El sentido social frente a la épica política
En tiempos de polarización, hay palabras que se desgastan y otras que se usan como arma arrojadiza. “Populismo” es una de ellas. Se lanza con ligereza contra cualquiera que defienda la sanidad pública, la educación accesible o la vivienda digna, como si aspirar a derechos universales fuese un exceso ideológico y no un pilar básico de cualquier democracia moderna.
A lo largo de la vida trabajamos y nos formamos para mejorar la calidad de vida, es una espiral que gira, según las necesidades que se vayan creando en torno a la propia existencia.
Maslow y los derechos universales como base de la pirámide humana

Si miramos la vida desde la pirámide de Maslow, entendemos que los derechos universales no son lujos ideológicos, sino necesidades humanas fundamentales. En la base están la salud, la alimentación, el descanso: exactamente lo que garantiza una sanidad pública accesible. Un escalón más arriba aparece la seguridad, que incluye la estabilidad de un hogar y la tranquilidad de saber que no se caerá en la exclusión por una enfermedad o por el precio del alquiler. Luego vienen la pertenencia y la estima, que se construyen cuando una sociedad permite que sus ciudadanos estudien, trabajen y participen sin barreras económicas. Y en la cúspide, la autorrealización, imposible para quien vive atrapado en la supervivencia. Por eso defender la educación, la vivienda y la salud no es populismo: es asegurar que todas las personas puedan ascender esa pirámide y desplegar su vida con dignidad.
Pero detrás de esa confusión hay algo más profundo: la incapacidad política o la falta de voluntad, podemos llamarlo también “desgobierno” definiéndolo como el periodo de tiempo en el poder invertido mirando al oponente con el rabillo del ojo, por estar en eterna campaña para la captación de votos y así asegurarse la perpetuación en el poder.
De todo ello hay que distinguir entre sentido social, ideología política y la ideología poética que ciertos líderes, como la de Hugo Chávez, que instalaron en el imaginario latinoamericano y de la que hoy en día no se escapa en Europa.
El sentido social: una ética anterior a la política
Antes de que existan partidos, programas o discursos, existe algo elemental: la conciencia de que vivimos juntos. El sentido social no es una doctrina, sino una sensibilidad. Es la certeza de que nadie debería quedar fuera de lo esencial: salud, educación, vivienda, seguridad, dignidad.
No pertenece a la izquierda ni a la derecha. No es patrimonio de ninguna bandera. Es un mínimo ético que sostiene la convivencia.
Sin embargo, en el debate público actual, defender estos derechos se ha convertido en una sospecha. Como si pedir que un niño pueda ir al médico sin arruinar a su familia fuese una declaración ideológica extrema. Como si reclamar que un joven pueda estudiar sin hipotecar su futuro o el de sus padres fuese una amenaza al orden económico.
La paradoja es evidente: la empatía se ha politizado, se ha teñido de un color especifico secuestrando las necesidades de los ciudadanos como “speech” o discurso para enganchar votos, que también le ha dejado huérfano, pero no para elevar la política, sino para deslegitimar la solidaridad.
La pregunta es ¿legislamos en función de las necesidades de los ciudadanos o de los intereses partidistas?
Hay mucha hipocresía en el camino, lideres que enarbolan banderas de “inclusión”, o “justicia social” que no hacen nada por sus electores y mucho menos por sus contrarios.
Las ideologías y sus brechas: cuando el desacuerdo se convierte en trincheras
Las ideologías políticas son marcos de interpretación. No son identidades morales, aunque a veces se usen como tales. La derecha liberal prioriza la libertad individual; la izquierda socialdemócrata, la igualdad de oportunidades; los movimientos populistas, según diversos análisis, tienden a simplificar la realidad en un relato emocional de “pueblo” contra “élites”.
El sólo uso de la palabra pueblo, ya en si es peyorativo, hace unos años me enfrasque en una discusión de definiciones con un profesor de la universidad y para mí el uso de la palabra “pueblo” degrada y baja de nivel al elector, al ciudadano, al contribuyente y al jefe del presidente que somos todos como país.
Sin embargo, las brechas entre estas visiones no son un problema en sí mismas. Así que cuando escucho discursos que hablan del pueblo español, me traslado al pasado en Venezuela y entiendo que como las enfermedades, los discursos también viajan y se contagian por su impacto en las sociedades.
La democracia vive del desacuerdo de eso no me cabe la menor duda. El problema surge cuando esas brechas se convierten en trincheras o en sectas “por colores” y cualquier propuesta social se interpreta como un ataque ideológico.
En ese clima, pedir justicia social se vuelve sospechoso. Y ahí es donde aparece la confusión: no es populismo querer que la vida sea menos injusta. Es un derecho, social que nuestros impuestos pagan y que los gobernantes de turno están en la obligación moral, ética y social de administrar.
La ideología poética de Chávez: cuando la política se convierte en épica
En América Latina, el caso de Hugo Chávez dejó una huella particular. Para los que estudiamos marketing, publicidad, comunicación y desarrollo social es fenómeno digno de estudio.
Su proyecto político no solo se construyó desde el poder, sino desde el relato. Chávez no hablaba: narraba. No proponía: evocaba. No gobernaba: interpretaba un papel.
Diversos estudios han descrito su discurso como una ideología poética, una mezcla de bolivarianismo, épica militar, misticismo popular y un lenguaje emocional que convertía al “pueblo” en protagonista de una historia heroica. Era política, sí, pero también era teatro, mito y metáfora.
Ese estilo generó adhesiones profundas, pero también dependencias simbólicas. El líder como padre, como guía, como voz del pueblo. La justicia social convertida en epopeya. La pobreza transformada en escenario de lucha.
Y aquí está la clave: el problema no era querer igualdad, sino envolver esa igualdad en un relato personalista que sustituía instituciones por emociones.
Estrategias de comunicación: paralelismos que saltan a la vista.

En el debate público contemporáneo, algunos analistas han trazado paralelismos entre la estrategia comunicativa de Hugo Chávez y la de Pedro Sánchez, no en sus proyectos políticos porque pertenecen a contextos, ideologías y realidades institucionales muy diferentes, sin embargo, en el uso del relato, la gestión de la imagen y la relación con los medios, cualquiera que haya vivido del otro lado del charco conoce la historia como va.
1. El relato como herramienta política
Estudios sobre el chavismo describen que Hugo Chávez construyó una narrativa épica, donde el líder se presentaba como intérprete del pueblo y protagonista de una historia de redención. Su discurso mezclaba metáforas, símbolos patrios y un tono emocional que convertía la política en un relato casi literario.
En el caso de Pedro Sánchez, diversos medios y analistas han señalado que su comunicación también se apoya en la construcción de un relato identitario, especialmente en momentos de crisis. Se ha destacado su uso de conceptos como “resistencia”, “progreso” o “mayoría social”, que buscan enmarcar su liderazgo dentro de una narrativa coherente y emocional, aunque sin la épica personalista que caracterizó al chavismo.
Su posicionamiento frente a los socios de Europa y el mundo “no a la guerra” es un protagonismo afanado y nada casual y eso es una variable para evaluar con pinzas.
2. La relación con los medios: control, tensión y estrategia
El chavismo desarrolló una estrategia mediática basada en la centralidad del líder, con intervenciones largas, frecuentes y altamente personalizadas. Chávez utilizaba los medios como escenario y como herramienta de pedagogía política, pero también como espacio de confrontación.
En España, algunos observadores han señalado que Pedro Sánchez ha impulsado una comunicación más centralizada y estratégica, con un uso intensivo de comparecencias institucionales, entrevistas seleccionadas y presencia digital. No se trata del modelo de comunicación directa y continua que caracterizó a Chávez, pero sí de una tendencia a gestionar cuidadosamente los tiempos, los formatos y los mensajes, algo que varios gobiernos contemporáneos también practican.
Recordemos que, y citando al diario La Razón de agosto de 2025 “Pedro Sánchez cuenta con 606 asesores trabajando directamente para él. De estos, un subgrupo de 477 personas se clasifica específicamente como personal eventual”. Sabrá que decir y cuando decir.
3. La construcción del “nosotros”
En el discurso de Chávez, el “pueblo” era un sujeto épico, homogéneo y moralmente superior. Esta construcción simbólica fue clave en su ideología poética.
En el caso de Pedro Sánchez, distintos analistas han observado que su comunicación también recurre a la idea de un “nosotros”, aunque en un sentido más institucional y menos emocional: la “mayoría social”, “la ciudadanía progresista”, “los trabajadores”. No es un “pueblo” heroico, sino un colectivo político que se define por valores compartidos.
4. Diferencias de contexto que lo cambian todo
No olvidemos que ante cualquier comparación se debe tener en cuenta que:
• Chávez operaba en un sistema presidencialista, con control creciente sobre instituciones y medios.
• Sánchez gobierna en una democracia parlamentaria consolidada, con contrapesos, prensa plural y límites institucionales estrictos.
Pero las instituciones, la justicia, los medios, las empresas de valor deberán mantenerse al margen por pura salud de la vida democrática y alejada de la corrupción que carcome los proyectos políticos de todos los bandos.
Derechos y deberes ciudadanos
Para finalizar en muchos países, cualquier defensa de lo público se asocia automáticamente con ese tipo de épica que como dije no es exclusivo de derechas o de izquierdas.
Exigir derechos no es el equivalente a construir un culto político. Como si la justicia social solo pudiera existir dentro de un relato populista.
Si yo soy una ciudadana que trabaja, paga sus impuestos, aporto con mi trabajo a la construcción económica del país, a parte contribuyo a la seguridad social, invierto en mi educación y en la de mis hijos, tendré deberes ciudadanos y derechos sociales.
• La sanidad pública no es populismo: es salud y debe ser digna, con médicos y personal sanitario bien pagado, infraestructura adecuada y aparatología de punta.
• La educación pública no es populismo: es futuro, es la hucha de un país, es crecimiento, es elevar el aporte humano a la sociedad laboral.
• La vivienda digna no es populismo: es estabilidad, es tranquilidad, es familia como núcleo fundamental de la sociedad.
Populismo es otra cosa: es convertir la política en espectáculo, la ciudadanía en audiencia o el “simplemente pueblo” y la justicia en un símbolo vacío.
Recuperar el sentido social sin caer en la épica
La tarea pendiente es separar la empatía de la propaganda, la justicia de la épica, los derechos de los relatos personalistas. Latinoamérica y Europa no necesitan más poetas del poder. Ni fachas, ni progres. Necesita instituciones fuertes, políticas públicas sostenibles y ciudadanos que no tengan que disfrazar su humanidad de ideología o colores para que sea escuchada.
Porque desear que todos tengan acceso a lo esencial no es populismo.
Es simplemente civilización.
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Excelente como siempre… Me encanta leer información de calidad y certera… Gracias por compartirlo con tus seguidores…
Gracias a ti Ivy por tu lectura