Venezuela, 16 de octubre de 2023.
Hoy me toca escribirte a ti, hija mía a quien parí como a casi siete millones de tus hermanos que han salido despavoridos de mis brazos, ya no era vida la forma de cuidarlos sino sobrevivencia, así los veo marchar cada día, unos impregnados de melancolía y los que más me preocupan, los que se regocijan en la esperanza.
Te vi ese 4 de enero de 2014, feliz y dichosa mientras los que te amaban ya comenzaban a padecer ese luto misterioso que se volvió una epidemia difícil de afrontar, ese luto en el cual se pasa de la plenitud por las nuevas expectativas y otros días a la tristeza más poderosa, porque dejarlo todo es morir en vida, tu no lo sabias hija, pero te esperaban circunstancias que la diáspora provoca sin la menor intención. Te fuiste a una ciudad que ofrece esperanza porque le ha tocado renacer tantas veces, una ciudad donde su gente no es ajena a ti, sino busca que te sientas arropado y querido…que duro es ver a un hijo desde la distancia.
Yo, tu madre la patria, sabíamos que no pasarías desapercibida, que ibas a prepararte para seguir abonando afabilidad y formando ciudadanos de los que pudiéramos esperar más gratitud que miedo, así empezamos a vivir cuando te fuiste con el temor a respirar, a la hambruna, a la sed, al poder desmedido y a esa fe que ya no era inmarcesible. Te fuiste y no te vi recorrer con ese desasosiego por lugares donde ni los reflejos del sol acariciaban por un momento a tu prójimo, donde los niños cambiaban abrazos por sonrisas y como te las arreglabas para que tus alumnos entendieran que no se trataba de ser el mejor, pero si el más íntegro.
Tu proceso migratorio fue diferente al de tantos porque tus penurias no eran económicas sino del alma, comenzaste a caer como un papagayo enredado por un cordón, que te empezó a enmarañar el alma y veía como no entendías esa agonía que te daba lagrimas que no pedias, pasabas las horas recordando a tus padres, amigos, las aulas, tus charlas, a los policías que formabas, y esa fuerza con la que seguías creyendo que había un lugar en cualquier parte para que hicieras lo que mejor sabes hacer, y es servir. Cuando naciste llore de alegría porque Tamara y Alejandro, me dieron a una niña que ya desde chiquita entendería que la empatía es el latido más fuerte del corazón.
Un día empezaste con una añoranza que paso a enfermarte, ya no estabas triste por lo que dejaste, los latidos eran arrítmicos, y desde entonces, comenzaste tu duelo migratorio y se esparció una sombra aguda en lo que con tanto amor habías invertido, tu familia. El duelo es ambiguo, y por más que busques separarte de él, solo el tiempo de vez en cuando ayuda… Que aflicción me invadió cuando me di cuenta de que esa tristeza comenzaba a ser seducida por la muerte, que continuabas intoxicada de sueño para no pensar, y que la cama se convertía en tu lugar favorito.
Desde el 2014 a pesar de todo lo bonito que te rodeaba, y esa templanza que solo los hijos dan, cambiaste para siempre y tomaste decisiones que solo yo sé que fueron el fruto de no tenernos como siempre… ¡Ese siempre hija que no deja de desgarrarme el corazón!
Bueno hija amada, no eres la única a la que me toca consolar y animar, vivimos momentos convulsionados y aunque mi espíritu aguerrido luche, siempre termino en soledad y abrumada.
Me despido con amor y pronto te veré, Dios te bendiga hija mía con amor, tu madre ¡VENEZUELA!
España, 25 de octubre de 2023.
Te estaba esperando.
Han pasado casi 10 años y no había recibido de ti algún acto de amor, es que cuando uno sale de su país y deja a su madre, la patria, la tristeza se vuelve ira y esta te lleva a estar absorta de tantas cosas. Entender que tienes que salir y dejarlo todo no es un acto heroico, es un acto de fe que muchas veces se va perdiendo en el camino, sin embargo, cuando veo a los caminantes del Darién dimensiono la fe como una fuerza colosal. La verdad me siento el ser más cobarde del mundo.
Ya sabrás que, duré inerte por muchos años en mi decisión de no hacer más nada que no se acercara un poco a todo lo que amo desmesuradamente, algunos creen que es egocentrismo y yo tomo la responsabilidad de mi ínfima humildad, porque en toda esa exploración de lo que soy me he dado cuenta de que desde la distancia no podemos perdernos, y seguir quizás para mí no sea más que un acto de convicción propia, que implica gestionar esas emociones que no conoces cuando emigras.
Hoy puedo decirte que quizás me volví como este país, a veces soy otoño y caigo como esas hojas que me gustan tanto, sin embargo, sé que esas ramas pronto tendrán color. Así llegaron mis abuelos maternos y paternos, sin nada y con todo al mismo tiempo, gallardía, alegría e ilusión, y tú, madre querida te convertiste en su patria de la cual más nunca se quisieron ir.
Gracias Madre (Venezuela) Gracias Abuela (España).
Tú hija y nieta Lucia.