A ti, Francesca, antes de que me lo preguntes

En Madrid, un frío día de otoño de 2023

Hija de mi alma, Hoy he decidido desempolvar esa desvencijada maleta de cartón forrada de polipiel a la que tanto he recurrido cuando me han flaqueado las ganas. La guardo con recelo en un armario incómodo y alto intentando mantenerte lejos, al menos de momento, de la extraña mezcla de tristeza e ilusión que estalla al abrirla. Allí están mis nonni, tus bisabuelos, en su viaje transoceánico a Caracas. Corrían los años 50 y el buque Irpinia llevó a Antonio y Carmelina a orillas tropicales después de 3 semanas en alta mar. En esos álbumes se les ve impacientes, despeinados por el salitre y con ganas de llegar. Sobre todo a nonno Antonio, que estuvo preso en Inglaterra por pertenecer a las filas de Mussolini y aprendió a tocar el violín con su compañero fascista de celda. También hay alguna foto de ese hombre de ojos azules, como el cielo de Madrid, envuelto en un impoluto y tétrico uniforme militar.

Con esa maleta llegaron a La Guaira, inundados por un perfume de empanadas y las luces de las humildes casitas de montaña que les recordaban a un pesebre. Todo esto me lo contó ella, nonna Carmelina, que desembarcó directo a compartir casa con otros inmigrantes del sur de Italia que también escaparon de la miseria de la postguerra. En el patio de una casa, la quinta Trieste, en Los Rosales, nacieron nonno Gianfranco (tu gordito) y el tío Sebastiano, que jugaron felices con chapitas de botella y pelotas remendadas y se tostaron al sol sin clemencia.

Me cuentan que la nonna Carmelina era severísima y una experta en lanzamiento de chancletas con efecto boomerang y nonno Antonio era tan dulce como los panecitos azucarados que horneaba el “portu” de la Avenida Victoria y que tantas veces merendé. Nonno Antonio llevaba sus trajes a una lavandería en el centro de Caracas. Salerno, se llamaba, y el dueño era otro de tus bisnonni, Bartolomeo, el abuelo de papá.

En esas tierras vivió 20 años, de los que volvió no más de 3 veces a Italia y que fueron suficientes para importar palabras como ‘nevera’, ‘basura’, ‘carro’ o ‘coño’ con las que papá creció sin saber que décadas después él también las diría. Cuando el otro día vi que te comías aquel aguacate grande y carnoso con un ímpetu devorador supe que ya estarías lista para empezar a preguntarme por qué en casa somos capaces de comer pastina con Parmigiano y mango de postre, por qué mamá te enseña a decir ‘ventana’ y papá ‘finestra’, por qué tu ritmo es digno de un guateque en El Maní es Así, si es que aún existe, y por qué papá se empeña en cantarte ‘A te’, de Jovanotti. ‘A te che sei il mio grande amore, ed il mio amore grande’, tarareé tantas veces en la Francisco de Miranda con el cd copiado que me dedicó papá.

Sé que querrás saber cómo nos enamoramos y leer las cartas que nos enviamos por correo (bendito Ipostel que las entregó con un retraso pasmoso de 2 meses). También te contaré de las tabletas de chocolate Savoy, que caducaban tiesas en mi nevera y que papá tanto me pedía cuando iba de vacaciones a nuestro pueblito del sur. Recuerda, hija amada, que, desde el fondo de tu alma, tú también eres de Caracas.

Te ama con todo su corazón, mamá.

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