
Zeudy Acosta
Por ley natural de vida, es comprensible que con el tiempo, en los retratos familiares el número crezca porque se multiplica la especie, pero también se aceptan las restas por quienes indefectiblemente dejan este plano. No obstante, cuando la prevalencia de la disminución deriva de desapariciones forzosas, muertes por tortura, o porque simplemente las distancias migratorias se imponen, el retrato se complejiza, adquiere otro matiz.
Hace tiempo, mucho tiempo, quizá demasiado y en lo personal suficiente, que en los retratos de familia de los venezolanos las ausencias se imponen con dolor profundo. Parece que el método ha hecho efecto y nos fuimos habituando, así sin más. La Táctica del Salchichón (Salami Tactics) es con exactitud el mecanismo perverso que han usado el chavismo y el madurismo para atornillarse en el poder y normalizar la barbarie.
Este término, acuñado originalmente por el dictador húngaro Mátyás Rákosi en los años 40, describe cómo el comunismo fue eliminando a la oposición no de forma tajante, sino rebanada a rebanada, con un mecanismo tan gradual que la sociedad no reaccionaba a tiempo porque cada corte parecía «pequeño» o tolerable. Y aunque nos socave la conciencia, en el caso de Venezuela, esta táctica encaja de manera perfecta por el horror dosificado que han implementado por casi tres décadas. El régimen no cerró todos los medios el primer día, ni metió presos a todos los periodistas a la vez, ni cometió todas las desapariciones juntas. Lo hicieron rebanada a rebanada. Un día cerraron un canal (RCTV), y al otro unas emisoras; un día asfixian una manifestación, a los dos siguientes aprueban una ley represiva que repotencia al odio en primera persona; un día detienen a un dirigente, mañana persiguen a un técnico, a un estudiante, a quien consideren “amenaza”.
Si hubieran metido todo ese monstruo de golpe en 1999, quizá el país se habría levantado en masa; sin embargo, lo dosificaron tan bien que, cuando medio espabilamos, ya se habían comido al país entero. En el «espacio pequeño», ese donde podría habitar la capacidad del ciudadano de soportar el dolor, se acabó aceptando el horror como parte del paisaje cotidiano.
En el intento de vender la última rebanada del salchichón, el cinismo del psiquiatra perverso llega a su cumbre con el «supéralo, perdónanos y vente». Es decirle a los millones de venezolanos en el exilio: «Miren hacia atrás, lo que pasó fueron pequeñas rebanadas del pasado, fricciones políticas, cosas que ya pasaron. Olviden el proceso. Olviden que nos comimos la democracia pedazo a pedazo”. Es la exigencia de aceptar el resultado final del descuartizamiento institucional como un hecho consumado y normal.
«El régimen no cerró todos los medios el primer día, ni metió presos a todos los periodistas a la vez, ni cometió todas las desapariciones juntas. Lo hicieron rebanada a rebanada».
Las cifras de las que se habla (maquilladas o inciertas) han ido dibujando la columna vertebral de un macabro plan muy bien diseñado; de eso que no nos quede dudas. La de privados de libertad imputados con delitos que no existían. Sin embargo, hay unas de las que nadie habla, de los que desaparecen, y cuyas familias no denuncian porque es como pedirle al cancerbero que te dé las llaves de la celda. Si vamos un poco más lejos, tenemos también las víctimas que no son tan visibles. Los familiares de los detenidos. No hablo de las madres en exclusiva; están las parejas, los hijos, quienes muchas veces llevan las cruces en silencio. El hostigamiento de hijos o familiares para poder dar con sus progenitores. Un terror total, difícil de tragar.
La realidad compleja y densa del dolor que mi país enfrenta es tan brutal que cada rincón esconde una tragedia con nombre propio, y cruzarlas es el riesgo constante de quien intenta abarcar tanto pánico. Víctor Ugas, Ramón Centeno, son nombres que vienen a mi mente por la cercanía, porque los tuve en mis aulas de clase, y eso cambia por completo la perspectiva de lo que escribo, de lo que siento. Esto va más allá del periodismo de datos o análisis político a la distancia; es un asunto profundamente personal. Es acerca de quienes fueron alumnos y ahora son mis colegas, sobre las madres de ellos, sobre rostros con los que compartí un espacio de aprendizaje y de futuro ese que ahora es tan incierto.
Cuando la dictadura toca a tu propia gente, la frase de Jorge Rodríguez, «supéralo, perdónanos y vente», deja de ser una torpeza política para convertirse en un insulto directo a tu historia y a tu profesión. Y esto pudo quizá tocarme mucho más directo al corazón de no ser porque recogí a tiempo a mi ganado en 2014, es decir, a mi propio hijo de 16 años quien protagonizó fuertes protestas en Maracay. Una amenaza anónima en su contra me bastó para terminar de embarcarnos en el avión camino al exilio.
Hoy, impregnada de dolor profundo como madre, de una impotencia asfixiante como mujer y de un deber como venezolana, pero además como periodista, me han activado la pluma los casos de Víctor Quero y Hugo Marino, pues son, quizás, de los testimonios más desgarradores y cínicos de la represión en Venezuela, al encarnar el horror de la desaparición forzada en una nación que se exhibe como democrática ante el mundo, aunque sabemos de sobra que es un régimen totalitario y, por encima de ello, cruel, nefasto y malvado. Casos particularmente repugnantes dado que se tratan de arrestos arbitrarios -como la mayoría-, secundados por el borrado absoluto de un ser humano, sentenciado por “saber cositas”.

Y trasciende porque lo que viene ocurriendo con las desapariciones de Víctor Quero y Hugo Marino es deleznable. Es complejo describirlo, complejo definirlo, explicarlo, en especial entenderlo. El primero estuvo 16 meses en el limbo, hasta que se le ha notificado a su madre, Carmen Navas, de su deceso; poco tardó la señora en irse de este plano a reunirse con su hijo, fulminada por la pena insoportable del despojo. En el segundo caso, el de Hugo Marino, su madre Beatriz de Marino continúa desde el exterior reclamando a su hijo, quien sigue desaparecido en ese vacío absoluto.
El hecho de que un ciudadano muera en una celda y el Estado no notifique a sus deudos, sino que «archive» el cuerpo en el anonimato, es una violación flagrante de los protocolos internacionales, como el de Minnesota, por ejemplo. Pero esta es una práctica cotidiana dentro de la opacidad administrativa que precede a la tiranía. El fenómeno en Venezuela es cíclico, lo que la ONG Foro Penal denomina el «Efecto Puerta Giratoria»; es decir, el régimen libera a unos para bajar la presión internacional, mientras detiene a otros nuevos. Pretenden lavarse la cara, pero tienen tan sucio el cuero.
Desde 2014, se han registrado más de 15,800 detenciones por motivos políticos. A día de hoy, la cifra de personas que permanecen tras las rejas oscila entre 500 y 800, dependiendo de los procesos de amnistía o nuevas olas de represión (como la ocurrida tras el ciclo electoral de 2024), y de los casos que permanecen en una línea de tiempo desconocida, pero que son reales.
«…testimonios más desgarradores y cínicos de la represión en Venezuela, al encarnar el horror de la desaparición forzada en una nación que se exhibe como democrática ante el mundo, aunque sabemos de sobra que es un régimen totalitario y, por encima de ello, cruel, nefasto y malvado».
Bajo custodia se han documentado al menos 22 casos de presos políticos que murieron en manos del régimen, sin mencionar los “suicidados”. Las causas principales son la falta de atención médica deliberada y torturas. A lo que se añaden casos de excarcelados que han mostrado claras y evidentes secuelas provenientes del maltrato físico y psicológico al que fueron sometidos. Además, aunque miles han pasado por las cárceles y han sido «excarcelados», la mayoría sale bajo medidas cautelares (prohibición de salida del país, régimen de presentación), lo que significa que no son totalmente libres, sino «rehenes con permiso de pernocta en casa».
Como si no les bastara con aprehender a las personas, las someten a torturas -porque en eso se han convertido las cárceles en Venezuela, en centros de los más crueles actos de violencia física y psicológica-, bajo el periodo de Maduro, se usaron cárceles comunes, pero lo que es peor es que se transformaron infraestructuras civiles y militares en centros de tortura sistemática.El Helicoide (SEBIN), originalmente un centro comercial, hoy es el símbolo más grande de la represión; La Tumba (Plaza Venezuela), un sótano a cinco pisos bajo tierra en la sede del SEBIN, diseñado para el aislamiento blanco y la tortura psicológica; y Boleíta (DGCIM), la sede de la Inteligencia Militar en Caracas, señalada por la ONU como uno de los principales centros donde se practican torturas físicas brutales. Así como cárceles de Máxima Seguridad (Yare, Ramo Verde, El Rodeo), que si bien existían antes, han sido adaptadas con pabellones específicos para prisioneros políticos bajo condiciones de hacinamiento extremo.
En este ecosistema del silencio, muchos periodistas han sido imputados bajo la ambigua «Ley contra el Odio» o por delitos de «terrorismo» e «incitación a la violencia». Instituciones como el SNTP (Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa) y Espacio Público reportan que la censura ha mutado de cerrar medios físicos a bloquear portales digitales y detener a quienes graban protestas en la calle. Todo para que el retrato borrado no se pueda ver.
Como les encanta inventarse leyes, ministerios, cargos y organismos para enaltecer su legado, capaces son de que ahora, en vez de “Patria, Socialismo y Muerte”, y en este afán de lavarse la cara frente a la comunidad internacional y en el propio suelo venezolano (donde seguramente habrá quienes le compran el discurso), crearán un movimiento institucional: “SUPEVEN”, “Supéralo, perdónanos y vente”.
Pero la respuesta de nuestra memoria colectiva es implacable: los retratos de nuestras familias están incompletos, y a las madres muertas de dolor y a los hijos que no volvieron no se les puede pedir amnesia. No hay rebanada final que borre el desmembramiento de nuestra historia.
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