Sanare, enero 2018

Cinco divorcios y un viaje

Transcurría el año 2017 y se acrecentaba la violencia en el país, Venezuela había cambiado su dinámica de calles alegres, repletas de juventud, música y vida por violencia.  Una represión descontrolada marcaba el día a día de los ciudadanos.  

Los crímenes de lesa humanidad eran cotidianos, cada vez más brutales e injustos, convirtiéndolos en grandes titulares en las cadenas de noticias internacionales.  Pero, seguían siendo hechos impunes a los que ninguna corte de justicia dictó sentencia, careciendo de culpables y con solo víctimas, así que eran hechos noticiosos solo las primeras 24 o 48 horas.  

De esos hechos nadie habló después, dentro de la vorágine de impunidad siempre surgía algo peor que informar haciendo del crimen del día anterior una pequeñez.  Como si fuera poco, a esta catástrofe se le sumaban elementos como la escasez de productos de primera necesidad y de medicinas, dando lugar a la creación de voluntariados internacionales de ONG´s con ayudas para paliar el hambre y la miseria que abatía al grueso de la población.  

No se trataba de un país en conflicto bélico, pero se vivía como si una bomba hubiera atravesado el corazón de todos.  

Ya en 2014 habíamos tenido una crisis muy parecida, con muchas manifestaciones de calle sin resultado, que trajeron sentimientos encontrados en todos. Para una parte de la población la desesperanza los invadía y para otros, una coraza o capacidad de resiliencia los arropaba llevándolos a transformar el caos en esperanza.  Yo a ratos me situaba en un bando y a ratos del otro, con esa duda razonable de no saber hacia dónde tirar.

Quienes resistimos a varias de estas crisis existenciales teníamos siempre en mente un pensamiento, “esto acabará pronto» sin dejar de acariciar un plan alternativo en el caso de que todo fuera a peor.  

A mediados de julio de 2017 en Venezuela quedaban pocas empresas con pocas oportunidades para el crecimiento, se había borrado de un zarpazo la bonanza de un país con una joven democracia financiada hasta ese momento con petrodólares.  Ese joven país suramericano que fue rico y moderno, ahora era un montón de casas vacías, su gente estaba saliendo del país, por todos los medios posibles, por avión, en bus, e incluso andando, atravesando hasta 4 países a pie.

Era según los observadores internacionales la mayor migración vista en el mundo de un país en paz y todo ello por razones políticas o ideológicas. Muchos habían decidido migrar y dejar todo atrás para iniciar en otras latitudes, por otra parte, los habitantes que quedaban para ese entonces entre esos yo, vivíamos en un estado melancólico, en un “otoño permanente” viendo caer las hojas lejos del árbol de nuestras vidas, todo lentamente y sabiendo de que tal vez esas hojas nunca volverían a él. 

El Divorcio

“Tanto va el agua al cántaro hasta que se rompe”, hacíamos 20 años de unión, pero como en toda relación hay momentos buenos y otros que se consideran baches.  De los baches simplemente se sale o no y en nuestro caso la salida estaba señalizada en dos rumbos.

La carretera que habíamos transitado esas dos décadas no nos conducía a ningún lugar común.  Aunque me consideraba un vehículo todo terreno por la cantidad de baches y obstáculos que desde el principio había tenido que sortear a lo largo de la relación, ya no tenía sentido continuar, simplemente desperté una mañana con la clarividencia de que aparcaba el proyecto “llamado matrimonio” que nos unió y como dijo el abogado “por diferencias irreconciliables” llegaba la hora menguada. Todo final debe tener un nombre, un titulo y un argumento.

Las separaciones no son cosa fácil, los baches del divorcio tienen una carga emocional más pesada que el problema en sí, ya que, muchos factores influyen, están los hijos, la familia, los bienes en común, y tantas otras cosas que después de no estar de acuerdo para la vida en pareja, hay que llegar a un acuerdo en la disolución por paradójico que suene.

Bajarse del tren en una estación desconocida, es sin duda para valientes y más aún cuando en tu programación de vida no se contemplaban estaciones intermedias.

Por ello, considero que impartir o conducir desde temprana edad “inteligencia emocional” sería una gran ayuda a la humanidad.  Pienso que en el diseño curricular debería ser una cátedra para estudiar de forma obligatoria en primaria, tanto o igual como el saber leer y hacer operaciones matemáticas.  Luego en secundaria o en la universidad para prepararnos ante situaciones personales o laborales con el fin de ser más asertivos y menos tóxicos. Si esto fuese así, ante la vida tendríamos menos diagnósticos de ansiedad, depresión, bullying, y otras epidemias relacionadas con la psicología y las emociones.  Hay que tener en cuenta que “el cómo reaccionamos” a lo que nos sucede es la clave para la resolución de problemas o conflictos. 

Cuando decidí que mi vida merecía un cambio o cuando entendí que un solo árbol no es un bosque, tomé la primera de las decisiones más difíciles que he tenido que asumir antes de migrar.  Actuando y viendo por mi bienestar emocional solicite el primer divorcio de manera civilizada teniendo en cuenta que tendría muchas objeciones, negociaciones y contraofertas.  No fueron tiempos fáciles, recuerden que al mismo tiempo se libraba una batalla en la calle por la defensa de un país de la cual no era ajena.  Así que eran tiempos revueltos y mi propio corazón estaba en estado catatonico por todo lo que estaba ocurriendo.

Sin embargo, como en una subasta, la puja por la libertad para recuperar la vida en todo el amplio sentido de la palabra, fue el precio más alto que he pagado, la apuesta más grande que he hecho y de la que he salido no ilesa, pero si muy ligera de equipaje. 

Desde esa mañana de lucidez a mediados de 2017 en la que desperté de un prolongado sueño de infelicidad al día de hoy han transcurrido ocho años, con todas sus noches y sus días. Afirmo categóricamente que 20 años no son nada si estás solo, pero pueden ser muchos y muy pesados si estás mal acompañado. 

La capacidad de sobrevivencia y ese instinto de “renacer” o de dar un reinicio que tenemos los seres humanos a partir de situaciones difíciles es la herramienta emocional que debemos internalizar, explotar y fomentar en nosotros mismos para salir adelante, aunque se piense que es el fin del mundo, cada día es una nueva oportunidad para reconstruir. 

El Divorcio del hogar

Etimológicamente la palabra divorcio viene del latín divortium, y está compuesta por el prefijo di- o dis-, que se refiere a la separación o discrepancia, y la raíz del verbo verto, que significa “dar vuelta” o “girar”. La RAE por su parte habla de disolver o separar.

Una separación por su parte es la acción y efecto de separar o separarse. El alejamiento, apartamiento, distanciamiento, desunión, escisión, cisma, defección, segregación, secesión.

Yo llamo un divorcio a lo vivido con el hogar y no me refiero al “hogar físico” no se trata de la “separación de la casa dónde habitaba” me refiero a la disolución que por defecto se da en el hogar.  Ese vínculo afectivo entre todos los miembros que parte de la unión de dos personas como pilares de una familia.

Cuando te separas y se rompe el eje que soporta el hogar el ecosistema que lo sustenta sufre una mutación irremediable.

Quien diga que la familia no se divorcia directamente miente, o es un gurú que nació con un don para cerrar este tema de manera impecable.  Lo cierto es que no existe un manual de procesos y cuando la bomba estalla hay más de un daño colateral.

Como si fuera poco el tener que lidiar con acuerdos legales, en un país que sufría su propio divorcio de la legaliadad era todo un reto. Venezuela se separaba y se alejaba cada día más de la democracia.  En dicho escenario yo sufría una pérdida a gran escala de los cimientos hasta ahora conocidos.

El divorcio del trabajo  “status quo laboral” 

En la misma línea de tiempo experimentaba un tercer rompimiento, y es que en lo laboral las cosas ya no estaban saliendo tan bien.  Para un comercial lo importante es llegar a los objetivos, cubrir las metas y capitalizar nuevos clientes.

Cumplía diez años con la empresa de telecomunicaciones, donde gozaba de una excelente reputación como líder de ventas, en mi trayectoria no solo había vendido, había logrado lo más difícil que era crear una estructura armado equipos de trabajo, formando canales omnipresentes captando clientes de alta facturación y fidelizando la cartera que me había sido encomendada.

Las variables de estabilidad laboral empezaron a tambalearse, la empresa empezaba a tener cifras en rojo, porque en términos económicos “El EBITDA” y “EL ARPU” entraban en conflicto. Los indicadores financieros no daban cuenta a beneficio, entonces comenzó la cacería o decapitación del talento fracturando la estructura para reducir los costes operativos.  Sobreviví así por meses a la partida involuntaria de muchos compañeros con los que compartía más de 8 horas a diario.  El montón de escritorios vacíos era desolador, pero mi instinto del salmón de nadar contracorriente todavía estaba allí y daba para reinventarse todos los días.

Mi paso por la empresa lo veo como los diez mejores años de formación intensiva que he podido tener, en ella crecí y aprendí profesionalmente más que en la universidad.  Estaba rodeada de gente proactiva, profesional, responsable, alegre, dinámica, comprometida, optimista y con buen sentido del trabajo en equipo.

La merma del parque de empresas en lo que quedaba de país representaba una baja en los clientes potenciales, muchos echaron el cierre y se dieron de baja con la operadora, otros por su parte en su afán de sobrevivir recortaron gastos de nuestro servicio.  El segmento de negocios orientados a pymes o grandes empresas estaba desapareciendo, nuestro target natural de apagaba siendo la fuente de ingresos duros la compañía nos llevaba a una caída vertiginosa.

Había entonces que tomar otra decisión porque los días estaban contados y era la crónica de una muerte anunciada.

Fue entonces cuando se activó el protocolo del tercer divorcio, un poco más lento, pero también difícil de asumir, porque se trataba de un divorcio estando aún enamorada de lo que hacía.

Derivada de esta nueva decisión una nueva encrucijada se abría ante mis ojos, tener que decidir qué norte tomar.  Y empezaba a tener todo otro sentido.  

El divorcio del País

El puzle y las piezas estaban ya sobre la mesa. No era cuestión de moda o de aventura, ¡era ya una necesidad! salvaguardar la integridad y el futuro. 

Ocho inviernos estacionales han pasado ya, desde que había tomado la decisión más difícil, partir dejando atrás todo lo conocido, lo vivido, lo capitalizado y los proyectos de vida trazados.   Esos que ya no podían realizarse por culpa de una peste desoladora que sólo dejaba “casas muertas” como las del pueblo de Ortiz en la novela de Otero Silva. 

Se había normalizado entonces, en medio del caos del país la inflación y la escasez. Los habitantes de Venezuela se iban, era irremediable el salir huyendo y dejarlo todo.  Las despedidas se hicieron más frecuentes, partieron familias completas, a veces solo hijos, otras veces solo padres. Vi cómo las familias se desmembraban, cada uno a un destino diferente, eran días entre terminales de bus o aeropuertos.  Comenzaba en el segundo semestre de 2017 la segunda ola de la mayor diáspora de un país en Sur América.  

No se trataba de una guerra, pero los muertos se contaban a centenares por escasez de medicinas, servicios públicos y alimentos.

Decidí entonces salir del país, y activé el cuarto divorcio.  Ahora la historia se contaba al revés, la tierra de puertas abiertas que recibió a muchos migrantes que huyeron de Europa, se quedaba vacía y solo veía el exilio como salida en su futuro.

Me embarqué con mis dos hijos rumbo a España, ya otros familiares más visionarios habían allanado el terreno y tenían años viviendo en Europa.

Al despegar veía desde la ventanilla del avión como el mar caribe y su azul turquesa se unía con el cielo en el horizonte.  Mis ojos se hicieron aguas de limón con sal, estaba yo dejando a mi terruño, a mi país, en un divorcio que no quería pero que era necesario.

Yo solo tenía seguro algo: los otros tres divorcios me habían dejado sin fuerzas, pero tenía que volver a empezar y no podía rendirme ahora que todo empezaba de cero.

Llegamos a Madrid una mañana fría de febrero, 5 grados de temperatura marcaba la terminal aérea, recogimos los 23 kilos de vida que pudimos empacar y tomamos el tren.  La gente en el vagón conversaba, yo solo miraba por la ventana con la incertidumbre de cómo sería mi nuevo entorno.

El Divorcio de lo conocido

¡Loro viejo no aprende a hablar! A los cuarenta y tantos años te tienes que replantear y cuestionar todo bajo el nuevo contexto.  Y es que es sencillo, lo que es válido en América tal vez no lo sea para Europa.  

Aunque descendientes de españoles cada país tiene su propia idiosincrasia, en el proceso de adaptación e integración tienes que separarte o divorciarte de hábitos, palabras y costumbres.

Vi como no controlaba el idioma a pesar de que hablaba español, con un par de carreras universitarias en el haber, no controlaba algunos términos cotidianos y ajenos a mi léxico. 

En la metamorfosis migratoria la expresión oral era uno de los retos y tocó deshacerse de palabras conocidas, renunciar a los “venezolanismos” propios del coloquio criollo y divorciarse también de la ropa tropical que aquí poco valía en la época que aterrice.

Los cambios de hábitos no tardaron en llegar, comenzaba así el desprendimiento y el corte de raíz de todo lo que había capitalizado en la vida.

De las competencias profesionales ni hablar, había que homologar no solo lo aprendido en aula sino todo lo que me acompañaba como sabiduría de vida.

El Viaje…

¡De ser un Araguaney a ser un Olivo!  Como todo proceso de siembra las raíces son las que fijan al árbol en el trasplante en nuevo suelo, pero al mismo tiempo son las raíces las más afectadas en el proceso. Este viaje de resistencia, persistencia e insistencia por lograr un mejor lugar para vivir ha tenido grandes recompensas, de mis divorcios aprendí mucho sin lugar a duda.  El desprendimiento a lo material, la humildad de los nuevos comienzos y el resurgir de las cenizas.

Todo aquel que haya pasado por alguno de mis divorcios sabe de lo que hablo, son pérdidas, pero al mismo tiempo son lecciones que te hacen cada día mejor.  Una cura de humildad que ni en un convento tibetano habría recibido. La transformación del ser humano partiendo desde la ruina o un sentido de vacío que unido a la estimación de los hechos como fracaso hace que cuestiones tus herramientas y cómo procesas o gestionas el caos.

El viaje ha sido movido, toda una montaña rusa de acontecimientos y pensar que los denominados baches del principio de mi relato ahora los veo como palancas activadoras de progreso, decisión y disrupción que me trajeron a España han sido determinantes.  Sin ellos, no habría avanzado, esos escollos provocaron en mí un cambio interior un despertar y un reto que me llevaron a la autodeterminación de hacer borrón y cuenta nueva, porque todo final trae consigo un nuevo comienzo y yo no quería quedarme en las “casas muertas”.  Sin lugar a duda bien valía la pena intentar ser parte de este otro mundo más prometedor. Mis “circunstancias” como las de muchos que dejan todo atrás de un sueño o una decisión en pro de los nuevos comienzos han sido el motor de cambio.

Ahora mismo, después de tanto y de todo me siento aliviada, me he reencontrado y he renacido, la reconstrucción después del viaje ha sido diaria.  En el camino he soltado aprendizaje o costumbres y cogido otras que me sirven de herramientas para el día a día. 

También después de ocho inviernos, veranos, primaveras y otoños he conseguido personas que son mi nuevo entorno, familia y cuál viaje en tren están a mi lado en el mismo vagón para el nuevo destino que se construye.

El Autor

Cinco divorcios y un viaje comentarios en «3»

  1. Seguramente muchos, como tú, han vividos esos cinco divorcios. Un poco menos, también, como a mi. En todo caso, creo que no importa el tiempo que transcurra, separarse de tanto, probablemente nunca sana. Se aprende a vivir con ello…abrazo grande y sentido para ti.

  2. Seguramente muchos, como tú, han vividos esos cinco divorcios. Un poco menos, también, como a mi. En todo caso, creo que no importa el tiempo que transcurra, separarse de tanto, probablemente nunca sana. Se aprende a vivir con ello…abrazo grande y sentido para ti.

  3. Cerrar tantas puertas para volver a nuevos rumbos es una decisión de valientes, plasmarlas en blanco y negro y lanzarlas al mundo solo lo hacen los verdaderos guerreros.

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