Autor: Adriana Faria
Porque hay historias necesarias de contar, porque ustedes, mis amados Sofía y Samuel, deben saber y aprender.
Queridos Sofía y Samuel,
El número 13. En algunas religiones significa maduración, transformación. En alguna pseudociencia; creatividad, independencia y una vez más, TRANSFORMACIÓN. Pues es de allí, de esa palabra, que mamá saca aquello de reinventarse, de superarse, cambiar y adaptarse.
La historia de nuestra familia es muy especial y mi intención es que cuando lean estas líneas, sean conscientes de aquello que vivieron desde una perspectiva de niños de 6 y 3 añitos; se logre TRANSFORMAR en aprendizaje y por qué no, en orgullo de ser quienes son.
Un 21 de septiembre, hace 8 años, cerramos la puerta de nuestro piso en Caracas, para mudarnos a una nueva casa, una nueva realidad, un nuevo país. Fueron 13 maletas las que trajeron una minúscula parte de nuestras cosas de Venezuela, pero contenían la esencia de cada uno de nosotros.
Papá, como buen arquitecto y porque el orden y el control es su obsesión, diseñó un sistema sencillo pero efectivo, para no dejar nada a la improvisación, cada cosa en su lugar. Todos debíamos escoger lo que más nos gustaba; con preguntas sencillas, intentaba dar con lo importante: ¿con que jugaban más?, ¿que utilizaban más?, que cosas jamás, jamás podríamos reemplazar. De alguna manera, instintivamente y sin darnos cuenta, practicábamos el desapego a lo terrenal y aprendimos a catalogar, cual comisarios de un museo, todos nuestros afectos materiales.
Esas maletas llegaron a tener nombres, ¡fíjense lo importantes que eran! A continuación, haré un pequeño resumen de su contenido y que nos motivó para hacerlo de esa manera, estoy segura de que se sorprenderán.
1, 2, 3 y 4
Las maletas de la ropa de todos, mucha ropa, demasiada ropa, mantas, toallas, es que solo de recordarlo me da comezón. ¿Por qué trajimos tantísima ropa? ¿En qué estaba pensando?
Lo más gracioso es que nada de lo que trajimos era suficiente para el clima de otoño y mucho menos para nuestro primer invierno. Pero eso ya es una historia para otra carta.
5.
La maleta de los zapatos. Mi pasión por los zapatos no es un secreto, así que intente traerme los “indispensables”. Algunas zapatillas de ustedes y su pobre padre, 2 escasos pares de zapatos. Al igual que la maleta de la ropa, un despropósito total.
6.
La maleta de las cosas de mamá, me sonrío con vergüenza dando una mirada atrás, puedo decir que estaba llena de cosas innecesarias y totalmente reemplazables, como un juego de cuchillos alemanes que amaba con locura, unos trapitos de cocina que compre en algún traki (tienda por departamento), moldes de tarta, etc. Como ven, el gusto de mamá por la repostería es de toda la vida. También guardaba estuches de portaminas y lápices especiales, con minas gordas que dan un trazo maravilloso a la hora de diseñar, escalímetros normales y especiales, en fin, muchas cositas de mi carrera, siempre con la idea de ejercer.
7.
La maleta de los Juguetes, si muchos juguetes, todos lo que entraran, los peluches de la princesa Sofia de Disney, la tortuguita, la señora triceraptos, colección de avioncitos y carritos, más y más dinosaurios, muñequitas varias y peluches. ¿Recuerdan lo contentos que estaban al abrir esa maleta en Madrid? Yo tengo el recuerdo intacto; papa y yo nos miramos y sentimos el alivio de no haber escatimado espacio para sus juguetes, fue muy importante para que la tristeza no se apoderara de sus corazoncitos inocentes. Fueron semanas duras de adaptación, que estuvieron amortiguadas por esos juguetes y las películas de DVD de frozen y cars.
8.
La maleta de los papeles importantes y libros, allí se conseguían desde el Plan Houssmann de urbanismo de Paris, libros de Le Corbusier, hasta la carpeta de dibujos de preescolar de Sofia, pasando por los collares de espaguetis pintados con tempera de colores de Samuel. Un sentido homenaje a la cursilería y por supuesto, también a la Academia.
9, 10, 11 y 12
Las Maletas de equipaje de mano. 4 maletas pequeñas, una para cada uno. Allí sí que estaba lo más importante, lo más sensible. Allí guardamos cuidadosamente todos nuestros documentos, tanto académicos como legales. Nos trajimos los últimos billetes en bolívares, por si volvíamos. Unos cuantos DVD de dibujos animados y películas infantiles, mas ropita, formula de teteros, pañales y demás utensilios infantiles para un largo viaje transatlántico.
13.
Y por último, El arbolito venezolano, viajo tantos kilómetros para alegrarnos nuestra primera Navidad en Madrid. Fue tan ridículamente necesario. No fui consciente de su importancia, hasta que vi sus caritas de alegría, esa inocencia que tengo grabado en mi memoria y que todavía me emociona.
Luego de mucho tiempo y reflexión, pude entender que todo nuestro afán por llevarnos tanto en esas 13 maletas, no era más que nuestro grito silente e inconforme de querer seguir con nuestra vida, tal y como la vivíamos. Una vida que irremediablemente no tenia cabida en Venezuela y era más que necesario buscar nuevos horizontes para papá, mamá y para ustedes, mis niños.
Mas allá del contenido de esas 13 maletas, esta lo que nos impulsó a llenarlas. Esta es nuestra esencia, el centro de esta familia, así somos y así nos amamos. Sentimentales, alegres, complejos y venezolanos.
Los ama siempre,
Mamá
Excelente relato, muy conmovedor y llega al corazón… Felicidades!!!
Me encanta tu carta Adriana!