un “déjà vu” para mí. Debo admitir que lo viví y sentí como hace años. ¿A qué me refiero?, antes que nada, voy a contarles que he tenido vinculación con productores agrícolas y pecuarios, casi toda mi vida, ya que, en Venezuela giró en torno a este medio, al punto de estudiar una carrera agronómica y mi cercanía con este sector productivo fue bastante estrecha. Estoy segura de que algunos lectores venezolanos que conocieron el potencial que tenía el país en rubros como la caña, maíz, algodón, café, cacao, frutales, hortalizas, arroz, carne y leche compartirán mi sentir.
Sin duda, ver como se desmantela y desborona poco a poco este sector productivo en España no es grato, carecemos de incentivos que motiven a nuevas generaciones a tomar el testigo y seguir en la loca carrera de ser agricultores o también formar técnicamente a quienes vienen a vivir al país para sustituir a quienes pronto se jubilan, eso significaría una oportunidad al campo español. Por el contrario, vamos de cabeza al declive, lo que significa firmar el acta de defunción de un sector tan importante. Lo expuesto es un miedo conocido, con el plus de haber vivido las consecuencias de una economía de puerto tras echar el cierre al campo en Venezuela.
No me digan que España no es Venezuela, por el solo hecho de estar en la unión europea, NO, tampoco me digan que aquí no es igual por ser un país de primer mundo, porque todos sabemos que se parecen cada día más que un hermano gemelo, en diferentes latitudes.
Una de las charlas que me llamó poderosamente la atención y que me congelo el cuerpo, al punto de querer escribir mi impresión fue las relacionadas con la precariedad que vive hoy el campo español.
Vivir una especie de desafío que no deja beneficios económicos y que muchos lo hacen por tradición, costumbres, herencia y sentimentalismos.
Nadie en su sano juicio tiene una actividad a la que dedica tiempo, trabajo y dinero que no tenga una remuneración económica que lo justifique. Todo lo contrario, que tengas que sacar dinero de tu bolsillo “para que no se deje de hacer”, es a mi parecer el principio del fin.
Hablemos de los jornaleros; encontrar mano de obra para la actividad agrícola es un gran reto en España, debemos partir del hecho de que la concentración demográfica está en las grandes “urbes” y que las oportunidades de encontrar personas dispuestas se reducen cada día.
Para muestra un botón, haciendo la campaña de las aceitunas los últimos 4 años lo he vivido, hay que llevar jornaleros desde la ciudad al campo, lo cual incrementa los costes para poder sacar el trabajo adelante. Y no se trata de pagos, ni de baños portátiles en medio de una finca, ni tampoco de altas en la seguridad social, ni de beneficios del trabajador impuesto desde una silla ergonómica de piel fina alejada de la realidad, tampoco se trata de que sea un trabajo precario que atente contra la dignidad, es simplemente que no es atractivo y solo un puñado de amigos y familiares casi todos inmigrantes están dispuestos a realizarlo por llevar sustento a su mesa y/o romanticismo puro.
Pero ¿por qué pasa esto?
El campo y sus trabajadores están envejeciendo y no hay generación de relevo. Un error que nos costó muy caro a los venezolanos en nuestro momento, cuando el padre hizo el trabajo de la tierra mientras pudo y mando a sus hijos a estudiar derecho, arquitectura, medicina dejando a la finca sin herederos que le sucedieran en el tiempo.
¿Ven por dónde va la historia?, sigamos con el día de San Antón.
Escuché referencias financieras del porque el campo y la agricultura se quedan día a día más en el abandono, que llegado el momento se deja de ir a la finca y su legado que tanto dio de comer a todos, les confieso, escuchar eso para una desterrada como yo fue muy doloroso.
Pero también entiendo que para llegar a ese punto se tiene que pasar por mucha decepción, frustración y aguante.
Escucharlos decir anécdotas como que en los primeros años de la década de los 80, siendo tiempos aún difíciles en lo político y en lo económico en España, era habitual tener de encargo en una carnicería local del sur de Ávila, unos 900 cabritos para la Nochebuena, parece una exageración si la comparamos con las cifras que se comercializan en 2026 en el mismo local.
Eso despertó en mí la fértil imaginación matemática, ¿quiere decir entonces que había en el pueblo productores ganaderos para tal pico de venta? Hubo un silencio de segundos con una afirmación melancólica que indicaba que antes todo el mundo tenía animales y vivían de ello cómodamente, a parte de los viñedos, los olivos y otros rubros agrícolas, y se podía considerar que vivían bien.
Si trasladamos la situación expuesta en la mesa, a todos los vecinos del pueblo, y a otros pueblos se puede visualizar que “la comida” elemento vital para la vida y sostenibilidad agroalimentaria de la región estaba garantizada. Muchos vivían con productos de la época para vender y así podían tener la tan deseada calidad de vida que todo ser humano necesita.
Haciendo espejo, la Venezuela rural de los 60, con la ley de reforma agraria y seguido por las décadas de los 70, 80 y 90, fueron años que a pesar del éxodo campesino a las ciudades por el petróleo y la industria en general, fueron puntos atendidos por los programas de gobierno del momento. Existía a nivel estatal entidades como Bandagro y el ICAP para financiar los proyectos agropecuarios e instituciones como el IAN para garantizar la adjudicación de las tierras, siempre de la mano del MAC. La participación y el aporte de la investigación por parte de los decanatos de agronomía de las principales universidades trajo consigo la tecnología, la innovación y la ciencia al campo.
Dichas políticas fueron aprovechadas por muchos europeos que huyendo de las guerras y hambrunas quienes lograron desarrollar y equilibrar la balanza productiva potenciando el auto sostenimiento agroalimentario que el país necesitaba. Ciudades como Acarigua, Guanare, Ospino se convirtieron en potencias en cereales y de oleaginosas, mientras otras como Quibor, Sanare y El Tocuyo eran la cuna de las hortalizas, manejadas por muchos españoles de origen canario.
España por su parte, a pesar de la transición política a finales de los 70 y principios de los 80, tiró de la carreta como podía para hacer de España un país moderno y a la par con otros países de Europa.
En resumen, que sea en América o en Europa el lema “con la comida no se juega” con las que se pintan los tractores en Bruselas es cierto en cada una de sus palabras.
Abandonar el campo, como escuché decir en la mesa, no debería ser una opción, porque la soberanía, la producción de los rubros agrícolas necesarios para sus ciudadanos es cuestión de libertad, y en la actualidad no se ven políticas acertadas desde las sillas de Europa y Madrid para impedir el jaque mate del campo, la jubilación de los agricultores y la dependencia con economías agrícolas de puerto desleales.
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Las personas no ven lo que se encuentra frente a sus ojos, niegan la realidad del parecido con Venezuela y lo peor es que se va deteriorando tanto el país,la sociedad ,los recursos y los que sufren esas consecuencias son las personas más vulnerables.
Deben despertar y no cometer el error de pensar que no les puede pasar porque los daños permanecen
Carmen Yuraima, me encanta que hayas traído a HH el tema de la situación que atraviesa el campo en España. Tu artículo es un buen llamado de atención al peligro que lo acecha; y a no olvidar que sin soberanía alimentaria la libertad ciudadana está en riesgo.