Crisálida

Marcos extiende la mano. En ella empuña un símbolo de admiración, afecto y júbilo. En su boca se dibuja una enorme, pero temblorosa sonrisa que se drena hacia el rostro. Cogida del brazo izquierdo, su esposa Astrid lo mira perpleja y entusiasmada. Ambos están orgullosos. 

Desde la noche sombría y agitada de aquel 24 de octubre, hace 5 años, la mayor parte de la vida de Evelyn había quedado atrapada en una especie de limbo etéreo, corroído y vacuo. De las esclusas que se habían cerrado aparentemente para siempre en su cabeza, una de ellas comienza a abrirse, y así vuelve a sentarse al lado de Marcos. Azar, le llaman. 

Sudaba copiosamente y jadeaba con apremio. El asombro de aquel gesto dejó pálida e inmovil a Evelyn, era una aprehensiva sin reparos. Segundos antes, ese hombre, al volante de un auto moderno, casi la atropella. Se detiene de forma abrupta y sin chistar descifra la desesperación en el rostro aterrado de una chica que parecía rondar los 20, pero apenas tenía 14. 

Durante tres años y siete meses un proxeneta la ha tratado como una mercancía de lujo. La cuenta de los encuentros a los que ha acudido, a fuerza de sonrisas fingidas y lágrimas furtivas, la había marcado como una res y aquella mirada ingenua, bondadosa y apacible que le caracterizaban en su infancia se había esfumado. Canalla y cruel destino al que la arrojó su propia madre. La misma a quien la maestra de piano le había repetido tantas veces ”Ella es una niña prodigio”. En esa época en la que era prácticamente una crisálida envuelta en una protectora tela invisible de la que algún emergería, luego de una necesaria metamorfosis, como una esplendorosa mariposa, la vida tenía una luz, un prisma atrayente y deslumbrante. Y sin embargo, las reglas del juego cambiarían. 

Las mariposas que colgaban en medio del techo de su cuarto dejaron de brillar en las noches, tras cerrarse la puerta cada vez que su padrastro decidió visitarle. La convenció de que era una forma de demostrarle amor, y le hizo prometer guardar el secreto para que su madre le permitiera continuar en las clases de piano. Frente a aquel teclado, sumergida entre notas blancas y negras, el mundo se transformaba en un paraíso en el que anhelaba quedarse eternamente. 

Su madre, presa de las adicciones y víctima de un marido cada vez más violento, entró en una espiral de malas decisiones. Una tras otra. Del alcohol a las drogas más nefastas. A su marido, a quien conoció también en los suburbios, le sobrevino un plan tan funesto como la vida que ambos venían construyendo. Practicar el estupro con la indefensa niña había dejado de ser suficiente para él. 

A pocos días de su onceavo aniversario, sin oportunidad de empacar, fue vendida a una red de prostitución. 

Marcos fue para ella, años más tarde, una cita con el destino. Una tabla de salvación. 

Horas antes, el encuentro de esa noche de octubre con un hombre de mucho poder se dio tras lo acordado. Ya era habitual. Al menos una vez por semana. Evelyn cumplía todas sus fantasías y se había ganado su confianza, así que no había motivos para extremar vigilancia. Con la excusa de tomar una ducha caliente en la bañera, mientras que el extenuado viejo se recuperaba, consiguió salir a las carreras de aquel lugar envuelta en una toalla de baño. Evelyn corría como si el suelo se fuese abriendo en abismales grietas a su paso. Así han sido los últimos tiempos. De compradores, de vendedores, de sujetos que de forma individual o en grupos, sin distinción de género, se servían de aquel frágil y desesperanzado cuerpo. 

Tres manzanas había recorrido sin mirar atrás. Al momento de intentar cruzar una calle, tropieza con un auto que frena estrepitosamente junto a sus pies desnudos. 

Ese completo desconocido quien, sin mediar palabras, la había cogido del brazo con una fuerza brutal hasta obligarla a entrar en su carro, era Marcos. Los ojos de Evelyn estaban a punto de salirse de sus órbitas. No lograba distinguir entre el bien y el mal. Hacía demasiado tiempo que este último marcaba las pautas de su vida. Le costaba comprender que existían hombres con intenciones nobles. 

Marcos intenta, con gesto apacible, apoyar su mano en el hombro de ella, mientras le dice: 

– Todo va a estar bien. Salgamos de acá. 

En el camino, el silencio reprodujo una atmósfera necesaria hasta que finalmente Evelyn, luego de sentirse extrañamente a salvo, habló: 

– No puedo volver. No quiero volver. 

Las explicaciones y detalles fueron surgiendo con los días. Marcos y Astrid se encargaron de acompañarla en el proceso de las denuncias correspondientes. Extensas y agotadoras sesiones terapéuticas le sucedieron para combatir las temidas pesadillas. Lograron adoptarla y, finalmente, se mudaron de país, gracias a las investigaciones científicas que venía desarrollando Marcos por medio de su propia empresa. 

Evelyn quiso olvidarlo todo, menos la sensación de sus dedos con el piano. Retomó las clases y hoy se han encendido las luces del teatro, pero también las que por mucho tiempo estuvieron apagadas dentro de ella. Hoy ha sido su primer recital “Crisalida”. Así lo ha llamado, en honor a la transformación que ha experimentado. 

Con la mirada agradecida, extiende también su brazo para recibir de manos de Marcos, un ramillete de rosas azules que han comprado para ella. Enseguida les dice: 

Nunca les había dicho esto. En el cuarto que tenía cuando era niña, colgaban del techo unas mariposas del mismo color de estas rosas. Las mariposas son, en apariencia frágiles e indefensas pero, al mismo tiempo, impresionan con sus múltiples formas y colores. Son incorrectamente hermosas. Y tienen una enorme capacidad de adaptación a los cambios. Son resistentes a las adversidades, sobre todo cuando dejan atrás todo en búsqueda de nuevos destinos. Y además, aman la libertad y la libertad es la esencia de la vida. Gracias por devolverme a la vida”. 

ZAP, julio 2025 

El Autor

1 comentario en «Crisálida»

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