Un pequeño homenaje a la mujer eterna
Tímidos rayos de sol calentaban temprano el día en Ocumare del Tuy, enclave de los valles que baña el Río Tuy. Como cada mañana, por la casa se oían los pasos lentos de Justina, la abuela paterna, la matrona sobreviviente del estipe Parra Ladera. Como era su costumbre se preparaba para acicalarse antes de comenzar la faena diaria.
Era fácil imaginar sus siguientes movimientos de su rutina diaria: Buscaría su peine, la brillantina, horquillas y sus peinetas. Luego, Justina, recién bañada, vestida y perfumada con su colonia Jean Marie Farina, arrimaría la silla de mimbre para sentarse bajo la mata de mango del patio de la casa de su hija Manuela, con la compañía de dos loros habladores, el perro adormilado, el travieso gato y la escurridiza crucita, una coneja blanca. Mientras que en la cocina ya el agua hirviendo mezclada con café comenzaba a derramar ese olor característico del hogar en movimiento.
Allí, sentada con mucha parsimonia desenredaría su larga y rizada cabellera, donde ya el negro se mezclaba con muchas hebras blancas, dándole a la cabeza un brillo matizado de grises; 68 años de penurias, tristezas y despedidas venían dejando huellas en su humanidad.
En la abuela, una morena alta y robusta, se integraba un enigmático contraste de fragilidad y fuerza indoblegable. El color de sus ojos grandes recordaba los cultivos de café de la tierra donde nació. Ojos expresivos, húmedos. Esa humedad que hablaba de lágrimas domadas para disimular dolores, temores, luchas, ausencias y desencantos. Su brillo escondía sufrimientos y llantos contenidos. Lo “normal” en las mujeres de origen humilde en la convulsionada Venezuela de principio y mediados del siglo XX.
Aunque aún mostraba una pudorosa coquetería, el espejo no era necesario; los bríos de la juventud habían quedado atrás y la belleza que conservaba se derramaba en ese rostro noble, en su sonrisa tierna y en su cadencioso andar.
A Justina, ese ritual en soledad de cada mañana le permitía dar una mirada introspectiva para hurgar en el pasado. No se cansaba de buscar respuestas, ya imposibles de obtener, mientras dividía su cabello en dos, lo untaba de brillantina y tejía con meticulosidad dos largas clinejas, para luego sujetarlas en su coronilla con sendas peinetas de carey. Eran éstas como unas guardianas de tantas vivencias y recuerdos acumulados en su mente. La abuela tejía una clineja, y soltaba un suspiro… con la otra clineja, escapaba indiscretamente una lágrima…
Otras veces, canturreaba aquellas estrofas de su canción preferida: “por la blanca arena que lame el mar, su pequeña huella no vuelve más…te vas Alfonsina con tu soledad ¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Su nieta, Norka
El Autor
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Quien no vive para servir, no sirve para vivir
Hermoso relato. Vi a esa hermosa dama a través de tus letras.
Gracias, Verónica.
Me encanto desde la primera vez que la leí en nuestro curso!
¡Que preciosidad de Texto, Norka! Una Belleza.
Gracias Rosanela