Nunca tuve tanta certeza de que los pensamientos y sentimientos que te dedicaba te llegarían de forma tan clara y expedita como hoy, porque ya no necesito ponerlo en palabras, pues sé que desde donde estás ahora puedes leer mi mente y mi corazón, quizá por eso, ahora me resulta más fácil escribirte, pues tengo la tranquilidad de que, si no logro expresarme todo lo bien que quisiera, tú me intuirás, igual que hacías cuando estabas viva.
Me imagino que ya sabrás que estamos ultimando los detalles para poder por fin vender tu casa de Margarita, no la podemos ni la queremos conservar por más tiempo ¿Quién sería el valiente de volver algún día allí sin ti?; ¿Quién tendría el guáramo de soportar una vez más el ser golpeado por tu olor a rosas nada más entrar?, indeleble y eternamente aferrado a las paredes; al fantasma de tu taconeo por las escaleras y a tu colección de elefantes, por eso hemos preferido dejar ir todo aquello en santa paz, aunque hayamos tenido prácticamente que regalarlo, ¡con lo que les costó a ti y a papá en su día!
¿Cómo te ibas tú a imaginar aquel día que saliste por la puerta camino a Madrid que sería la última vez que estarías en tu casa?; tu casa, la que tú escogiste y decoraste a tu gusto, en la que tantas cenas deliciosas nos preparaste y tantos amigos recibiste, en la que quedaron flotando tantos recuerdos, alegrías, nostalgias y dolores…
¿Cómo habrías podido tú saber en aquel momento que sería la última vez que pisarías la ciudad en la que habías pasado prácticamente toda tu vida?, la Caracola, en la que caminabas todas las mañanas porque te tranquilizaba el sonido del mar, las amigas con las que tanto te gustaba conversar y reírte, tus fotos familiares, tus libros de recetas y tu colección de zapatos de princesa.
Y entonces llegaste a Madrid con una maleta llena de ropa livianita y con la esperanza de poder hallar tratamiento a tu enfermedad. Eso era lo más importante, porque en Venezuela cualquiera paga una tanda de quimioterapias, ¡si es que la hay! Recuerdo la primera vez que te llevamos al Mercadona, no te podías creer que había tantas marcas de leche y de papel toilette para elegir y no tenías que hacer cola, la emoción cuando viste que había agua corriente en el grifo permanentemente y no había que cargar “tobitos” para bajar la “poceta” y podías salir a la calle a cualquier hora sin que te den un tiro para robarte, pero la alegría más grande fue cuándo fuiste al hospital y viste que tenían los medios para paliar tu enfermedad y en la farmacia conseguías los medicamentos sin suplicar, trapichear ni contrabandear.
Desde luego, también tuviste tus horas bajas, como todos. Por ejemplo, nunca te acostumbraste al frío, menos aún en tus últimos meses cuando habías perdido tanto peso; tampoco te acabaste de hacer con la forma de hablar, aunque era el mismo idioma muchas veces no te entendían; pero creo que lo que más te dolió fue no poder estar con tu mamá en sus últimos momentos, pero eso ya da igual, porque sé que ambas estaréis ahora juntas leyendo mis líneas.
Quizá por eso estos días he estado pensando en ti más de lo habitual, bueno, por eso y porque ya pronto nos va a tocar ponerte la lápida, una lápida que desafortunadamente no podrán ver la mayoría de los familiares y amigos que te habría gustado que te visiten en tu última morada; tampoco creo que te haya hecho mucha gracia que tu funeral estuviera medio vacío; pero supongo que a estas alturas eso también te da igual.
Cuéntame, ¿cómo es tu cielo?, ¿cómo recreaste la dimensión en la que habitas ahora?, ¿se parece a la Caracas de los 70 con el Ávila de fondo?, estoy segura de que eres la más guapa del Boulevard de Sabana Grande, o quizá todavía te paseas por la playa de Pampatar. En estos días mi hermano y yo nos reíamos imaginando qué le habrías dicho a papá cuando te lo encontraste por allí: “Recuerda, era hasta que la muerte nos separe, así que anda a joder a otra parte”.
Mucho he pensado en todo lo que nos ha tocado vivir y supongo que más allá de preguntarnos “¿por qué a mí?”, quizá lo correcto sería preguntarse “¿para qué a mí?”. Todavía no he hallado una respuesta totalmente certera a esa pregunta, cada quién interpreta las experiencias como puede y les da sentido desde lo que tiene adentro, sin embargo, por lo pronto lo que he logrado sacar en limpio de todo esto es que no tiene sentido aferrarse a un lugar, a una época o a una persona que ha quedado atrás, hay que agradecer lo que nos ha enseñado y luego dejarlo ir, aunque duela, porque es mucho más interesante centrarnos en que nuestro siguiente capítulo sea mejor, como seguramente ahora será el tuyo.
Un beso inmenso, nos veremos en algún momento, pero no todavía. Te quiere.
Sally.