Querido amigo

Me alegra muchísimo ver cómo recoges los frutos de tu perseverancia en la música. La última de tus canciones ha sido más que fascinante.

Aún recuerdo cuando te fuiste con Marta a Barcelona. Después de celebrar tus 40 años en nuestra Isla de Margarita. ¿Recuerdas? Dijiste: los 40 son los nuevos 20. Era un enunciado muy real cuando te veía con tu sonrisa cargada de sueños. Cada vez que escuchabas una canción y me decías: es mi favorita. Un enamorado de la música y la vida.

Asumiste tu nuevo comienzo con alegría. Con la virtud que acompaña, a quien ya ha salido una y otra vez de su zona de confort. Cuando hablábamos, te imaginaba en el muelle de Barcelona con tu guitarra negra tocando las canciones que tienes integrada en tu extensa memoria musical. Ahora mírate: tú canción está nominada a un Premio Grammy. No me sorprende porque tu talento te precede.

Me sentí afortunada cuando finalmente me vine a Madrid. Estaríamos cerca. Ya no eras tan distante como el tamaño del Atlántico. Aun así otra distancia más grande nos estaba separando. La de tomar caminos diferentes. Ya no estábamos conduciendo en la misma autopista. A ti emigrar te afianzó. A mí me cambió.

Mis amores más entrañables como la literatura y el periodismo fueron languideciendo ante la difícil tarea de afrontar una nueva vida en un lugar nuevo, donde mi experiencia y esfuerzos no figuraban ni pesaban en un currículum desesperado por encajar.

Estaba en modo sobrevivencia. Buscando el sustento y tratando de mantenerme a flote. Me puse el disfraz “de hago lo que sea” pero que sea digno, porque mi madre siempre me enseñó que el trabajo dignifica.

Y entonces, ya no fueron los kilómetros los culpables de nuestra distancia. Fueron pasando los años y nuestras diferentes dinámicas apartaron de nosotros la “familiaridad”.

Ya no formas parte del paisaje de mi cotidianidad. Ni tú. Ni muchos otros amigos. Ni los sueños que tejíamos y que quedaron suspendidos entre el yo de una nacionalidad y el yo de ahora.

Te confieso que la nostalgia no deja de visitarme. A veces me imagino un universo paralelo, donde seguimos en Margarita. Yo aún voy a la playa cuando tengo algún mal del cuerpo o del alma. Seguimos reuniéndonos en las tardes a admirar la perfecta paleta de colores que conforma el cielo insular. Indiana no está en Inglaterra. Ni Erika está en Estados Unidos. Ni Liliana en Perú. Ni Karina en Uruguay, ni María Grecia en Canadá, ni muchos otros entre Argentina, México, Alemania, Chile y tantos países que pierdo la cuenta.

En ese universo paralelo nuestros hijos se crían juntos y son amigos entrañables. Les enseñamos a nadar, a surfear olas con su cuerpo. Los hijos de mi prima y de mis hermanos reunidos en Navidad bajo el mismo techo. Un montón de muchachos jugando y sacándonos dolores de cabeza.

En ese mundo, mi marido pudo estar con su madre el día que murió. Pude despedirme de Luis Francisco. Mi comadre cuidó a su mamá en la enfermedad y sus nietos la disfrutaron hasta el final. Pude estar en el nacimiento de mis sobrinos y en la boda de mi hermana.

Ninguno de nosotros quería irse. Pero todos decidimos hacerlo, aunque forzosamente, obligados por la circunstancia. Aun así, ¡mira todo lo que hemos cosechado en otra tierra! Dios nos ha dado una familia. Me dio un esposo maravilloso. Un nuevo hogar para mi hija. Otros hijos están naciendo. Nuevos amigos germinando. Nuevos sueños van creciendo. Nuestros corazones se han ensanchado. Se volvieron tan grandes que le caben el mundo entero. Ahora también somos de otra tierra.

Pero no te confundas. Tú sigues aquí. Mis padres siguen siendo mis padres, mis hermanos siguen siendo mis hermanos, mis amigos siguen siendo mis amigos, mi familia sigue siendo mi familia, mi gente sigue siendo mi gente. Siguen siendo mi sangre. No hemos perdido. Hemos sumado.

He tenido que naufragar y despojarme de todos mis títulos para entender lo que realmente conforma el hilo de mi identidad. Lo que ni el tiempo, ni los adioses, ni la pérdida de lugares, ni de posesiones o de personas tan amadas puede cambiar.

Es una verdad que permanece inmarcesible. Una verdad que solo descubres cuando todas las demás verdades han caído presas de las circunstancias. Una verdad que me define por encima de todo y no se condiciona con nada. Tan llana y profunda que le da sentido a toda mi vida, que sustenta mi caminar y que me levanta en la adversidad. Soy hija de Dios. Y su amor y su fuerza me acompaña siempre y no hay nada que pueda apartarme de eso.

Esta es la fe que me acompaña. La misma que deseo a todo aquel que, habiendo perdido mucho, quiera volver a sentir todos los pedazos de su ser, unidos en un abrazo.

Espero que seas muy feliz, amigo, porque en cada uno de tus logros soy feliz contigo, y en cada una de tus penas, también hay una parte de mí que llora. 

Te quiero

Tu siempre amiga

Verónica

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