Así me ha ido

Santa Cruz de Tenerife, 30 de septiembre de 2023 

Querida Mamita, 

Ya hace más de trece años que ando por estas tierras, diferentes o no. Caracas era la Sultana del Ávila, pero aquí en Tenerife estoy más cerca de las puertas del Paraíso. 

Cuando te moriste, pese a haber estado en tu velorio, no pude, no quise verte. Te recordaré siempre con tu eterna sonrisa, siempre tan arregladita, coqueta hasta el fin, y solo ese recuerdo guardo, y quiero guardar. La distancia que nos separó me hizo imposible estar contigo en tan infausto momento, pero no pasa nada, como decimos en Canarias. Bueno, sí que pasa, y duele un montón. Y te recuerdo, pero ya no estás para aconsejarme, ni para nada. 

Cosa más, cosa menos, la familia, pues más o menos. De aquella, olvídalo, hasta el viento olvidó su nombre, cuánta razón tenías. Pero me dio muchachos. 

El chamo, profesional ahora, feliz y casadito con la chica que conoció hace más de diez años (¿la recuerdas, aquella catira bonitica de un pueblito del Norte?), ahora ambos con carreras que prometen… Solo espero que un día de estos me llamen para contarme que voy a ser abuelo. 

Y la niña, pues que te cuento. Se perdió en esta tierrita, con el mayor dolor de mi alma, por el tormento de las drogas. No supo, no pudo soportar la tentación, y allí se enganchó, y se tiró por ese barranco. Quizás no supe verlo, quizás no supe definirlo en su momento. Hasta ahora las cosas siguen más o menos igual. 

De allí que siempre digo, le di un hijo a España, y España me quitó a la otra. 

Tras aquella vieja maldición (“nunca más serás abogado”), solo puedo contarte que finalmente logré homologar mi título, y aquí ejerzo la profesión que amo. Aquella decisión, que tanto me costó tomar, ahora da frutos. Doce materias, mamita, me tuve que mamar de nuevo, para poder llamarme de nuevo abogado en estas tierras. 

Experiencia terrorífica, ¿sabes? En su momento, cuando aún se podía, presenté la prueba de conjunto en la Universidad. Dos veces. La primera vez, me dieron hasta por el cielo de la boca, pero salí orgullosísimo, me la comí. Y que no, coño. La había puesto como una metra. El dos punto cinco, suspendido, golpeó mi orgullo como duro mazo. Solo el tiempo hizo que me diera cuenta que no había estudiado lo suficiente. 

Así que lo intenté de nuevo. Seis meses, mamita, poniendo los codos, múltiples madrugadas, noches inacabables, con libros, apuntes, códigos. Hasta que llegó el día una vez más. 

Examen oral, muerte súbita, como en el fútbol, hasta fallar el penalti. Primera pregunta, me la sé, y palante. Segunda, argumento y justifico, vale… Pero en la tercera me tiran una curva, me van a ponchar con una de esas de legislación dudosa. ¡Que no! Revise usted, Profesor, (contesto) que esa norma, se encuentra vigente desde la dictadura… 

Me aplauden los compañeros que estaban presentes en el examen. Pero total que salí asustado, estresado, llorando, ¿sabes? Porque sabía que de ello dependía mi futuro, y el de mi familia. 

Y dos semanas más de estrés alto, subido, hasta que publicaron las notas. ¡Aprobé! Raspaíto, se dice en Canarias, o sea, de vaina, pero aprobé. 

Y después de eso, el rollazo para hacer eso efectivo, hasta el día de la Jura. Por orgullo profesional puro y simple, no quise comprar una toga española. ¡Y no me querían dejar jurar con mi toga venezolana! 

Son diferentes, ¿sabes? La de aquí es linda, con una media capa, a la altura de la rodilla. Y no como esa que llevabas tú, que llevaba yo, el ropón. Pero decorado, eso sí, con nuestros méritos académicos, tú que siempre fuiste tan puntillosa con eso. La banda de la profesión y las tiras de las especialidades. El rojo de Derecho y el blanquiazul de especialista en Hacienda. 

Todo eso desapareció, y mi toga vuelve a ser íntegramente negra. Pero es la mía. Quisieron ponerme pegas para jurar con ella, y moví cielo y tierra, hasta que el Decano de mi Colegio me dijo “esa toga es suya, jure con ella”. 

Aún a día de hoy, cuando me presento en sala, algún juez levanta la ceja. De negro, negrísimo, y corbata al estilo. Pero solo hasta allí llega. 

Sigo contándote, entonces. Aquí conseguí una nueva pareja. 

Tuve, y quiero seguir teniendo, a esa mujer. Con un amor desgarrado, profundo. 

Y me fue bien, hasta que las cosas terminaron. Me hubiera encantado que la conocieras, y que me hubieras dicho lo que pensabas. Quizás no hubiera hecho caso a tu juicio, o quizás sí. Pero ya quién lo sabe. Lo cierto es que a día de hoy aún sigo desgarrado por esa chica, y mucho. 

A día de hoy, ando solito. Y poco más, y a día de hoy, la vida continúa.
A otra cosa…
¿Recuerdas mis luchas contra el régimen?
¿Recuerdas cuántas veces me viste con un chaleco antibalas, pistola al cinto? Esos fueron tiempos negros, mamita. Para todos. 

Esos tiempos me hicieron perder a una mujer. Perdón, a dos. Y nunca gané una Patria. Como no la han ganado todos los que sufren las veleidades, por decir lo menos, del régimen que malgobierna la tierra que nos vio nacer. 

A día de hoy, no quiero, no puedo aceptar el carpe diem que tantos me han decretado. A día de hoy, las quejas sobran.
A día de hoy, soy canario, soy venezolano. Abogado de aquí y de allá.
A día de hoy, mi corazón es rojigualda, y también amarillo, azul y rojo, tricolor. 

En mi corazón, las dos banderas, ninguna de ellas me desgarra.
A mis espaldas, las dos banderas. Mi tricolor y mi banderita española.
Y frente a mí, siempre, siempre un futuro. Malo, o bueno, no lo sé, o ya, solo yo, lo construyo. ¿Cómo lo ves? 

Ya a estas alturas del campeonato, no me lo puedes decir, y cuánto me gustaría que lo hicieras. Ya a estos momentos, solo me gustaría que estuvieras allí. 

Y aquí, en estas pequeñas palabras, está el cómo me ha ido. Bien, o mal. Nadie lo sabe.
Solo la vida misma. 

Te amo, para toda la eternidad, y hasta que nos consigamos de nuevo, Tu amantísimo hijo,

José Antonio 

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