Madrid, 09 de octubre de 2023
Son las 2:00 de esta tarde cuando te escribo estas líneas, me tomo una taza de café con leche humeante en una cafetería de Plaza Mayor, cerca de Plaza del Sol, que siempre es un universo de gente de todas las nacionalidades.
Tengo mis audífonos y escucho la flauta dulce que te introduce a la melodía de “Canción con todos” de Mercedes Sosa, que nos gusta a ambos y te ríes cuando la canto a todo pulmón. Suena: “Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur”, te confieso que me emociono una vez más.
Han pasado casi dos años desde que estoy en España y ha sido como una tertulia con amigos sin que las historias se agoten. Me he reencontrado con mi fe en Dios, algo que me complace porque me ancla a tierra y me permite entender dónde estoy parado.
Me gusta el frío y cuando la primavera atraviesa los ventanales del salón de mi casa.
Mis días son apacibles y Madrid tiene la capacidad de entretenerme con nada. Este tiempo aquí me ha hecho aguzar la mirada y ser mejor observador para entender a un volumen diferente las cosas que ocurren a mi alrededor.
Es simpático encontrarme venezolanos por todos lados en esta urbe gigante, desde la chica que charla con su amigo en el vagón del metro, en la barbería, el camarero que te saluda al llegar al restaurante o los que te traen un paquete al edificio.
Cuando oigo: “esto es de pinga, marico”; “todo el mundo aquí echa vaina” o “nadie le para bolas” reconozco que España es una prolongación de nuestro gentilicio. Tengo la sensación de que los españoles nos miran con simpatía y agrado. Somos parte de una diáspora con múltiples historias, sentimientos y rostros.
Hoy está lloviendo. Ese olor a café mañanero, a fruto acaramelado y tostado que impregna tu cocina mamá. Tú sazón con sabor a mar caribe y el ruido del vaivén de las olas del mar en Lechería.
Lo crujiente de esas sardinas fritas en fogón de leña que comíamos juntos los domingos en Píritu. La sonrisa del pequeño Luciano queriendo subirse conmigo a la hamaca colgada en el patio y yo tarareando “Tonada de Luna Llena” de Simón Díaz como canción de cuna.
Son los recuerdos que salpican generosos en mi memoria y renuevan el amor extraordinario que me mantiene unido a nuestro hogar en Venezuela.
Mamita bella, son tantas imágenes que siguen alborotadas en mi interior, tan vívidas como frescas: mi infancia con olor a pan recién hecho, a torta de vainilla y galletas.
El fluir de las aguas cristalinas de los ríos en Cumanacoa, el amarillo explosivo de los árboles del valle montañoso en San Antonio de Capayacuar, ir temprano al mercado a cielo abierto en la Colonia Tovar durante aquellas vacaciones, han sido mis acompañantes de viajes.
Cuando decidí vivir en Madrid, descubrí que tenía razones poderosas, porque de lo contrario, no habría podido despegarme de todo lo que sigue adherido a mi espíritu y mi piel.
Aprovecho mamá para reiterarte el profundo agradecimiento por tu apoyo en mi decisión.
Tu mirada triste nunca dejará de partirme en mil pedazos, pero respiré con alivio cuando dijiste que la felicidad debía ser siempre un relato verídico, por más que nos invada la tristeza natural del adiós que se aproxima.
Tomaste mis manos entre las tuyas y repetiste que, si sentía que me aguijoneaba la nostalgia, iluminara mi rostro con una sonrisa, que debía ser fuerte y valiente.
Estoy convencido mamá que he ido en la dirección adecuada. No siento miedo, porque me inspiro en tu fortaleza y tu ejemplo.
Desde que decidí emprender este nuevo viaje a otras tierras, he reflexionado en lo distinto que ha sido realizarlo ahora. Me siento renovado, más fortalecido y experimento un sentido de pertenencia que disfruto.
En este tiempo, el regocijo de gozar de esa ansiada tranquilidad de quien se ha salvado de una catástrofe me mantiene de buen semblante.
Me da mucha risa porque siento que mis ojos son vigilantes hambrientos de un retrato citadino que me alegra el alma.
Desde nuestra penúltima charla por teléfono hablamos de lo mucho que me gustaría que vinieras a pasar un largo tiempo conmigo, pero intentas restarle trascendencia al asunto con tus palabras amables y excusas fabuladas.
Sabes que quiero que vengas para ir de paseo y juntos descubrir esta ciudad encantadora, de amantes de las terrazas, de la copa de Rioja para acompañar el jamón de bellota, de la tortilla de patatas y los mariscos, que se filtra siempre en mis palabras. Estoy seguro de que te sentará bien.
Insisto: aquí te sacudirás esa inercia que a veces te abraza. Madrid es otra experiencia y estoy seguro de que al verme nuevamente a los ojos estarás más orgullosa, aunque tuvieron que pasar tantas cosas.
Te extraño enorme mamá, a mis hermanos, sobrinos, primos y tíos. Todo lo que comenzó esa tarde al partir desde el aeropuerto de Maiquetía a Europa no lo olvido, como cuando nos abrazamos sabiendo que nuestro amor es irrompible. Esta travesía hasta aterrizar en este nuevo destino es una bendición, así lo asumo.
Doy gracias a Jehová Dios por tenerte mamá.
Te amo:
Tu hijo Alexis.