Juana querida:
¡Cuántas cosas quiero contarte! Ahora mismo tendrías 105 años. Siempre te quise celebrar la fiesta de los 100 años y cuando te lo decía, te reías con las manos tapándote los dientes. “¡Si inventas, muchacha!”, repetías. No me complaciste y viviste hasta los 94. Aunque llevabas una semana en el hospital y estábamos esperando el desenlace, lloré mucho cuando me llamaron por teléfono para decirme que habías fallecido, abuela.
Recuerdo que ese día tenía que entrevistar a unos emprendedores venezolanos. Era una mañana de otoño. Yo iba en el Metro de Madrid y se me saltaban las lágrimas incontrolables pensando en ti. Una señora que pedía dinero en los vagones y ofrecía pañuelos de papel, me dio un paquete y no esperó a que le diera las monedas. “Lo necesitas”, me dijo y se bajó.
Te alcanzó la vida para mucho, Juana. Para ver a tu único hijo hacer su familia. Para conocer nietos y bisnietos. Aunque a mi hijo no te dio tiempo de achucharlo, pero lo hubieras amado porque se parece a mi padre. Él se ríe como tú, con sus pequeñas manitas en la boca. Se llama Mateo. Acaba de cumplir tres años. Él es un segoviazolano, un veneñol, una mezcla hermosa de Segovia y Puerto Ordaz. Mateo resume y condensa todo lo bonito que me ha pasado desde que me vine a España en 2009. Es el producto del amor, la alegría y la felicidad. Habla con las zetas como su papá, pero tiene los ojos achinados de los González y dice “pana”. Nació en Madrid en el año 2020.
Ese año se desató una pandemia por un virus llamado Covid-19 y murió mucha gente alrededor del mundo. No pudimos salir de casa durante tres meses. Pensé en ti, en cuando te dio la fiebre tifoidea que, de alguna manera, marcó la salud de tu descendencia. ¡Eras tan fuerte y débil a la vez! Sufriste hambre y miedo en dictaduras atroces como la de Gómez y la de Pérez Jiménez. Repudiaste al chavismo con furia. Te hizo hasta decir groserías: “Cuando empezaste a estudiar periodismo ¿quién iba a pensar que estos mierdas iban a acabar con el país? Será mejor que te vayas. Ellos no saben lo que es la libertad”, me dijiste un día y me quedé pasmada por el ímpetu de tu rabia y la contundencia de tu afirmación que aún resuena en mis oídos.
Te hice caso. Me marché, ante la insistencia de mis amigas de la universidad, que ya vivían en España. Ellas me vieron llorar después de una marcha en la que golpearon a periodistas y me insistieron en que me fuese. Puse mar y tierra de por medio, aunque nunca he dejado de ver las noticias de allí. Y cada año volví, sobre todo porque sabía que a ti no te quedaba mucho tiempo con nosotros. En cada despedida te abrazaba fuerte. Y tú, que ya estabas ciega, pero intuías mi ánimo, me decías: “Dios te lleve con bien. Avisa al llegar”.
Desde que tu hijo falleció en 2015 (lo enterramos junto a ti) no he vuelto a Venezuela porque ya no estáis (hace tiempo que hablo de “vosotros”), porque el país ha ido en un declive muy doloroso y porque mi mamá empezó a venir a España desde entonces. De manera que, siento que tengo pocas razones para volver de visita, por el momento. Sin embargo, a Mateo le hablo mucho de mi país, le canto canciones de Serenata Guayanesa y sí que sueño con hacer un viaje en familia y mostrarle la belleza exuberante y salvaje, que ni los políticos han podido destruir. Sé que a él y a David les gustará mucho ver todo lo bonito que resiste.
En mis sueños los llevo al Santo Ángel, a Los Roques, a Mérida y a Margarita. Vamos a Puerto Ordaz. Visitamos el Parque La Llovizna, Guri y hasta mi colegio. Enseñarle Venezuela a mi hijo será como mostrarle mi otra mitad, el pedazo de mí que dejé lejos. Él sabe que su madre es de otro lugar porque se lo ha dicho muchas veces y porque oye a su abuela materna decirle palabras como cambur, parchita, chévere y auyama. Pienso que tú le dirías “el bordón”, por ser el bisnieto más pequeño. Ya tienes un tataranieto que es estadounidense y vive en Florida. Mi hermano se mudó a Chicago en 2019. Tu familia ahora porta diferentes pasaportes, identidades adicionales.
Por cierto, ¡me han concedido la nacionalidad española! ¡Tienes otra nieta española, además de mi hermana! Fue un proceso largo, mucho más de lo debido, pero ya está conseguido. Es una ventaja burocrática para un montón de cosas y un derecho adquirido por los años de trabajo y residencia en este país. Quiero mucho a España. Aquí he crecido, me he vuelto madre y otra profesional. Me siento binacional. Creo que, si papá viviera, me cantaría con la guitarra temas de Peret, José Luis Perales o Julio Iglesias para celebrar el acontecimiento. Reiríamos. Él imitaría el acento madrileño con mucha impostura. ¡No sabes cuánto echo de menos el sonido de las cuerdas de su cuatro mientras me cantaba cumpleaños feliz!
Si existe otro lugar a donde van las almas, espero que te hayas encontrado con papá, tu único hijito.
Te extraño mucho, abuela.
Tu nieta veneñola.
Briamel González Zambrano
Ps: A Juana Valderrey de González (1918-2012)