Reikiavik, octubre de 2057
Querida Lola:
No te imaginas el placer que me da llegar a casa y encontrar en el buzón una carta tuya.
Aunque te cueste creerlo, hubo un tiempo en el que esta forma de comunicación estaba prácticamente desaparecida, y toda comunicación entre familiares, amigos, amores, conocidos e incluso compañeros de trabajo se hacía a través de una nube primitiva que llamábamos Internet.
No fue sino hasta finales de los años cuarenta, con las llamaradas solares que afectaron a todo el mundo digital, que la gente tomó conciencia de la importancia de lo analógico y volvimos a las cartas, a los libros, al teatro y a las reuniones presenciales de las que nunca debimos prescindir, pero que para ti lucen hoy tan normales como lo fueron también para mi padre.
Mi padre, tu bisabuelo —al igual que tú, al igual que yo y al igual que tu madre— también fue inmigrante. Llegó a Venezuela hace casi cien años, en un caluroso mes de agosto de 1966, y en sus planes estaba quedarse por poco tiempo, porque soñaba con irse a vivir a Estados Unidos, per fare l’America. Pero el destino lo llevó a vivir sesenta años allí, hasta que decidió regresar a Italia para recuperar la tranquilidad que había perdido.
Mi padre era un narrador innato de anécdotas e historias personales. Recuerdo que solía contar que, a los pocos días de llegar a Venezuela, visitó a un amigo de su padre; es decir, a un amigo de tu tatarabuelo (quien también fue inmigrante). Este lo invitó a comer. La comida estuvo deliciosa y, en la sobremesa, mientras saboreaban un caffè corretto a manera de digestivo, Francesco —que era como se llamaba aquel amigo— le dijo algo que cambiaría su vida y, años después, también la mía.
Con un tono sereno y dándole unas palmadas en el hombro, le dijo:
—Mario, inmigrar no es difícil; solo los primeros veinte años como inmigrante lo son.
Casi cincuenta años después, yo emigraba a España y mi padre me llevó en su carro al aeropuerto de Maiquetía. El viaje desde Villa de Cura hasta La Guaira se hacía en dos horas, y recuerdo que yo hablaba sin parar. Estaba nervioso: era la segunda vez que intentaba vivir fuera de Venezuela, pero esta vez lo hacía con una esposa y un niño recién nacido en brazos, tu tío Paolo.
Mi padre solo escuchaba, y se le notaba nervioso, inquieto, incómodo. Cuando llegamos y tocó el momento de despedirnos, sentí que el tiempo iba más despacio… o quizás era mi deseo de que así fuera. Se acercó y me dio un fuerte abrazo. Con lágrimas en los ojos, me dijo:
—Alfonzo, recuerda que los primeros veinte años…
Y no dijo nada más. No hacía falta. En esa mirada estaba todo el mensaje.
En esa mirada comprendí que hay familias como la nuestra, donde la migración siempre estará presente en su ADN espiritual. Esa sensación de sentirse extranjero en el propio país; de intuir que fuera hay algo distinto a lo que nos cuentan; y de creer que una parte de nosotros está esperándonos en algún lugar, para completar ese vacío que a veces sentimos.
Por tus últimas cartas, comprendo que no te sientes bien en Venezuela. Emigraste hace un par de años desde “L’America”, a la que nunca fue mi padre y que tú tuviste que dejar para buscar un mejor futuro. Me dices que te ha costado abrirte camino laboral y que los empleos que has conseguido no te llenan: tan solo pagan la renta.
Sin embargo, valoras la seguridad personal, la fortaleza de la moneda, la belleza de sus ciudades y la oferta cultural, pero te sientes ajena a la sociedad y te ha costado hacer amigos. Te preguntas si tomaste la decisión correcta y si no estás siendo malagradecida cuando ves que la mayoría de los jóvenes de América y Europa hacen lo posible e imposible por irse a vivir a Venezuela, la Tierra de Gracia, como ahora le vuelven a llamar.
Solo puedo decirte que cada caso es particular y que no debes, en ningún momento, juzgar tus sentimientos con base en realidades ajenas. Tú eres tú, Lola: hija de una inmigrante; nieta de un inmigrante; bisnieta y tataranieta de inmigrantes.
Eres venezolana en la misma medida en la que no lo eres.
Eres también parte italiana, americana e incluso colombiana, por la familia de tu madre. Y, aun con eso, puedes sentirte parte de otra cultura.
Decía un escritor: “Somos inmensos, contenemos multitudes”.
En mi caso personal, soy venezolano con una gran influencia italiana en mi vida y con un profundo amor por España, país en el que viví y fui feliz durante tantos años, hasta que los acontecimientos me hicieron salir, como a tantos otros.
Hoy te escribo desde un pequeño piso en Islandia, donde no vivo, pero adonde siempre regreso cuando necesito desconectarme para ser productivo en lo que me apasiona. A mis 76 años estoy terminando el guion de mi tercera película, que casualmente transcurre en Venezuela, pero en la Venezuela de finales del siglo pasado, y que espero filmar el año que viene.
Islandia me ha dado la soledad que me permite escuchar y crear. Es mi taller blanco. Como decía el poeta: “Solo en la soledad alcanzamos a vislumbrar la parte de nosotros que es intransferible, y acaso esta sea la única que, paradójicamente, merece comunicarse con los otros”.
La soledad puede ser una gran compañía cuando necesitamos pensar y modificar el guion más importante de todos: el de nuestra propia vida.
No sé si te irás de esa próspera Venezuela —a la que todos quieren ir— y en la que, sin embargo, no te sientes a gusto. Si decides quedarte, Lola, piensa que apenas tienes dos años de haber llegado y que quizá sea pronto para sacar conclusiones. Pero, sobre todo, recuerda que “inmigrar no es difícil; solo los primeros veinte años lo son”.
Tu abuelo, que te adora con el alma.
Sublime y desde el corazón, como todo lo que haces. ¡Ay, la Lola, todo lo que va a vivir! Y, ¿qué será del tío Paolo?
Muchas gracias, querida Andre. El tío Paolo está viviendo las aventuras que soñaba de niño.
Que belleza
La historia es cíclica. Yo creo desde mi corazón que vamos a volver a ser una Venezuela prospera, pero mejor que antes. Espero no tener que ver a mi hija de Alemania por situaciones similares a las de nosotros, pero si creo que ella podra disfrutar de una Venezuela paradisíaca en el futuro
Sin duda, Cecilia. La historia mundial es un ciclo de altos y bajos. Al igual que tú estoy convencido que nuestra Venezuela será nuevamente la tierra de Gracia y nuestros descendientes volverán a disfrutar de nuestro gran país.
Saludos.
Cómo ya nos tienes acostumbrados, siempre adelantas tus pasos para visualizar las perspectivas que tienes de las situaciones. Con tu carta a Lola no sólo te anticipas en visualizar la vida de esa nieta que ya vive en tu imaginación, sino que adelantas la recuperación de Venezuela y rescatas del pasado la importancia de la comunicación epistolar.
¡Bravo!
Muchas gracias, querida Norka. La historia es cíclica y se que con el tiempo nuestro país estará mejor. Faltan muchos años para ver ese cambio, pero estoy seguro que nuestros hijos y nietos verán otra Venezuela.