El guitarrista no vino

«Oye, el guitarrista no vino así que, van a tener que soportar un solo de boca….afinación  kin-kin, kon-kon…«

Allí comenzaba la descarga de Andrés en el asiento trasero, mientras su mamá conducía, y nosotros (mi hermano Juan Carlos y yo) apluadiamos sonreídos camino al otrora estadio de béisbol de La Ciudadela en Caracas. Aquella cinta se repetía religiosamente cada vez que los muchachos tenían algún partido de la liga infantil. Andrés era el indomable catcher y mi hermano uno de los prospectos serpentineros de su categoría. 

Ya no era para nosotros un descubrimiento escuchar salsa en el innovador reproductor de cassette del carro de la señora Lucrecia. Lo interesante era cómo una producción de características tan particulares venía galopando en el gusto de los venezolanos y de Latinoamérica entera a finales de la década de los ’70.

El mundo de la discografía de ese entonces, no apostó a la ambiciosa y quizá «retadora» propuesta titulada Siembra, bajo la mente brillante de Willie Colón y en la interpretación el genial Rubén Blades, quien además compuso 6 de los 7 temas que integraron el álbum.  Eran letras y ritmos desafiantes y deslindados de lo que el acontecer salsero venía proponiendo. En él se incluía el icónico tema Pedro Navaja, cuyo estilo y duración causaron revuelo, porque implicaba exponer a un radioescucha a más siete minutos de algo que consideraron «poco comercial». El tiempo mostraría una realidad impactante que hasta el día de hoy se sostiene. Un clásico que transformó el género por sus letras de carácter social, el álbum más exitoso que Fania Records haya producido.

Hace unos pocos meses conocí a un hombre cuarentón, fanático del rock y otros géneros como el Pop o el Reggae, quien en medio de una conversación sobre música me dijo tajantemente «la salsa es una mierda». Para quien es melómana empedernida y amante por excelencia del género Salsa esto pudo ser hasta una ofensa, pero entiendo que a veces no se trata sólo de gustos, sino de desconocimiento real de las armonías, del origen, de su vasta trayectoria y del valor cultural que tiene la Salsa para gran parte de un continente. 

Blades -aunque ya de por si la Fania venía mezclando Son Cubano, Mambo, Guaguancó  con jazz y bomba/plena (provenientes de Puerto Rico) creando un son nuevo y urbano-, fue atrevido para su época, no sólo por lo que propuso a nivel de sonidos y ritmos, sino porque le otorgó un matiz diferente a las letras de sus canciones cargadas de poesía, crónicas y denuncias sociales. En esta ola se montaron otros artistas como Ricardo Ray y Bobby Cruz, quienes sedujeron con melodías cercanas a piezas clásicas como Sonido Bestial; Eddi Palmieri hizo lo suyo con la jazz/salsa dándonos a conocer piezas brutales como Azúcar o Vámonos pa’l Monte. Lo esencial era poner a bailar a la nocturnidad caraqueña, a los chicos del barro tal o cual, montar una rumba en la casa del primo Chucho, no exclusivamente para mover los pies, sino para fascinarse con todo lo que provenía de estos insurgentes musicales que parecían de otro mundo. 

Yo no tengo intención de convencer a nadie acerca del valor musical de la Salsa, pero cuando se le reconoce como un fenómeno cultural y comercial globalizado que sirvió como símbolo de identidad, resistencia y expresión para las comunidades latinas, especialmente en Nueva York, en las que se representaba la vida urbana, la migración y la celebración, e influyendo en la literatura y la danza, a punto de consolidarse como una de las expresiones más vibrantes y universales de Latinoamérica, que abarcan no sólo a Cuba y Puerto Rico, sino a Panamá, Colombia, Venezuela y hasta Perú, no es poca cosa. 

Un género en el que a veces los nombres propios pierden su esencia, porque se reconoce a los artistas o agrupaciones por la connotación que tienen: El Caballero de la Salsa (Gilberto Santarosa), La Reina (Celia Cruz), El Niño Bonito (Ismael Miranda), La Voz o el Cantante de los Cantantes (Héctor Lavoe), El Diablo (Oscar D’ León), El Poeta (Ruben Blades), El Sonero Mayor (Ismael Rivera), El Manos Duras (Ray Barreto), El Rey del Timbal (Tito Puentes), El Príncipe (Luis Enrique), y hasta un Canario (José Alberto). Tiene igualmente en su haber a un Judio Maravilloso (Larry Harlow), y a La Universidad de la Salsa, El Gran Combo de Puerto Rico. 

Ahora con 57 años de edad, con lo eclécticamente musical que soy, y gracias en gran medida a lo que se puede encontrar en Internet, vengo conociendo personajes,  agrupaciones, músicos, compositores, cantantes que han trascendido en el campo de la Salsa. Es una historia interminable.

A Andrés le perdí la pista en algún momento de la adolescencia, pero en el camino de la vida me crucé con gente apasionada por toda esa revolución musical que fue permeando a Caracas en locales como “El Mani es asi”; la casa de los primos en Casalta donde sólo necesitábamos una excusa para poner a girar esos vinilos por un lado y por el otro. Con mi hermano Juan Carlos sigo teniendo tertulias virtuales (ese vínculo imposible de zafar) y cuando alguno se topa con datos curiosos de esa biblioteca universal que es la Salsa -porque he visto a suizos, alemanes, franceses, dejarse seducir cuando suenan las congas, los timbales y las trompetas-, como el hallazgo de Marcolino Dimond, una historia perdida en las sombras de sus vicios, pero con un legado musical de lujo, reitero la maravilla que ha sido para el mundo musical el patrimonio de la Salsa.

Buscando Guayaba, la canción de Blades que impulsaba a tres chicos a vivir la complicidad de la infancia en un “solo de boca”, fue la misma melodía que muchos años después lograra romper con la quietud y el embeleso que me mantuvo cerca de dos horas en pie viendo a ese mi amor platónico cantar en un concierto en Valencia, ponerme la mano izquierda en el pecho y la otra a media asta para bailar  trancaito con los ojos cerrados. 

Algo tiene Buscando Guayaba, que al escucharla me hace revivir las risas en el asiento trasero de un carro a finales de los ’70 y eso me es suficiente incluso para entender que aun cuando el guitarrista no aparezca, siempre habrá una manera de encontrar la melodía perdida, siempre caminando, siempre andando… 

El Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *