Fecha: 30 de octubre de 2023
Destinatario: Para mis amados nietos
Queridos nietos, en éste momento en que les escribo esta carta, aun no los conozco, porque todavía no han nacido, pero ya los tengo en mis pensamientos y he decidido por adelantado, contarles la historia de cómo llegaron sus abuelos a esta parte del mundo.
Es posible que tengamos diferencias con la abuela en la forma de contarlo pero, esta es mi versión. Escogimos Europa porque la abuela es hija de italianos y el trámite de la documentación sería más fácil para todos, a diferencia de Paolo, el mayor que ya estaba en Francia. Llegamos a la ciudad de Valencia, España porque Geselle se postuló para la Universidad Complutense de Madrid, pero salió en la universidad de Valencia, ¡qué decir!, ya nos habíamos metido en la máquina del tiempo, así que casi todo en adelante sería fortuito.
Recuerdo que no podía organizar en mi cabeza, cuáles serían las cosas que debía meter en el equipaje, cada vez que lo pensaba se me comprimía el corazón; dejar mi casa, todas las pertenencias de la familia, mis amigos, mis vecinos, mis hermanos, toda la vida que habíamos construido, todas nuestras vivencias, nuestros proyectos, todo eso no cabía en una maleta.
Al momento de partir no se que pudo más, si el miedo a la ausencia de mis hijos, o el coraje de no aceptar la resignación. En definitiva, había que atreverse, no lo sabía pero la historia de nuestra familia quedaría dividida, en antes del 30 de diciembre de 2017 y lo que vendría después. Todo quedó congelado en el recuerdo, hasta el día de hoy.
No me fui por el deseo de desafiar el destino y conquistar el mundo, me fui por dignidad, por cansancio moral, por desilusión de patria, por amor a sus padres, por amor a la vida.
Una noche de luciérnagas alumbró mi desvelo, su encender y apagar acompañaron mis suspiros, estrellas en el cielo y lucecitas en la noche, quizás era un buen presagio, nada pasa desapercibido, la última noche en Caracas me daba un espectáculo de despedida.
Por mucho tiempo estuve bajo una tormenta de sentimientos, aliento y desaliento comprimian mi pecho, necesitaba respirar profundo y tener la ilusión de vivir nuevas experiencias, poner con fuerza la esperanza en cada mañana, pero en los días de bajones, me venía de nuevo la añoranza de mi tierra, de sus olores, sabores y colores, la calidez de su gente, la comodidad de la casa, la seguridad de estar en aquello que es tuyo, la confianza en ese plan que tantas veces repasaba en mi cabeza, la satisfacción de tener a la familia junta, el encuentro en la mesa, el encuentro en el abrazo.
Necesitaba respirar profundo pero el aire no te llega, la incertidumbre no te deja, la incertidumbre sería en adelante una compañera, que aviva ese pálpito asfixiante cada vez que intentas algo. Entre aciertos y desatinos pronto entendí que lo que sabes no vale de mucho, que hay que reinventarse, desaprender y otra vez aprender y mejor no preguntarse ¿a mi edad? ¡No puede ser!.
Era necesario recuperar la confianza, abrazar la certeza y avanzar con esperanza, pero eso no llega hasta que eres capaz de soltar tus apegos, hasta que logras reconstruir otra versión de ti. Entiendo ahora las palabras de John Ruskin, quién dijo “La mayor recompensa por nuestros esfuerzos, no es lo que obtenemos, sino en lo que nos convertimos.”
Es verdad que hay más tranquilidad cuando tienes todo más o menos controlado y predecible, pero el tobogán de la incertidumbre nos mantiene despiertos, nos entrena para inventar cada mañana y a esperar que ocurra lo mejor. La civilización ha evolucionado más, por todos los que se atrevieron a cruzar fronteras, que por los que se quedaron dentro de ellas. Nos abrimos paso como familia y también como personas, todos aprendimos a aceptar, nunca nos ha faltado nada y puedo decir que mis peores temores solo estuvieron en mi mente.
Dios nos ha acompañado siempre, ahora tengo amigos de muchas partes del mundo, compartimos las mismas ilusiones y sacrificios, somos de diferentes razas, naciones, religiones, pero tenemos el mismo corazón que se emociona, que siente, que ama, tenemos el mismo espíritu que valora la vida, el esfuerzo, el respeto, el sacrificio, el altruismo y la solidaridad humana.
En el pueblo de mis padres, si todo iba mas o menos bien, una persona crece, se educa y se forma cerca de su familia, se compromete y se casa con la aprobación de la familia, los amigos también son parte de la familia, tienes hijos que acrecientan la familia y cada festivo te juntas con ellos, tal vez esto cambiará mucho, aunque no dejaré perder el gran valor que tiene la unión de la familia.
Queda mucho por contar amados nietos, ya les seguiré diciendo, ahora para terminar, quiero decirles que amo profundamente a sus padres, pero escuché en una película que, “los nietos son el postre de la vida”. Esperaré ilusionado y agradecido cuando llegue ese momento.
El abuelo Henry.