Madrid, 02 de octubre de 2023
Mi querida e inolvidable Caracas. Hoy desperté pensando en ti. Me diste tiempo para que en cuanto estuviera lista pudiese escribirte una carta y creo que ya puedo hacerlo. Ha transcurrido un año y medio desde que me desprendí de tus brazos, dejando todo atrás y sabiendo que no podré volver porque sería mi fin, razón por la cual mi corazón permanentemente derrama lágrimas. He tenido que luchar muchas batallas contra aquello que me acosa, como el miedo y la soledad, contra el hecho que significa el desarraigo y la migración forzada, o como lo denomino yo, la huida para sobrevivir. Recuerdo que siempre me dijiste que la vida cambia, cambia de golpe, sin anestesia, y eso es precisamente lo que nos ha sucedido. Nuestra vida en común cambió. Tú más que nadie vivió y lloró junto a mí todas las ausencias que ocurrieron en mi vida los últimos años, ayudándome a soportarlas hasta donde tus fuerzas te lo permitieron, hasta que tú misma me aconsejaste y prácticamente me obligaste a que me fuera de tu lado, asumiendo y entendiendo esa nueva ausencia como necesaria para continuar viviendo. Accedí a irme, no sin antes dejar bajo tu celoso cuidado los huesos de mi padre y las cenizas de mi madre, mis ángeles en el cielo, quienes te acogieron como a una hija más. Me he permitido llorar… llorar mucho y cuando el mar se calma dentro de mis ojos, respiro y recuerdo todo lo bonito que vivimos juntas: tu risa contagiosa en todos los diciembres y tus ideas locas de verano, pero lo que más extraño es la calidez que me transmitías solo con mirarte, en especial tu amanecer, disfrutándolo juntas con café recién hecho y calientito o como tú lo llamas “el güayoyito dulce”.
Tu hermana mayor, Doña Madrid, me ha recibido con mucho gusto. Se ha esmerado mucho para que mi permanencia en su casa sea tan acogedora como en la nuestra. Su comida es muy sabrosa y ello ha hecho que adquiera unos kilitos de más… ¡ja! Ya aprendió a hacer arepas, tequeños, cachitos, empanadas, pan de jamón, así como la Reina de nuestra Navidad, la Hallaca. Aún no domina la elaboración del dulce de lechoza (solo tú sabes darle el punto exacto de cocción y de dulce. Será nuestro secreto), ni la torta de jojotos. Sin embargo, sé que pronto aprenderá porque es tan persistente como tú. Madrid me ha llevado a sus museos, bibliotecas, parques, bares, cafés y restaurantes. Me ha hecho recordar lo agradable y seguro que puede ser salir de noche con amigos y disfrutar de buenas conversaciones al aire libre sin sentir temor a la oscuridad. Estoy segura de que a ti te hubiese encantado sentirte así de libre.
Madrid me habla de autores y sus libros, de música, de gastronomía, de arte, y así mi estado de ánimo va mejorando un poquito cada día. He conocido a su círculo de amigos íntimos, o como ella los denomina sus “Colegas de copas y cotilleo”, a quienes yo ya he adoptado como míos también. Ellos son Don Getafe, Don Móstoles, Doña Rozas y Doña Parla.
Don Getafe, es un señor alto entrado en años amante del futbol y la buena comida. Ha adoptado a los tequeños como su tapa favorita para acompañar sus cervezas durante sus tertulias futboleras. Siempre viste de chaleco y boina.
Don Móstoles, es un profesor de historia jubilado de la Universidad Rey Juan Carlos. Siempre viste de saco y corbata, como para impartir sus clases. Vivió en Venezuela durante muchos años y allá se casó con una Margariteña, que lo enseñó a comer pescado frito al estilo oriental.
Doña Rozas, es una señora elegante también entrada en años pero que se conserva muy bien usando los métodos y trucos que le enseñó la mismísima actriz Sara Montiel, según cuenta ella. Su marido era escritor, amigo íntimo de Camilo José Cela.
Doña Parla, es la típica abuela que teje ganchillo. Posee un stock de manta tejidas como para abrigar a toda Noruega durante el invierno. Me parece que debe haber sido locutora de radio porque no para de hablar jamás. Los cuatro son muy agradables y sus cotilleos se venderían más que la propia Revista Hola.
Me ha parecido escucharte… Esto me ocurre muy seguido y sé que algún día sonreiré al pensar en ti y dejarás de dolerme definitivamente. Ya debo despedirme mi bonita. El mar que hay dentro de mis ojos se está agitando y no quiero manchar esta carta. Te recordaré siempre y nunca olvides que eres y serás mi gran amor, en esta vida y en las siguientes. Tuya siempre, Nena.