Autor: Rosanela Quintero
Para: Beatriz C.
Hola vecina, conversemos un poco. Hoy dejemos que el tiempo revise el pasado.
En tu casa, un té en vez de un café. ¿Qué mejor sitio para vernos, que ahí, con tú piano y tu refugio de siempre?
Contamos historias, Y surge la risa. Pero de repente la reflexión llamó a tu cara. Tus ojos brillaron y tú con el corazón gritando de ardor, asomas una frase hecha realidad: hay sólo tres cosas por las cuales se conoce Venezuela: las misses, el petróleo y Dudamel.
Asentí con la cabeza.
El azul del cielo, un color que atrae, al igual que el azul de las rejas de tu casa Beatriz, evocando el cinetismo de Jesús Soto. Y si hablo de pintura, recordar a la hija que partió joven al sentarse en el sofá de la sala y contemplar una estupenda colección de pintura porque uno estaba en una casa entregada al arte. No es muy frecuente encontrar una familia con tres pianos en su casa. Un timbre. El alumno entrando porque toca clase. En un ambiente totalmente familiar, seguimos hablando con la naturalidad que proporciona la confianza. Y hay que empezar a decir “cosas de uno”.
Cosas de uno. Te siento como de la familia. La manzana, el vecindario, los chistes, las ocurrencias, las bromas, cosas agradables y menos agradables. Así fue tu familia y la mía, con la misma sensación de familia que comparto con los otros vecinos. Sensación que aún perdura, creada por nuestros padres y que trascendió hasta el día de hoy. Es algo que no te lo crees. Si uno no lo cuenta, no lo crees.
¿Cosas que contar? Muchas. Risa, sí mucha risa. Porque nos encaramábamos en el techo y pasábamos de nuestra casa al techo de la de Mecha, para saltar y aparecer en el patio de la casa de Ana, e ir a la cocina. ¡Y esconderse en el cuarto de servicio para que cuando abra la puerta la vecina, se pegue un susto tremendo!
Llama por teléfono la vecina porque la guacamaya se escapó y se quedó en el árbol de su casa. Y vas a buscarla. O mi mamá y mi hermana disfrazarse, y tocar la puerta de otra vecina para asustarla. Eso son cosas que no se hacen ya, creo yo, y ni se le ocurre a nadie.
Otra vecina te deja en tu casa el loro para que se lo cuides por quince días porque ellos se van de viaje. Y pasan los quince días y la vecina no llega. Pero por fin llegó de viaje y llama por teléfono a mi mamá. Y le dice: hola, ¿usted es la del loro? Y mi mamá le contesta: ¡No, la del loro es usted!
No te quiero contar, pero sí lo cuento. Ana, tan bella Ana, que nos ponía las inyecciones cuando estábamos enfermos y … el Conmel. ¿Cuál Conmel,? Las gotas para el dolor de cabeza que la vecina le daba a mi mamá.
Qué vecina tan linda, la costurera, que me hizo la pijama a mí. Y sí se habla de parrandas, una cita obligada, puertas abiertas el 28 de diciembre en casa del maestro Inocente Carreño. Total, si su casa está en la calle de atrás de la mía. Tal cual.
Y en época decembrina, una tarjeta de felicitación y un regalito de Navidad a los vecinos.
Para mí son cosas de uno que no interesa mucho decirlas. Y por eso no se dicen, y en estos tiempos menos. ¿En qué andamos? ¡Viviendo en un país a miles de kilómetros de distancia! Pero, los recuerdos quedan.
Nuestra chispa, una naturalidad que sorprende, nos ayudó también a aprender cómo comportarnos, de adaptarnos ya en otro sitio, con costumbres ajenas a la nuestra. Pero te queda eso, la Venezuela, y la de esos años como los vivimos.
Muy amena y agradable la charla, sólo nosotros tres, sin alumnos que tengan clases, y, con una buena taza de té, como Dios manda. Unas ricas galletas que has comprado para mí.
Ay vecina no pases la página chica, seguro que no me olvidas, como yo no te olvido, como el juego de los niños: un, dos, tres, pollito inglés. Jajajá. Qué bueno fue pasar ese rato contigo. Cosas de uno, pueden ser Cosas de todos.
Ahora sí respiro, y veo la vida más bonita y alegre. Así que sigue tocando el piano para mí por siempre en el cielo. Y esa coral que lleva la parranda a tu casa, que sigan cantando. Poque era precioso escucharlos.
Yo sigo de alguna manera con el arte, buscando otras formas de expresión. Evidentemente la música también es mi refugio. Esa guarida secreta en que, calladita, voy creando una melodía a ver qué sale. Igual que los escultores, los pintores, los actores, arquitectos, el arte es un espacio en mí. Lo llevo en la sangre. Pero igualmente tuve esa suerte. Y repito, fueron nuestros padres quienes crearon esa familiaridad, esos seres queridos vecinos, y esa casa, la tenía ahí, “a pata ‘e mingo”. Igual que la casa de los Carreño.
Ahora sí hay que decir que este escrito es un homenaje a nuestros padres y a los miles y millones de venezolanos que, en la diáspora, recordamos y vivimos una Venezuela así.
Cosas de uno que pueden ser cosas de todos.
Octubre de 2023. Salamanca, España.
Excelente escrito, hermana. Tienes razón, son cosas de uno y… ¡de todos!
Luis
Así es, eso lo pensé así de esa manera. Muchas gracias hermano.
Me encanta poder leer los recuerdos y añoranzas de lo vivido.
Muy cierto. Los vecinos se convierten en nuestra familia más cercana y para todos los enredos de la época los teníamos como consultores y aliados.
Las reuniones en tu casa junto a tus vecinos son inmejorables y poco se podrán repetir con tantas ocurrencias.
Es así lo describes tal cual . Otro tiempo , pero seguimos siendo los venezolanos de bien que vivimos lo mejor de ese momento.
Gracias por escribirlo
Gracias Natasza. Seguimos siendo como somos, personas de bien, y vivimos lo mejor de ese momento.
Felicitaciones, Rosanela. Ciertamente un privilegio inmenso haber vivido nuestra infancia rodeado de gigantes de la música en Venezuela, como Beatriz Castellanos, Gonzalo Castellanos, Inocente Carreño e Inocente Carreño hijo. Fue una casualidad celestial y una oportunidad única poder vivir y conocer arte musical nuestro en su máxima expresión, pero con la ventaja de haber visto también su aspecto humano y familiar. Tus cosas son ciertamente también cosas de todos, porque evocan recuerdos guardados en un lugar muy querido y especial en nuestro corazón. La música se entretejió en ti gracias a ese conjunto inusual de circunstancias y la has podido cultivar como la flor que nunca muere. Cuéntanos más, Rosanela, y ayúdanos a recordar esa Venezuela gloriosa que tanto añoramos. Enhorabuena!
Claro que si Rubén, momentos únicos y conocimos el arte musical nuestro, en toda su expresión y con el aspecto familiar y humano.
Me encantó la narrativa y el desenlace final. Excelente trabajo, Rosanela amada!!! El SEÑOR te bendiga y que te siga inspirando en las artes de literatura, pintura y música, en las que siempre destacas.
Gracias Maria por tus palabras. Siempre buscando ese espacio transparente en las artes, y
también, en la comunicación, de forma sincera y simple, y en fin, creo que eso seguir siendo yo.