Autor: Betty Hernández
Granada, 20 de octubre de 2023
Para: Venezuela
Querida:
A veces siento que ́esto ́ no está pasando. Que seguimos juntas. Que nada ha cambiado.
Hay mañanas en las que, aún en la cama, lo primero que hago es preguntarme dónde estoy. Estiro la mano, tanteo lo que tengo cerca, abro los ojos muy grandes, como si acabara de ver un fantasma, brinco de golpe, voy hasta la ventana y me doy cuenta de que no fue un sueño, que todo es real, que es, en definitiva, lo que ́nos tocó ́ vivir.
Las dos pusimos de nuestra parte: yo hablando menos, pensando menos, viviendo menos; tú resistiendo estoicamente los reclamos, los llantos, las frustraciones… pero en el fondo ambas sabíamos que, por más que lo intentáramos, no iba a funcionar y por eso me fui. Aunque, siempre he tenido la sensación de que me echaste de la forma más miserable que alguien puede hacerlo.
Te odié, y mucho, por todo lo que pasó antes de montarme en el avión.
Comencé a sentirme extranjera aún estando contigo y como sabías que para mí era difícil tomar la decisión de ponerle fin a lo nuestro, fuiste tú la que me echó a patadas ¡y eso dolió!
Salí con las pocas cosas que me dejaste sacar y sintiendo que era una huérfana desgraciada. Por eso te odié. Me costó volver a creer en Dios, en los demás, en mí. Me costó aceptar el cambio, la incertidumbre, la vida lejos de los seres queridos. Me costó aprender a vivir de nuevo.
Los primeros meses fueron los más duros. Era invierno y el frío hacía que te extrañara el doble. Llegaron nuevos miedos, se mezclaron con los viejos y… ¡aquello fue un desastre! Al principio, con la licuadora emocional encendida a máxima potencia, hablé horrores de ti. Entiéndeme, estaba dolida, pero –nunca falta un pero- lo irónico era que al mismo tiempo te comparaba con cada una de las cosas que veía: ́es que ella es más bonita ́, ́sus colores no los he visto aquí ́, ́no, el sabor de allá es mejor ́ y esa dinámica me devoraba por dentro.
Estaba aquí, allá y, al mismo tiempo, en ninguna parte. Me di cuenta de que había caído en lo que Cortázar le dijo a su amigo Jonquiéres, en una carta que le escribió desde Paris: «irse no es nada, la cosa es darse cuenta que hay una mecánica de chicle, que te has quedado adherido y te vas estirando». Sí, yo era un chicle gigante, porque una parte de mi se había quedado pegada a ti y la otra se estiraba tanto como podía, tratando de no romperse, para vivir a más de 7.000 kilómetros de distancia. Era insostenible.
Querida, de todo este tsunami emocional ya han pasado casi 5 años, ¡¿puedes creerlo?! Y debo admitir que, aunque ahora soy otra Betty, una más tranquila, segura, estable, todavía tengo algo atravesado entre el pecho y la espalda que no me deja avanzar: una nostalgia infinita, con un dejo de culpa, tan pesada que me hace caminar como encorvada. ¡No es justo! Ni para ti, ni para mi, ¡para nadie! y es por esto que, después de pensarlo mucho, siento que llegó el momento de decirte que: ¡ES HORA!
Es hora de dejarte ir, de arrancarme la curita de la herida para que le dé el sol, cicatrice y –aunque duela de vez en cuando- no supure un día sí y otro también; es hora de seguir, mirar hacia atrás solo lo justo y sacarme del pecho tanto resentimiento. Es, en definitiva, hora de decirte adiós, no sin antes darte las gracias por lo que vivimos juntas.
Gracias por haber sido hogar, refugio y una maquina maravillosa de hacer recuerdos; por enseñarme que las parchitas pueden ser dulces aun siendo las más ácidas del planeta; por las orquídeas moradas que florecían en el jardín de mi mamá durante la Semana Santa para el Nazareno; por regalarme amaneceres atómicos mientras manejaba por la ́Regional del Centro ́ y también por los verdes infinitos de los llanos durante el invierno.
Gracias por haber sido el lugar donde dije mis primeras palabras, aprendí a leer y escribí aquello que creía que era poesía; por enseñarme a bailar salsa; por presentarme al hombre con quien vivo; por las hallacas hechas a leña y las parrillas familiares; por todas mis primeras veces; por prestarme El Ávila durante 38 años y por mostrarme que la belleza y la crueldad pueden coexistir en un ser humano.
Es hora, quizá, de que tú ahora seas el chicle, ¿qué te parece? Tranquila, ¡no te asustes! No lo digo para que te estires hasta el punto de romperte (a estas alturas creo que ninguna de las dos somos mártires ni podemos pedirle algo a la otra) Cuando te escribo lo del chicle, es porque indiscutiblemente, un pedacito de ti- a donde quiera que yo vaya- siempre estará pegado a mí. Habitas en todo mi ser: lenguaje, sentidos y pensamientos. Y eso, querida, nadie podrá arrebatárnoslo nunca.
Es hora de decir adiós pero ¿qué tal si no le ponemos punto final?
¡Qué sentida despedida! ¡Cuánta verdad en esas emociones tan encontradas!
Cuánto me recuerda lo difícil que se me hizo decir «ahora sí», denominador común de todas las despedidas .