Autor: Laura Patricia Carral Cunningham
Alcalá de Henares a 13 de enero de 1987
Hoy que escucho las campanas de San Ildefonso en Alcalá de Henares, durante esta fría mañana de enero en que es domingo y por primera vez veo nevar, descubro una nueva sensación del frío y el asombro, hoy que necesito del calor y los afectos de mis seres más queridos, pienso en usted, abuelo Eduardo, cuando años atrás, siendo yo muy niña, oía el repique de campanas de la iglesia del Rayito, en el barrio de Santa María, en mi querida ciudad de Puebla, y me siento protegida, renovada como entonces, cuando me habló usted de la milagrosa virgen del Rayito, cuya imagen quedó destruida por un rayo letal logrando salvarse su pequeño que llevaba en brazos. Y es justo ahora, mientras estoy viviendo estos recuerdos y las campanas de San Ildefonso vibran en mi pecho, lo mismo que en esta hermosa construcción renacentista donde no cesan de sonar, que pienso en las cigüeñas que decoran el edificio y descubro que entre ellas hay una de verdad, que se ha posado en la espadaña y me hace pensar en el curioso simbolismo con que España las identifica con aspectos migratorios y México las relaciona con la fertilidad. Todo esto me remite a considerar la protección que usted, querido abuelo, siempre me brindó, porque fue también, gracias a sutiles insinuaciones de su parte, quien me impulsó a ir en busca de una vida nueva y a ver más allá de lo que abarca la mirada, en busca de otros horizontes, al decidirme a emigrar a este país, que no me ha dejado ni un segundo para arrepentirme y que ahora es también mi patria. La nieve fue más que un símbolo y una invitación tácita para todos nosotros a impulsar al niño interior a divertirse y relajarse por un rato, me refiero al numeroso grupo de estudiantes ahí reunido, que nos lanzamos con avidez a formar pequeños proyectiles; el mejor pretexto para conocernos y hacernos conscientes, a través de ese ejercicio que nos sirvió para descubrir que cada nación latinoamericana es un pedazo de una misma patria y que España también lo es.
Hoy escucho el eco de esta tierra, que me habla con voz familiar, abuelo Eduardo, porque fue por usted que un día supe que su padre, Don José Carral Sañudo, bisabuelo mío y profeta en tierra ajena, fue aquel nómada de veinte años y espíritu indomable, hombre de pocas palabras, de temprana vocación trashumante, quien refugiado en su silencio llegó de Cantabria un día de 1875 como inmigrante español a México y avecindado en Puebla, cansado y endurecido por la montaña , el frío y la desesperanza de una vida más próspera , dejándolo todo atrás para “hacer la América”; y fue él quien, al igual que hago yo ahora, obedeció a esa voz interna, liberada de su manto de silencio, que un día le habló firme y decidida. Fue por él por quien supe que la añoranza que siempre tuve por España, hasta ayer desconocida, me hervía en la sangre cada vez que mis deseos interiores murmuraban su nombre en mis oídos.
Y así, cubierto de silencio, como las piedras se cubren del musgo, para ocultarse o para protegerse, tal vez para no confrontar el origen de su pueblo pagano, celta, o nómada, o todos ellos juntos, ¿por qué no? Con el de esta ciudad Puebla y su profunda fe cristiana, aquel hombre montañes buscó mudar de pastos y de silencios al comprender que era mejor protegerse del dedo acusador por no haber dicho aquello que pudo haber dicho, como de una moral mustia, que también se resguarda en el silencio y nos descubre que éste tiene formas diversas, como las tiene la moral. De esta manera, mi bisabuelo, como mi abuelo y como yo misma, aprendimos a hablar sólo a quien sabía escucharnos y a callar con la prudencia que nos enseñó el silencio.
Yo recibía postales de mis amigos, quienes contagiados por mi inquietud, solicitaron becas para venir a estudiar posgrados mientras en mí crecía el deseo de conocer lugares, personas y costumbres. Quería verlo todo, aprehenderlo todo y conocerlo todo. Hasta que usted, abuelo, mi cómplice, supo leer en mí y no tuvo ninguna necesidad de que le comunicara mi inquietud; puso en mis manos un día la solicitud de beca de estudios para la universidad de Alcalá de Henares que usted bien supo dónde y cómo conseguir. Esperamos meses para recibir la respuesta de la universidad, meses en los que viajábamos todo el tiempo en la imaginación, inventábamos lugares que habíamos soñado ver, meses en que llegué a saber que existe un lugar en Cantabria, llamado Villacarriedo, de donde procede mi bisabuelo; mientras tanto hicimos muchos planes, me iría ligera de equipaje y repleta de ilusiones, como lo había hecho él. Así pasamos los días, hasta que uno de tantos la respuesta se hizo presente. Ni usted ni yo podíamos creerlo; su alegría y orgullo me superaron; había sido aceptada y no cabíamos de felicidad. Jamás lo vi tan contento. Habíamos planeado el viaje durante muchas semanas. Me iría a visitar cuando estuviera en España, recorreríamos juntos el país de su padre. Hicimos tantos planes, y, entonces, como hoy que escribo esta carta, sonaron campanas, repicaron recio, (expresión muy suya), como ahora mismo, que usted no está conmigo y lo extraño tanto.
Su nieta que no le olvida.
Patricia
Veo como has descrito a tu abuelo Eduardo, quien supo leer tu mente y con que delicadeza reflejas aquí, esa cercania, lo que significó para ti, que se emocionaba contigo, tu cómplice, tu apoyo, en todo, y que supo de tus inquietudes.
Tanto de tu abuelo Eduardo, como de tu bisabuelo, aprendiste de ellos, eso tan valioso, saber lo que realmente importa, quien te escucha a ti y quien te comprende. Nos invitas a ver que nuestros paises latinoamericanos somos pedazos de una misma patria, claro que si. Oyes el eco de la tierra, es tu entorno, y como recuerdas el repique de las campanas, y te sentias protegida por tu cuidad Puebla.
Una carta emotiva, y descriptiva a la vez. Felicidades!
Un recorrido sentimental de la añoranza y el amor de generaciones que aman a la España.
Tu carta es una maravilla literaria que acoge con profundidad el velo de ilusiones que en una etapa de la vida, por no decir que en todas, cada uno tenemos.
Tu abuelo habrá viajado contigo al leerla, y cuando tuvimos ocasión alguna de disfrutar lugares como soñadores estudiantes habrá sonreido.
Me emociona que nos hayas abierto los recuerdos de una maravillosa época.
Que emotiva tu carta! Se puede sentir el frío, la nieve, las cigüeñas; y el afecto a tu abuelito.
Se puede apreciar a la niña impresionada y receptiva a nuevas experiencias y aventuras-igual como hizo su bisabuelito décadas antes. Muy conmovedor 💕💕💕.
No dudo que fue un hermoso tiempo. Has descrito de una maravillosa y expresiva manera, como el legado de vida de tu abuelo y bisabuelo marcaron el camino de tu vida. Más allá, nos has recordado la ilusión de jóvenes impresionados por la Alcalá de Cervantes, pero también la dicha de reafirmar la unión latinoamericana. Me siento totalmente identificado. Felicitaciones
Paty siempre tenaz y hermosa, así te conocí y haces honor a tus raíces, hermosa carta, muchos abrazos para ti y si….. Mexico y España siempre serán tus patrias.
El abuelo Eduardo, genio y figura, con esas manos gruesas , gigantes, como manoplas de su amado beisbol. Y esa voz tan ronca y profunda, que al reírse retumbaba la casa. Y esos chistes tan ingeniosos y su gusto por la comida. Me gustaba verlo cada viernes en casa de mis padres. Y contaba las aventuras de ese viaje, cuando fue a verte. Recuerdo que en una ocasión mencionó que te confundieron con una gitana. Me ha gustado leerte y que al hacerlo me haya devuelto recuerdos de mi infancia con él. También lo extraño y a mi padre Guillermo. Ahora mismo estar comiendo una buena fabada en el cielo.
Querida Paty:
Me encanta tu carta. Yo misma estoy sintiendo el frío de enero y escuchando en mi imaginación las campanas de San Ildefonso. Qué hermoso conocer al abuelo Eduardo a través de tus palabras, y saber por ti que desde siempre hemos pertenecido a la estirpe de los aventureros, de los buscadores, de los que van más allá del horizonte.
Y por supuesto, un placer conocer la belleza literaria que nos cuenta con pasión y entrega la historia de un abuelo que busca llevar a su nieta a un mejor destino y con ello a las demás generaciones. Querido abuelo Eduardo, sigues viviendo en nosotros. ¡Bravo!
Querida Patricia,
Emocionante relato que narra una maravillosa historia generacional. Me ha encantado ver como el espíritu aventurero, se va trasladando de generación en generación, llama la atención la complicidad que tuviste con tu abuelo y la fuerza que te te dio para cumplir tus sueños.
Me ha gustado mucho, enhorabuena!
Aquí voy a escribir en tercera persona. En esta carta, la escritora expresa varios elementos importantes.
En primer lugar, menciona la importancia de las campanas de San Ildefonso en Alcalá de Henares, así como la nevada y el frío de la mañana de enero. Estos elementos despiertan en ella una nueva sensación de frío y asombro, y la hacen recordar los repiques de campanas de la iglesia del Rayito en su querida ciudad de Puebla. Estos recuerdos la hacen sentir protegida y renovada, y le traen a la mente la historia de la milagrosa virgen del Rayito, que su abuelo Eduardo le contó cuando era niña.
Además, la escritora reflexiona sobre las cigüeñas que decoran un edificio y descubre que entre ellas hay una de verdad. Esto la lleva a considerar el simbolismo que España y México atribuyen a las cigüeñas en relación con los aspectos migratorios y la fertilidad. Estos pensamientos la llevan a recordar la protección que su abuelo siempre le brindó y cómo él la impulsó a buscar una vida nueva y a ver más allá de lo que abarca la mirada, lo cual la llevó a emigrar a este nuevo país que ahora también considera su patria.
La escritora también menciona la nieve como un símbolo de diversión y relajación para su grupo de estudiantes, que se divierten lanzándose pequeños proyectiles. Este ejercicio les sirve para descubrir que cada nación latinoamericana es parte de una misma patria y que España también forma parte de ella.
La escritora continúa compartiendo sus pensamientos sobre la historia de su familia y su conexión con España. Habla sobre su bisabuelo, que llegó como inmigrante español a México en busca de una vida mejor, y cómo ella siente la añoranza por España en su sangre. También menciona cómo su abuelo y ella aprendieron a hablar solo a aquellos que sabían escuchar y a callar con prudencia, siguiendo el ejemplo del silencio.
Finalmente, la escritora comparte cómo su abuelo fue su cómplice en su deseo de viajar y estudiar en la universidad de Alcalá de Henares en España. Él le consiguió una beca y juntos planearon el viaje. Sin embargo, ahora que está escribiendo esta carta y escucha las campanas, extraña mucho a su abuelo que ya no está con ella.
En resumen, en esta carta la escritora expresa la importancia de los recuerdos, la protección familiar, la conexión con España, la diversión y la añoranza por su abuelo.