Un periodismo que se pasea entre veracidad y espectacularidad

Desde la aparición del periodismo digital, los atributos noticiosos y el respeto a las audiencias vienen dejando de ser una premisa, para progresivamente parecerse más a un festín pueblerino, es desconocer una realidad cada vez más penosa

Que no suenen mis palabras como sentencia, que no resulten un tratado cómplice con pretensiones emancipadoras. Sin embargo, negar que desde la aparición del periodismo digital, los atributos noticiosos y el respeto a las audiencias vienen dejando de ser una premisa, para progresivamente parecerse más a un festín pueblerino, es desconocer una realidad cada vez más penosa. Y no es que antes funcionaran bajo criterios altamente éticos y constructivos que nunca traspasaron los límites de la decencia; no obstante, lo que vienen mostrando en sus contenidos algunos medios informativos en sus plataformas o redes sociales, se acerca a un desproporcionado e irreprochable discurso que fuera vaticinado por Mario Vargas Llosa en su libro como “La civilización del espectáculo”.

Cuando Vargas Llosa aclara “¿Qué quiere decir civilización del espectáculo? La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigentes lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”, no hay manera de seguir de largo. Ante la veracidad de los hechos noticiosos, la espectacularidad va permeando el lenguaje, las formas, el propósito; ha convertido a la oportunidad del hecho en sí, en una ocasión para ganar seguidores, corazoncitos y una dinámica en ocasiones absurda de los comentarios entre los usuarios que ultrapasa los límites del sentido crítico, la responsabilidad y el impacto que pueden generar, incluso entre perfectos desconocidos.

Pese a que resulta ilegítimo reprochar a los miembros de una sociedad que desean, por las razones que elijan, “dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras”, parece no ser un buen síntoma para una conglomerado que requiere evolucionar y mejorarse a sí mismo, pues recalca Vargas Llosa “convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo”. No puedo estar más de acuerdo, en especial, cuando pareciera que el ejercicio del periodismo reposa en las manos de quienes auspician una práctica con sabor a espectáculo, en el más puro y repudiable sentido de la palabra, comportándose, en muchos casos, como protagonistas de los hechos por encima del hecho en sí, esto sin ahondar en las repercusiones del uso de la IA en la reproducción de imágenes que, por parecer tan reales, engañan al más pintao, entonces sólo cuestión de figurarse la incidencia en los usuarios comunes que sólo revisan y comparten contenidos sin la más mínima intención de corroborar su veracidad.

El periodismo digital ha permitido llegar a audiencias más amplias y diversas, ya que las noticias pueden ser accesibles en cualquier momento y desde cualquier lugar, ciertamente, pero entre fakes, followers, likes se diluye la esencia del alcance de tan poderosos medios. Lo importante e impactante es ganar reconocimiento sin vacilar en el costo que ello implica. Ya en 2020, Juan-Miguel Villar Mir aseguraba que debido al uso de las nuevas tecnologías, se ha potenciado el tema de las fake news (noticias falsas que suelen abundar en internet) y de los deep fakes (vídeos que no son reales, ya que están manipulados). Aquellos tiempos en los que los atributos del hecho noticioso merecían protagonismo, vienen en picada. Y no me refiero a la debatida teoría de la objetividad, esa cuya sustancia pierde la rigurosidad metódica que debe poner en marcha el periodista, porque a mi entender, prescindir de juicios de valor, opiniones, adjetivos quizá no es tan complejo en la noticia, pero decidir cómo exponerla o presentarla a la audiencia o usuarios (para hablar en términos actuales), vendría a desconocer la subjetividad implícita en el propio resultado del titular y el enfoque.

Destaco en la misma proporción, entonces, esa verificación de datos que el ciudadano común puede pasar por alto, pero que un reportero que se precie de honrar su profesionalismo, nunca debería poner en remojo. Y todo apunta a que es el ciudadano común quien también merece comprender otras variables: la información no necesariamente conduce de forma automática a un mayor conocimiento, ni a tomar decisiones más acertadas, en especial si hay pretensiones de crear criterios propios y evitar que se nos manipule, derivado todo ello de la capacidad analitica y la verificación de los datos. Nos acerca a las realidades circundantes, tal como lo señala @faladictos.

Es la dinámica social, ese enjambre de compromisos, los que probablemente nos van encauzando y adaptando a esos cambios tecnológicos, modificando incluso el día a día, para asimilar la actual transformación tecnológica. Si bien se trata de un efecto dominó que nos va posicionando aún sin quererlo, en un entorno digital dominado por las redes sociales, mantener la ética y el rigor periodístico se vuelve aún más crucial. Los periodistas deben enfrentarse al desafío de mantener la imparcialidad y la independencia en un contexto donde la inmediatez y la viralización de la información son prioritarias. En su lugar, tenemos una realidad en la que impera el empobrecimiento del lenguaje, de la incomprensión lectora, el razonamiento, todos conducentes a la descontextualización de los propios hechos.

Durante 14 años que estuve dedicada a la docencia en ramas diversas del periodismo, fui testigo de cómo en esa era digital que iba emergiendo, el periodismo ciudadano también iba naciendo de forma paulatina, pero a esos redactores que nunca recibieron educación en el área podemos perdonarles todas las fallas en las que puedan incurrir, no así a quienes en el ejercicio de su profesión y representando a medios prestigiosos o no, son la resulta de una vorágine donde cualquiera puede ser un emisor de información, pasando por alto lo fundamental de contar con fuentes fiables y datos contrastados para garantizar la calidad de su trabajo. La veracidad de la información depende en gran medida de la confiabilidad de las fuentes utilizadas y la rigurosidad en la búsqueda y verificación de lo que se recopila.

Nunca como ahora, la tecnología ha beneficiado el ejercicio del periodismo en muchos sentidos, pues dispone de herramientas que facilitan la búsqueda, investigación y contraposición de información. Casi todo parece estar documentado para poder soportar investigaciones y establecer contundentes contrastes de las más diversas fuentes, hechos y opiniones, permitiendo así, a los periodistas acceder a una amplia gama de fuentes y realizar investigaciones más profundas. Porque otra característica de esta era de espectáculos es el empobrecimiento de las ideas como fuerza motora de la vida cultural, “Hoy vivimos la primacía de las imágenes sobre las ideas”, destaca Vargas Llosa.

En tal sentido, es imperativo que el periodismo de calidad tenga como ejes el acceso a datos confiables y la capacidad de interpretar y contextualizar la información. Los periodistas deben tener las habilidades necesarias para utilizar herramientas de análisisde datos y comprender su relevancia en la construcción de historias precisas y significativas.

¿Cómo resistir a la tentación de dar prioridad a la velocidad sobre la veracidad, y a la viralidad sobre la contrastación de los hechos.? Es quizá la tarea más perentoria que los periodistas deben seguir apegados a los principios fundamentales de la profesión: verificar la información, contrastar las fuentes, ser transparentes en el proceso de obtención de noticias y salvaguardar la privacidad de las personas involucradas en las historias. Esto último, ni los propios administradores de las grandes plataformas como X, Facebook, YouTube o Instagram parecen dominar, pese a algunos evidentes esfuerzos.

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