
Cautiva por el verdor que la abunda, impresiona por el contraste entre la modernidad y la belleza medieval que aún persisten tras siglos de historia. Calles empedradas, casas con entramado de madera y puentes sobre el río Pegnitz que la baña de extremo a extremo, la engalanan. La Kaiserburg (Castillo Imperial) permanece como un guardián vigilante desde lo más alto. En medio del tránsito tenebroso de un tiempo sombrío del que poco se habla, pero que el asfalto, los muros, las miradas exudan por doquier, se erige Nuremberg, la otrora «ciudad tesoro» o «joya» de Alemania.
Si bien Nuremberg fue la cuna del pintor y grabador Alberto Durero y del compositor barroco Johann Pachelbel, y es considerada la segunda ciudad de mayor importancia de la región bávara, así como la de mayor relevancia histórica de Franconia, también vio nacer al ideólogo nazi, Alfred Rosenberg, y fue justamente en aquellos tiempos funestos, durante la Segunda Guerra Mundial, que Adolf Hitler la adoptó como su «ciudad predilecta» para las principales reuniones del Partido Nazi, entre otras acciones estratégicas.
«la funcionalidad y el modernismo rompe directamente con esa estética megalómana, entendido así como un rechazo a la ideología totalitaria»
Desde el primer contacto con la ciudad, se entiende que fuese escogida como símbolo y lugar para llevar a cabo reuniones lideradas por Hitler y los nazis. Allí, en una especie de anfiteatro tuvieron lugar los Congresos Anuales del Partido Nacional Socialista (los Reichsparteitag), que eran eventos masivos de propaganda. Esto se debió a que la veían como un paradigma de la grandeza alemana y querían apropiarse de su simbología medieval donde los emperadores celebraban su primera Dieta Imperial. Hoy, este recinto es el Centro de Documentación, que recoge en imágenes fotográficas, audios y videos, un vasto testimonio de esa etapa de la historia alemana para conocimiento del mundo, que como un tesoro preciado, viene pasando de generación en generación a fin de trascender en el tiempo y evitar una posible recurrencia del totalitarismo.
Nuremberg es limpia, organizada, asombrosamente planificada. Aparte de la preservación del legado histórico que el Holocausto dejó a su paso, se aprecia en algunas infraestructuras, en la enorme cantidad de parques naturales, la muralla medieval que bordea a buena parte del casco histórico y que acaba por abrazarse con el Castillo Imperial; en el valor que representa para la región garantizar a sus habitantes seguir contando con uno de los sistemas de comunicación y transporte de avanzada (trenes regionales y foráneos, autobuses, tranvías y tres líneas de subterráneo).

Oscilación
El pasado y el presente parecen tener una pugna constante que predomina al caminar por los lugares históricos como el Campo Zeppelín, el cual -después de haber sido escenario de la megalomanía nazi-, hoy ofrece un aire liberador, aunque al estar allí se puede percibir una energía poderosa de improbable descripción. Un imponente campo recreacional cercado por áreas verdes, como si la propia naturaleza reclamara lo que le pertenece, ocupa el lugar donde se enfilaban las tropas para ver y escuchar al líder desde aquella nefasta tribuna. De esta edificación es poco lo que el paso del tiempo ha dejado sobrevivir, como si de las hojas que se desprenden de las ramas de los árboles con la llegada del otoño se tratase; sin embargo, yace inerte y enigmática quizá guardando los oscuros secretos de una época que nadie pretende olvidar.
A un costado de este mismo territorio se erige el estadio de fútbol del equipo local.

Núremberg asombra, porque pese a sufrir en varias ocasiones contundentes y devastadores bombardeos entre 1940 y 1945 por parte de Los Aliados, logró -como prácticamente toda la nación germana-, renacer como el ave fénix. Por ello, impacta la mezcla del «Nuremberg medieval» reconstruido y las cicatrices dejadas por la guerra (o los grandes edificios nazis inconclusos).
El estilo funcional y moderno que se viene levantando junto a las ruinas nazis simboliza, la ruptura y superación frente a un contraste ideológico, dado que la arquitectura nazi se caracterizaba por su monumentalidad en la busqueda de la eternidad, de aquuello que Albert Speer denominó “la ley de las ruinas”, y su inspiración en la antiguedad clásica para proyectar poder y un “Reich milenario”. Mientras que la funcionalidad y el modernismo rompe directamente con esa estética megalómana, entendido así como un rechazo a la ideología totalitaria y una vuelta a los valores de pragmatismo, democracia y servicio social en lugar de la propaganda imperial.

Lo anterior, puede apreciarse claramente en el casco antiguo (El Altstadt), la verdadera «joya del Reich» que Hitler quería conservar, que fue prácticamente destruido con los bombardeos; no obstante, tras la guerra, se reconstruyó por completo, en un acto de la más pura resiliencia.
Telón tétrico
Fue en 1935, en esta ciudad, donde se redactaron y promulgaron las Leyes de Nuremberg, ese conjunto infame de estatutos raciales que formalizaron la exclusión y persecución de los judíos.
Nuremberg es limpia, organizada, asombrosamente planificada.
Debido a su profunda asociación con el nazismo, fue también el lugar elegido para los Juicios de Nuremberg después de la Segunda Guerra Mundial, donde se juzgó a los principales criminales de guerra nazis. El Palacio de Justicia (Gerichtsgebaude), remozado y preservado, mantiene con algunos cambios la sala donde se realizaron los juicios. Turistas y lugareños pueden tener acceso a este, así como a una galería fotográfica y documentos que ilustran genuinamente el proceso.
La honestidad y el legado
Un hito en la historia legal y mundial, por cuanto establecen el precedente para la justicia internacional moderna, fue la realización de los Juicios de Nuremberg, cuyo contexto y propósito consistió en que una serie de tribunales militares organizados por las potencias Aliadas (EE. UU., Gran Bretaña, la URSS y Francia) después de la Segunda Guerra Mundial, permitiera juzgar a los líderes supervivientes del régimen nazi por sus acciones durante la guerra y el Holocausto.

El juicio principal tuvo lugar entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946, en el Palacio de Justicia de la ciudad de la región bávara(que pasó de ser el centro de la propaganda nazi al lugar donde se intentó establecer la justicia internacional). Se eligió esta ciudad por razones logísticas (el palacio estaba intacto) y simbólicas (era la ciudad de los grandes desfiles del Partido Nazi).
El tribunal estableció cuatro cargos principales bajo los cuales se juzgó a los acusados. Esto fue revolucionario porque definió nuevos conceptos legales, es decir, la Conspiración (Planear y cometer los crímenes contra la paz, crímenes de guerra, y contra la humanidad).

Aunque hubo varios juicios posteriores, el «Juicio Principal» se centró en 24 de los más altos líderes nazis (aunque sólo 21 comparecieron finalmente). Adolf Hitler, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels no fueron juzgados, porque se suicidaron antes de ser capturados.
Ahora bien, los Juicios de Núremberg son fundamentales por tres razones principales: Responsabilidad Individual (estableció que «cumplir órdenes», o sea, la defensa de la obediencia debida) no exime de culpa cuando se cometen atrocidades; Derechos Humanos (primera vez que se aplicó el concepto de «Crímenes contra la humanidad» a nivel internacional), y por último, la Justicia Internacional, sentando las bases para la creación posterior de la Corte Penal Internacional (CPI) y los tribunales para crímenes en Ruanda y la ex Yugoslavia).
Evitar la Glorificación
En lugar de demoler o ignorar los lugares de la época nazi, muchos de ellos se han transformado en espacios de aprendizaje y advertencia. El objetivo no es glorificar el pasado, sino usarlo para educar sobre los peligros del totalitarismo; es reasignar el significado de la guerra a la cultura, la educación y a la vida civil.
Como si se tratase de ser honestos con los detalles, la forma en que se mantienen las ruinas de las estructuras monumentales (como el Kongresshalle o la tribuna de Zeppelin) subraya la magnitud de la ambición nazi y, a la vez, su fracaso.
La labor de mantener en la memoria colectiva la trascendencia de ese pasado se puede apreciar en cualquier lugar. En las entradas de algunos edificios están inscritos nombres de judíos que vivieron en ellos; como también otros aparecen en placas con extensas listas de los asesinados.Nuremberg no decepciona. Recorrerla es maravillarse en cualquier dirección que elijas, bien por la propia naturaleza que brinda encanto y frescor visual, como por todo lo que representa en sí misma en el cúmulo de la memoria que la sostiene. Una parada casi obligatoria para los amantes de la historia y de la belleza arquitectónica y natural.
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