Carta a la pequeña Miriam

Madrid, 24 de octubre de 2023

Querida Miriam:

Hace un par de días mientras estaba en la cola para participar en las elecciones primarias de Venezuela desde Madrid, al estar en contacto con tantos venezolanos me acordé mucho de ti. Recordé el día que llegaste a Venezuela en el año ochenta y tres ¿te acuerdas? Eras solo una niña de diez años, delgadísima y extremadamente pálida. Todo era tan diferente allí… El clima, el acento de la gente, la comida, el paisaje… todo era distinto y a partir de aquel momento tu vida cambiaría para siempre.

Al principio no fue fácil, la nostalgia por la abuela y las costumbres de España, pretendían, en vano, permanecer en tu mente y en tus días. Pero el tiempo es el dueño de la vida y poco a poco te fuiste adaptando a aquella cultura de personas abiertas y alegres, que te decían palabras raras y expresiones jocosas que no entendías. Los años se fueron encargando de que tu paladar se fuese acostumbrando al peculiar sabor de las guayabas y parchitas; tus oídos se fueron entrenando para distinguir las llaneras del joropo; tu vista empezó a disfrutar con placentero asombro del espectacular crepúsculo larense.

El roce y el contacto con su gente te fueron entrenando en el sutil arte del humor criollo, hasta llegar a reírte a carcajadas de las ocurrencias del venezolano. Tu acento español se fue esfumando y el ceceo le dio paso al seseo. Sin darte cuenta, empezaste a formar parte de aquel país. Ya te gustaban sus costumbres, ya eran tuyas también, y, un día, descubriste que no hacía falta nacer allá para amar y sentir como propia a aquella tierra. Se había metido en tu corazón y nadie ni nada la sacaría de allí.

Han pasado muchos años desde entonces y también muchas circunstancias adversas. El panorama empezó a cambiar, llegaron tiempos oscuros, tiempos en los que las bombas lacrimógenas le robaron el espacio al aroma de las guayabas. Una sombra inesperada, jamás imaginada, nos cubrió de norte a sur, de este a oeste. Venezuela dejó de ser aquel paraíso en el que tú y todos convivían sin conflictos.

Muchos nos vimos forzados a salir, a huir de aquel despropósito, de aquel caos sin sentido. Las familias se empezaron a separar y ahora los venezolanos descubrían una faceta de la vida, que, hasta entonces, era desconocida para ellos. Aquellos que te recibieron en su país, ahora, se iban al tuyo. La diáspora había comenzado. Pero tu no. Tú te quedaste allá. Te quedaste en el ensueño del primer beso, en el acto de graduación del colegio, en las canciones de Melisa y de Yordano.

Aún permaneces junto al viejo, acostados en el piso del patio de la casa, contemplando con deleite las estrellas; todavía estás subida en la mata de mango y sigues jugando al “quemao” y al loco escondido; continúas comiendo “raspao” de colita y volando papagayos. Sigues allí, esperando oír la campanita del carrito del heladero y levantándote a las cinco de la mañana para ir a la misa de gallo y luego a patinar con los muchachos de la cuadra. Te sigues mojando en la lluvia y bailando el vals de las quinceañeras. Allá estás y allá seguirás, porque tú eres esa parte de mi alma, que jamás regresó a España y se quedó para siempre en Venezuela…

Y hasta aquí te escribo estas líneas. Adiós pequeña Miriam, adiós infancia remota, adiós a los inicios de la vida adulta. Me despido en esta carta con evocación nostálgica pero también con alegría. Me despido de esta antología de vivencias que marcaron profundamente mi existencia. Me despido de la mitad de mi vida, la que se quedó al otro lado del charco y a la que siempre recordaré. Me despido con enorme regocijo y la certeza de que esos fueron mis mejores y más hermosos días.

Con inmenso cariño y eterno agradecimiento, Miriam

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