LAS CAMPANAS DOBLAN POR ELLOS, POR NOSOTROS, POR TI

Zeudy Acosta

La más reciente tragedia ocurrida en Venezuela con el doble terremoto -y digo reciente porque sin hipérboles, el país lleva sumido en una gran debacle hace casi treinta años-, agrietó el suelo, fragmentó y derribó edificios completos y dejó bajo los escombros un número casi imposible de establecer de víctimas humanas y animales. Y a lo lejos resuena el doblar de campanas, como aquella estrofa del “Padre Antonio y su Monaguillo Andres”: “tierra va a tembla… ¿quién nos salva ahora?”. Y me resulta inevitable pensar en la historia de Robert Jordan, el protagonista de Hemingway, quien sabe de sobras que el panorama es oscuro, que el desencanto y la crueldad están por todos lados, y que las probabilidades de éxito son mínimas, y aún así, decide quedarse a defender el puente, porque entiende que hay causas que trascienden el beneficio individual.

«El suelo se nos abrió igualmente a quienes estamos a kilómetros de nuestra patria también, y justo en esa coordenada de cualquier parte del planeta Tierra, se nos hizo una grieta que no nos ha tragado por completo en sus fauces…»

La frase originalmente no le pertenece al escritor, sino al poeta metafísico inglés John Donne, quien sabiamente reflexionaba acerca de que «Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa (…). La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti«. Sin embargo, al traspolarlo a nuestro más reciente momento,  no es un tema aislado porque se trata de una figura que encaja con la resistencia civil y moral dentro y fuera del territorio venezolano. Representa a quienes a causa del desgaste, la desesperanza y la herida abierta del exilio o la crisis interna, se niegan a entregar la dignidad. Es la convicción de que, aunque las campanas hoy doblen con un tono trágico, el acto de mantenerse en pie, narrar la historia, rescatar no sólo a personas, sino a la propia memoria colectiva, y no ser indiferentes al dolor del compatriota es lo que evita que el país desaparezca del todo. 

Cada vez que un venezolano cae en la desesperanza, o que una historia de desarraigo se pierde en el olvido, las campanas están doblando por la identidad misma de la nación. No hace falta preguntar por quién suenan, lo hacen por el alma entera del país. Y lo podemos constatar desde hace años, pero ha cobrado especial protagonismo y fuerza desde el pasado 24 de junio. Se movieron más que placas tectónicas. El suelo se nos abrió igualmente a quienes estamos a kilómetros de nuestra patria también, y justo en esa coordenada de cualquier parte del planeta Tierra, se nos hizo una grieta que no nos ha tragado por completo en sus fauces, pero que nos ha herido en el pecho tras el silencio en la búsqueda; del grito de dolor que se quiebra o la alegría que emana ante el hallazgo; de los rostros que relatan la palabra terror, o los que dibujan la esperanza. Por ellos también, doblan las campanas.

«En Venezuela, ese doblar de campanas no siempre es físico; es un sonido sordo, cotidiano y constante».

En la novela de Hemingway el protagonista se enfrentó a una encrucijada  abismal que le hizo verse en medio de la pérdida de la inocencia, porque Jordan se enfrenta al desencanto ideológico y a la brutalidad de dos bandos; del amor contrarreloj, dada su intensa relación con María, una joven marcada por los traumas de la guerra, y del sentido del deber, cuando la aceptación del sacrificio personal en pos de una causa colectiva, le conecta directamente con que la lucha de España no era sólo de sus connacionales, era de toda la humanidad contra el fascismo. Al final, la obra nos deja esa eterna lección humanista, lo que le sucede al otro, nos sucede también a nosotros. Es como elevar la palabra Ubuntu, cuyo origen proviene de las lenguas zulú y xhosa del sur de África, entendida como una regla ética o concepto filosófico enfocado en la lealtad y las relaciones entre las personas, y aunque no tiene una traducción directa al español, su esencia se resume en estas frases «Yo soy porque nosotros somos» o «Humanidad hacia otros».

Bajo esta filosofía, se cree que una persona se define por su relación con la comunidad. Si todos en la comunidad están bien, tú estás bien; si alguien sufre, el grupo sufre. Grandes líderes como Nelson Mandela y Desmond Tutu la usaron para promover la reconciliación, la empatía y la generosidad.

«…aunque las campanas hoy doblen con un tono trágico, el acto de mantenerse en pie, narrar la historia, rescatar no sólo a personas, sino a la propia memoria colectiva, y no ser indiferentes al dolor del compatriota es lo que evita que el país desaparezca del todo». 

Ahora bien, en la tradición antigua, la campana sonaba para que la comunidad se detuviera y reconociera que alguien ya no estaba. En Venezuela, ese doblar de campanas no siempre es físico; es un sonido sordo, cotidiano y constante. Dobla por cada separación familiar en los aeropuertos y trochas; por el deterioro silencioso en los hospitales o por la palabra censurada; por ese un luto colectivo que se lleva por dentro, donde la sociedad se ve obligada a normalizar la pérdida, aunque el eco de los que faltan siga retumbando en cada mesa vacía. Hoy, doblan por un tema más hiriente, pernicioso; una grieta que tardará en hacer conjunción. 

La frase de Donne «nadie es una isla» cobra entonces un matiz lacerante en el contexto venezolano. A veces, para sobrevivir al colapso, el ser humano intenta refugiarse en su burbuja, en su propia «isla» de resistencia o desapego. Sin embargo, la realidad de un país en crisis siempre termina rompiendo el aislamiento. El sufrimiento del vecino, el destino de los que emigran buscando un futuro y el peso de la memoria histórica demuestran que el destino de un venezolano está indisolublemente ligado al de los demás. Nadie se salva solo de una tragedia histórica; la fractura de uno es la vulnerabilidad del resto, y lo vemos en quienes con sus manos, con la fuerza del desespero, a pulso de creatividad, de una infinita inventiva, movida por la compasión, solidaridad, empatía y un certero y profundo amor, hacen y siguen apostando no sólo a salvar vidas -con la connotación más amable y generosa que implica la palabra-, sino esperanzados en que Venezuela pueda replantearse una sociedad  donde la justicia reine, donde cada uno de sus habitantes pueda tener acceso a una vida digna, segura y de calidad, que sueña con que suenen las campanas, para celebrar nuestra libertad. 

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