En tu suelo y bajo tu cielo, madre patria: España.

Hola, te saludo  en ésta tarde otoñal en la que los recuerdos reptan por las paredes a su libre albedrío.  Llevaba seis años y dos meses deseando escribirte y desnudar un pedacito de mi alma contigo, pues nos recibiste con los brazos abiertos en aquel agosto del 17. Llegamos  tres, pero sobre mi hijo no te hablaré en éste momento,  él simplemente con sus ojos niños, recibía al viejo mundo y lo iría explorando paso a paso con la capacidad de asombro florecida. No, quiero hablarte de ella, de mí y  de nuestra relación.

Desde que aterrizamos ya sentía sus susurros de ansiedad queriendo develar la incertidumbre. Yo le recordaba que haber nacido y crecido en  Bogotá, ciudad acunada en los brazos de la cordillera oriental de Los Andes, a 2.600 metros más cerca de las estrellas, relativizaba el temor a lo vertiginoso.

Llegamos a Cambrils, un pequeño pueblo pesquero en Cataluña, esa fue la primera estación. El aire catalán adoquinado por ideologías férreas y gran prosperidad se sentía al respirar, la timidez de los primeros pasos  se abría camino. Fue enriquecedor empezar a tejer vínculos con su gente, eso sí  con sutileza y delgados hilos de oro. Ella, fiel me acompañaba a todo lugar, debo confesar que sólo lograba escapármele algunas noches, como cuando iba a sentarme en el puerto a  descifrar a solas el mediterráneo,  o como en  otras contadas ocasiones, en las que sumergida en exquisitas conversaciones con Anna (catalana de cepa) en el chiringuito de Sol y Sombra, las horas se hacían segundos, y ella seguramente se aburría y por fin me dejaba en paz.

Tras tres años de estadía  allí y con ese espíritu  filibustero y aventurero más vivo que nunca,  nos hicimos  nuevamente a la mar.  Fue entonces  la puerta de Toledo quien se abrió para nosotros (buscaba empezar a acercarme a las tierras prometidas de «Magerit»). Explorar los ecos de sus calles y conocer algunos trazos de las tres culturas que se entrelazaron y lograron convivir después de sangre y dolor, fue maravilloso. Vivimos en la Calle de los Peregrinos y así la profecía autocumplida: nueve meses nada más y la señorial Madrid nos imantó. Eso sí,  ella todo el tiempo se ocupaba de recordarme que también existía y que por más  de que tratara de escribir mi historia propia y libre,  de cuando en vez,  me chillaba en los oídos y era tan insistente que no me quedaba más alternativa que atenderla e invitarle a un buen café.

Cuando finalmente Madrid nos acogió empezamos otro capítulo. Madrid: Ciudad señorial, pluricultural y magnética, llena de contrastes, burocrática y desafiante, ¡querida porque sí, sin más! Estuvimos tardes enteras conociendo rincones fecundos y comiendo churros con chocolate; en esas tardes ella se distraía y jugueteaba untándose la nariz. Por  largos ratos podía olvidarme de que andaba conmigo. Recuerdo un día en que la dejé sola en el gran Museo del Prado y salí antes de la hora del cierre (no jugaba yo a las escondidas, simplemente quería perderla de vista),  pero pronto ella corrió y se me juntó, pegadita otra vez como un presagio.

¿Qué podía hacer? Había leído hace tiempo, en un artículo interesante de algún memorable psicoterapeuta,  que cuando la reconoces genuinamente, la abrazas y le hablas con la gramática de la ternura, promete irse  a  un lugar diferente de donde tú habitas    – volverá eso sí a visitarte, pero quizá no ya para quedarse a vivir contigo-. Eso hice: la abracé, la llamé por su nombre propio y sin mi apellido: “NOSTALGIA”, ella  que tiene nombre de mujer,  ella que lleva la cadencia  tropical y  los ecos de las risas entorno a la mesa de mi madre (un domingo cualquiera en el cual la comida era la excusa perfecta para el juego y las anécdotas variopintas), ella que tiene el olor al ajiaco recién servido y  el sabor de la canela en flor de los  besos que rondan en la memoria, ella que tiene tatuada en las pupilas la visible época en la que ser profesional que ejercía era el tributo a tu estudio, dedicación y compromiso. A ella le pedí: ¡Nostalgia, vete ya!

Si, se fue, pero no me olvida y regresa sin permiso cuando más ebria de esperanza me encuentro: en alguna clase de biodanza, en una cena con algún amable par de “gatos”, en cualquier atardecer en el Pardo o donde se le antoje.

Suspiro hondo, aceptación…éstas somos y aquí estamos, madre patria: España, en tu suelo y bajo tu cielo vinimos a envejecer. Gratitud habitada hacia ti y si quedaron asuntos pendientes de siglos atrás, un brindis por ello y los vamos a saldar, que tengo el corazón con un tinte pirata y aún me quedan un ojo, una mano y una pierna por perder y mucho Amor por dar y ganar. Ojalá.

Con cariño, Waira.

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