Querida Amalia, desde aquellos días en los que estaba envuelta en la incertidumbre de si irme o quedarme, con el miedo a la realidad y el sueño de lo posible habitándome, conté con tu solidaridad y comprensión, nunca lo olvidaré. No me había comunicado porque llegar a un espacio donde solo eres tú y tu sombra, no es fácil, tuve que hacer muchas diligencias administrativas para empezar a ser: replantarme, y replantearme, buscar raíces. Decir quién soy, presentarme, y demostrar que en mi hay alguien más que una inmigrante sudaca, así nos llaman.
Familiarizarte con un “nuevo mundo”, toma tiempo, también el arrancarse de raíz, talar el bosque de la existencia, ir desojándonos, afinándonos, para reinventarnos, preparándonos para renacer. Mudarme de país, vestirme de extranjera, trajo la magia de lo nuevo, la añoranza de lo que dejamos atrás y el peso de la desorientación. Aprender nuevos códigos, paisajes, gastronomía y a veces hasta otro idioma.
En los espacios vacíos de mis afectos, me he tambaleado, en más de un momento me pregunté si tenía sentido mi decisión. He llorado y también celebrado. Cada día sé con más certeza que la vida no es una línea recta, y es mejor gastarse andando que quedarse en el lugar. Al salir de nuestros espacios conocidos aumentan nuestras referencias, vamos creciendo.
En aquellos momentos, cuando me ayudabas a seleccionar lo que se vendría conmigo, lo indispensable y significativo, había que ceñirse a los veinticincos kilos, lo logramos!: una foto de familia, cartas del primer amor, mi varita mágica, un cofre que había pertenecido a mi mamá, fue lo que acompañó a mi ropa. Fue difícil, recuerdo como reíamos en ese meter y sacar objetos de la maleta, nos abrazábamos con nostalgia adelantándonos a la inminente partida. Doy gracias al cielo por haber entendido que es poco lo necesario para vivir. Lo más importante lo llevamos en el alma: nuestros amores, vivencias, el aroma de nuestro terruño, los paisajes que se asoman a la memoria.
Trabajo como vendedora, nada que ver con mi profesión, y lejos de los sueños que acariciamos en la universidad. Gano poco y a ratos me he sentido casi una esclava, debo pasar las ocho horas parada, en la tienda hay cámaras por todas partes, si me siento me pueden despedir. Ni te cuento como tengo las piernas, me duelen mucho. Los días que llega la mercancía es agotador y pesado, debo desplazar cajas y colocar el género. Sé que hay situaciones peores, algunas venden hasta el alma. Como dice una canción: “esto de jugar a la vida es algo que a veces duele”.
El existir está lleno de matices, a veces tocamos la felicidad. Caminar por aceras anchas, sin tener que mirar a los lados por miedo que te roben, es muy agradable. La arquitectura de Barcelona me fascina, los balcones, las puertas, los vitrales, son de una calidad estética conmovedora. Hay menos violencia y la sensación es que las leyes funcionan.
Lo mejor es la seguridad social, enfermarte y saber que te atenderán y conseguirás las medicinas por un precio reducido, es una bendición, más cuando a diario vemos por las redes que algunos amigos y familiares piden dinero para solventar problemas de salud.
Se han ido de mi vida las reuniones familiares, el encuentro con amigos y amores cercanos, con historias compartidas. Añoro los paisajes y clima tan privilegiados, luz de Caracas, donde pareciera que el cielo brillara más, y nuestro Ávila!, el acento dulzón, la calidez y el ritmo de los nuestros, tienen tanta gracia que parecen decir a cada paso “míreme para que se enamore”. A uno lo suyo le parece especial, para los de otras nacionalidades es igual, aunque pienso que como lo nuestro: no hay.
Queriendo integrarme, a veces me desintegro, me deshago en llanto, nostalgias, recuerdos. Pero me recompongo, me digo ubícate en tu aquí y ahora, y doy paso a la acción para sanarme, enfoco en lo que hay, sigo adelante balanceándome en el columpio de las emociones que me sostienen. Sé que tengo algunas tuercas flojas, jaja!;como dice el poema: “voy con tres heridas: las de la vida, las del amor y las de la muerte”. Estar ausente en la despedida de seres queridos ha sido muy fuerte, doloroso, traumático. La migración nos hiere y eso termina fortaleciéndonos.
El inmigrante paga “los platos rotos”, aun cuando desarrollamos las actividades peor pagadas y menos deseadas, incluso teniendo calificaciones. Las homologaciones y otros requisitos dificultan la inserción.
No obstante, corroboro que el hogar uno se lo construye entre sus cuatro paredes; constato que en “el otro” hay algo de nosotros y en todos, un alma dentro. Lo ideal sería salir y volver al terruño, las condiciones de nuestro país nos expulsan.
Amiga me haces falta, te deseo siempre lo mejor, sigo llena de interrogantes y haciendo camino. Recibe mi abrazo, esperaré tus noticias.
Celia Calcaño