Apuntes sobre una emigración ansiosa
Al David de hace un año, a punto de irse de Venezuela…
Madrid, octubre de 2023
Hola, David:
¿Aún recuerdas ese momento? Sentado solo en la parada de autobuses de Alcobendas, esperabas el 827 vía Barajas y de repente llegó. No sabías si llamarla convicción racional o intuición: no emigrarías. No lograbas visualizar que así como te despedía, esa parada, a pocas cuadras de casa de tu hermana (destino seguro de la eventual emigración) fuera a recibirte en un futuro.
Y eso que te gustaba Madrid. No te costaba imaginarte viviendo en ella y te habías regodeado con su transporte público haciendo una y otra vez el recorrido que va desde Alcobendas hasta tu lugar de trabajo ideal, no muy lejos de Sol: cuesta de Santo Domingo 13, Alianza Francesa.
Frente a ella te paraste al menos en tres oportunidades, currículum en mano y con un sudor particular corriéndote por la nuca, que no se explicaba ni por los 37 grados del final de aquel verano más bien benévolo de 2019.
Nunca pudiste convencer a tus pies de franquear esa puerta, ni siquiera para curiosear. Te diste a ti mismo razones que creías de peso: volvías a Caracas después de una pasantía pedagógica en Francia para la que fuiste becado por tu jefe actual, al que no podías “hacerle eso” de renunciar.
Sin embargo, una semana después, mientras validabas el ticket en el 827, te diste cuenta de que la razón era más profunda y sustentaba lo que al principio te pareció una profecía autocumplida:
No sabías cómo dejar atrás.
De eso te diste cuenta tres años después, cuando por fin tomaste la decisión de venirte, nunca del todo convencido, y te enfrentaste al primero de los retos de quien emigra: “meter tu vida en dos maletas”.
Una frase casi cliché y reñida con la aparentemente simple sugerencia de tu hermana, que siete años atrás resolvió su emigración en tres meses: “Llévate cosas con valor sentimental”.
Ambos criterios eran igualmente inasibles: ¿Cuál es la “vida” que guardas en la maleta? ¿Qué cosas tienen valor sentimental para ti? Hay respuestas obvias. Por ejemplo, tus álbumes de fotos. Ese recorrido en imágenes minuciosamente identificado que hizo mamá de tu vida, desde unos días antes de nacer hasta tu graduación universitaria, organizada en siete volúmenes empastados en tela.
Algunas cosas pequeñas con valor sentimental importante también cabían sin mayor problema en tu equipaje, como los paños tejidos por tu abuelita, primera decoración de tu apartamento de casado.
Pero el destino de muchas otras era incierto.
Por ejemplo, tu biblioteca. Casi mil libros distribuidos en tres casas diferentes, producto de una sucesión de intereses personales y de herencia familiar, desde periodismo historia, política e incluso astronomía
Tampoco sabías qué pasaría con la vajilla de fiesta que tintineaba alegre en la alacena de la sala de casa de tu mamá, o con su enorme colección de discos de vinil, por no hablar de los muebles o el piano.
No eran los objetos los que dejabas atrás, sino la historia que contaban: los almuerzos familiares de los fines de semana o las cenas de Navidad de niño y adolescente; las clases de música de los 14 años, las noches en las que te dormiste mientras en la sala sonaba Gal Costa o Diane Schuur…
Sesenta kilos son insuficientes para guardar “toda la vida” como equipaje…
¿O es más bien demasiado?
“Partir es morir un poco”. Conociste esta frase en una viñeta de Mafalda (aquella en la que Susanita se arrepiente de compartir chocolate) y reíste por el doble sentido sin darle mayor importancia.
Sé que ahora es una frase que rumias a diario, a dos semanas de emigrar, con las maletas, aún vacías, en el cuarto y tu mente picoteando una to do list que no completarás antes de irte.
Descubriste el verdadero sentido de la frase cuando por un afortunado accidente leiste la paráfrasis que un conocido cineasta latinoamericano hizo de ella: “Emigrar es morir un poco”.
Emigrar. Partir. Morir. Como en la muerte, en la emigración hay algo que huele a definitivo, a “nunca más”. La certeza de esa gente a la que sabes que no volverás a ver o las calles, vías y lugares que recorres una última vez, de los cuales el más culminante es el viaje solo de ida por la autopista Caracas-La Guaira rumbo al aeropuerto.
Sin embargo, hay una diferencia. La muerte nunca revela con exactitud cuándo va a aparecer. La emigración, más bien, es como un suicidio asistido. Fijas la fecha y empiezas a preparar todo para ese día cero del que no escaparás.
Entonces aparece esa sensación de “nunca más”.
Pero ahora la reconoces. Es la misma que te llegó casi como un susurro del viento estival una tarde de 2019 en Alcobendas. Es la ansiedad de lo definitivo, que te acompaña en cada trayecto, encuentro y diligencia desde que entraste en la página web de Air Europa.
Entender la emigración como un para siempre te hacía verla imposible. Por eso prefieres no decidir nada respecto a los 12 estantes de biblioteca de tu cuarto de soltero, la colección de discos, el piano o la alacena con la vajilla “Rosenthal” de tu mamá.
Por eso ves excesivo que el pasaje te permita hasta 46 kilos en bodega más equipaje de mano y te has preguntado qué llevarte.
Y por eso te escribo, David. Para recordarte que para ti no es cuestión de guardar tu vida en una maleta para siempre. Porque te seguirán quedando La Florida y Macaracuay.
Porque, aunque no sabes cuándo ni por qué, sabes que algún día volverás a Venezuela, como supiste que algún día te irías. Y te fuiste.
David, el de hoy