Soñar el futuro es común en nuestras mentes, fijar metas y objetivos, trabajar y encontrar el camino que nos lleve a lograrlo, también lo es, muy común.
Muchos fueron los sueños y muchos los logros que acompañaron mi vida, todos en Venezuela. A los 55 años, ya jubilada, me vine a Madrid persiguiendo los sueños de mi hija, que pasaron a ser míos sin haberlo pensado, mi pequeña de 21, Gloriana.
Mi querida y amada tierra, mi patria, cuánto te extraño.
Conocí el mar a los 9 años. Qué increíble fue desde mi sencilla mirada la inmensidad del mar, el sonido de las olas, sentir la arena y aquella cálida agua en mi piel. Fue en los Canales de Rio Chico, Estado Miranda, Venezuela.
Todos los viernes al salir del trabajo la pregunta obligada, mejor dicho, el plan obligado. Este fin de semana vamos a Rio Chico, mis tres hijos de 5, 3 y 1 año se alegraban un montón, preparar el equipaje, la cava, los bañadores, lo necesario para la parrilla. En el trayecto escuchar a Raúl: “Papá, ¿cuánto falta para llegar a Rio Chico?”. Papá respondía: unos 80 Km… Y desde pequeños sacaban las cuentas porque ya papá les decía que eran 150 Km de distancia. Más fácil era responder “falta una hora”, le replicaba yo. La música nos acompañaba siempre y hoy día, al escuchar aquellas melodías, vuelve a mi memoria aquel inolvidable trayecto con sus paisajes verdes, sus mandarinas apiladas en puntos de venta, otras veces mangos, plátanos… siempre algo que ver, algo que disfrutar. Siento en mis brazos a mis pequeños hijos que se turnaban para que los tuviera en mis piernas en aquel rodar hasta llegar a…¡Varaderooo !
En aquella piscina del Conjunto Recreacional Varadero terminaron de aprender a nadar mis peques, y en las cálidas aguas del mar de la playa a jugar con la arena. Disfrutaron muchos carnavales y festivos. Reina de Carnaval con 4 años mi Catherine. Las infaltables guerras con bombitas de agua con los vecinos de la comunidad. Mi pequeña Gloriana aprendió a caminar… unos puntos de huella quedaron en su frente. Raulito en bicicleta hizo sus primeras vueltas de aprendizaje. Qué emoción, qué felicidad verlos crecer en tus espacios tan queridos y añorados. Varadero, así permanece tu nombre en nuestro corazón, varados en tus paredes, en tu paisaje, en tus senderos definidos al lado de los canales que tantas ocasiones caminaba pensando, meditando y llenando de energía mi espíritu para seguir adelante.
Pasado el tiempo crecieron mis hijos, con el amor y la generosidad de tus hermosas oportunidades de convivencia, tus palmeras regalando cocos y la sombra bajo las cuales extendíamos nuestras sillas y mesas, los chorros relajantes de la piscina, las plácidas vistas de los canales, el sonido de la campana al llegar el heladero, el césped invitando a jugar al fútbol, aquellos lugares recónditos donde nuestros hijos vivieron sus primeros amores y nosotros todo nuestro amor de pareja, convencidos que la felicidad no es más, es así, sencilla, noble, generosa, plena nuestra vida. Cumplido nuestro sueño.
Llegó… Sí, llegó el vandalismo, la devastación, la destrucción, como ha sido en toda nuestra tierra amada. Encontraron en tus cimientos la facilidad de hacerse de lo ajeno, de romper, destruir, arrancar. A la vez, la falta de agua secó las plantas y la falta de luz dañó los equipos. Se puso a prueba nuestro inquebrantable amor.
¿Cómo prescindir de todo aquello cuando hemos sido tan felices? ¿Será posible que, de repente, lo construido por años, con esfuerzo y trabajo se pueda perder tan fácilmente? Sólo sentir la amenaza a la vida, la inseguridad, la sequía, la escasez, la impotencia. Cada vez avanzaba más la maldad y el odio, sin esperanza de lograr recuperar Varadero.
Ya universitarios, mis hijos se exponían al peligro en sus paseos a Rio Chico. En la playa podía ocurrir impunemente cualquier cosa y, en Varadero, el ambiente era desolado y riesgoso, a pesar de la energía propia de su esencia que yace allí por siempre. Así es, un lugar en el que ha reinado el amor, la dedicación, la entrega, la generosidad, sus olores, sus sonidos. Su esencia es eterna.
Me despedí de ti, Varadero, en el 2017, con una profunda tristeza. Mi marido de 63, yo de 55 años. Y mis hijos de 26, 24 y 21, ya fuera del país. Mis sueños de pasar mis años de jubilación quedaron allí en aquel apartamento de puertas abiertas donde recibí tantos afectos propios, de mis hijos, de la vida.
Sigo aquí, en Madrid, con 61 años, añorando tus espacios. Durante la pandemia pinté, pinté cuadros con las imágenes que conservo en mi memoria de ti, Varadero. Imaginaba aquella soledad, sin mantenimiento, envejeciendo como yo, con la amenaza de no poder volver.
Este año te he visitado y besado la tierra donde renaces de la mano de quienes han llegado nuevos a comprar los apartamentos y que sintieron, como nosotros hace 27 años, tu esencia, que se conserva intacta. Al entrar a nuestro hogar, tu verdad inigualable, llena de paz, de amor, de la noble naturaleza que se negó a morir. Sin duda, quedó tu esencia y la nuestra. Quiera Dios que en el resto del país prevalezca nuestra esencia atesorada dentro de nosotros, ávida de ganas de salir en cada rincón de nuestra patria.
Magaly.