Y Alemania dejó de esperar…

Autor: Mary Suárez

Para: Alejandro Márquez. 

No sabía cómo comenzar esta carta, quizá se deba a que nunca imaginé que lo haría. Quiero contarte que por aquí todo va bien. Hace seis años tomé la decisión que me trajo a España, tal y como me aconsejaste muchas veces. ¡Es increíble como ha pasado el tiempo! 

Hace casi diez años de aquel Día de la Juventud y aún no puedo hablar de ti sin que las lágrimas recorran mis mejillas, sin que un nudo me estrangule la garganta. En mi mente retumban tus palabras, tus consejos, cuando ese 12 de febrero de 2014 decidí salir a las calles a luchar por Venezuela, por nuestro país. «No te dejes agarrar por los policías», me decías. «Corre siempre, corre todo lo que puedas, pero no permitas que te atrapen». Nos trataban como delincuentes, cuando en realidad los criminales eran y siguen siendo ellos. Recuerdo que hablábamos todos los días, me preguntabas cómo me había ido en las manifestaciones -que se extendieron por todo el país durante varios meses-. Pero una de esas noches en las que llegaba a casa -tras todo el día protestando-, sin batería en el celular y, desconectada de lo que pasaba en el resto del país, me llegó un mensaje que me trastocó: te estaban buscando. 

Entre en shock, empecé a buscar información, llamé a nuestros amigos en común. Tu vivías en la capital y yo en una ciudad a unas dos horas de tu casa, con lo cual no podía ir a buscarte personalmente. Me desesperé, te lo confieso, no tenía como trasladarme hasta allá. Ese día tuve mi primer ataque de ansiedad, y ni siquiera sabía que lo estaba sufriendo, mi mamá no sabía cómo calmarme, tenía náuseas, no podía respirar. Como era de esperarse, no pude dormir durante la noche. Y cómo hacerlo, para mí era imposible descansar sabiendo que unos Guardias Nacionales (asesinos a sueldo con disfraz de militar) te habían secuestrado. Porque para mí, eso fue un secuestro, aunque el régimen quiera disfrazarlo de detención. 

No podía dejar de ver una y otra vez el vídeo en el que aparecías tú y que rápidamente comenzó a difundirse. Intentaba ver algo más, una señal, lo que fuese que mantuviese mi esperanza viva. Allí estabas, tranquilo, grabando una protesta con iPhone. De pronto, un par de sicarios del régimen se te acercaron para exigirte que les entregases el celular –ni tontos que fueran, los ladrones esos-, no sólo te negaste, sino que hiciste lo que siempre me aconsejaste: correr. Pero esta vez no funcionó, te caíste y fue entonces cuando los sanguinarios aprovecharon para meterte tal saco de papas a su carruaje del terror. Seguramente te torturaban al tiempo que se peleaban por quién se quedaría con tu teléfono. 

Muchísimas horas después apareciste en una clínica con múltiples fracturas, la más comprometedora para tu salud fue esa del cráneo. ¿Quién sabe lo que viviste en esas horas?, ¿algún día pagarán tus verdugos? Esas son dos de las preguntas que, seguramente, no podré contestarme jamás. Sólo espero que el día en que me toque partir vuelva a verte para poder contarte mis hazañas, no serán grandiosas, pero sí chistosas. 

Aún no he podido viajar al país de tus sueños, ese en el que habías conseguido trabajo, al que tenías que irte la misma semana en la que te desconectaron de las máquinas que, por cuatro días, mantuvieron tu cuerpo con vida, porque estoy segura de que ya tu alma no estaba ahí. Quizá tu espíritu estaría visitando a tu hija, a tus perros, quizás estarías impotente o atónito viendo como sufríamos sin poder revertir tanto dolor. 

Puede que hay quien piense que un joven de 40 y una de 20 no podían ser amigos, pero nosotros demostramos lo contrario. Gracias por tus consejos. Te prometo que algún día podré hablar de ti sin llorar, sin sufrir, sin rabiar. Siempre tuviste razón: la salida era por Maiquetía, Y aquí estoy yo, en Europa, con ganas de conocer todos los sitios de los que hablamos, de crear anécdotas que pueda contarte cuando mi luz se apague… 

Alemania ya dejó de esperar por ti, pero quienes estamos en este plano y compartimos vida contigo no lo haremos jamás. Hasta pronto Ale, no dejes de esperarme, que cuando Dios me llame iré a jugar airsoft contigo. 

De tu amiga: Mary 

1 comentario en «Y Alemania dejó de esperar…»

  1. Sinceramente, cuando pinché el link y apareció la foto de Alejandro, me quedé en blanco. Paralizado.
    Dude un rato, no sabía si leer o retroceder el navegador.
    Han pasado tantos años y tantas cosas…
    Alejandro y yo nos conocimos en bachillerato; aunque el fue de una promoción diferente; como era un colegio muy pequeño (realmente un seminario), todos nos conocíamos.
    Pero lo que removió todo mi ser fue recordar esa trágica noche en la esquina de Candilito. Luego ver las noticias y las ignominiosas explicaciones gubernamentales…
    Sigue volando alto Alejandro.

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