Ver un video en redes sociales puede ser un detonante inesperado. En un video en redes sociales escuché los acordes del “Popule Meus” de José Ángel Lamas acompañando la imagen del Nazareno de San Pablo, y en un segundo, regresé a Venezuela. Los recuerdos se agolparon; la memoria tiene esa capacidad de transportarnos a través del sonido.
La Semana Mayor en mi país es una época dual. Aunque en los últimos años se ha inclinado hacia el turismo de playa y la desconexión, en el fondo late un fervor religioso inquebrantable. Es, sin duda, una de las celebraciones más profundas de nuestro calendario, un tiempo de penitencia y renovación de la fe.
El inicio: Palmas y promesas moradas
Todo comienza el Domingo de Ramos. Es imposible no emocionarse con la tradición de los Palmeros de Chacao, quienes bajan las palmas desde nuestro majestuoso Cerro Ávila para ser bendecidas. Es el símbolo del triunfo, pero también el preámbulo de la entrega.
Pero el corazón de la semana late con fuerza el Miércoles Santo. Caracas se tiñe de morado en la Iglesia de Santa Teresa, en el centro de Caracas. Miles de fieles acuden a venerar al Nazareno de San Pablo, una talla de origen misterioso que arrastra multitudes.
Vienen a mí recuerdos de mi infancia: Mi madre me llevaba vestida con mi túnica morada. No recuerdo la promesa exacta que pagábamos, pero sí el asombro de ver a la gente entrar de rodillas o caminar descalza, entregando su gratitud o su dolor al «Limonero del Señor».
El Milagro del Limonero
La historia del Nazareno es parte de nuestra identidad. Cuenta la leyenda que, durante una epidemia en Caracas, la imagen fue sacada en procesión. Al pasar, la corona de espinas quedó enganchada en las ramas de un limonero; los frutos cayeron y su jugo fue usado para curar a los enfermos. Aquel milagro sanó a la población y selló nuestra devoción eterna.
Los Siete Templos y el silencio del Viernes Santo
El Jueves Santo es día de caminata: la visita a los Siete Templos. Es un recorrido espiritual que nos lleva a recordar el juicio de Jesús antes de su crucifixión.
Sin embargo, para mí, el momento cumbre siempre fue el Viernes Santo. Tengo grabada la imagen de ir con mi madre y mi hermana a la Iglesia de San Francisco, en el centro de la capital, para acompañar la procesión del Santo Sepulcro junto a la Virgen de la Dolorosa.
En ese momento, el silencio de la ciudad se rompía con el Popule Meus, una majestuosa obra de música sacra. Esos acordes retumban todavía en mis oídos; de niña me causaban un impacto sobrecogedor, una mezcla de respeto y tristeza profunda.
Un puente entre dos tierras
Desde hace siete años vivo la Semana Santa en España, donde el fervor es impresionante y sobrecogedor. Estar aquí me ha hecho valorar aún más mis raíces. Al ver esos videos del Nazareno y escuchar nuestra música sacra, no solo recuerdo a Venezuela; reafirmo quién soy y de dónde vengo.
La distancia no borra la fe, la hace más nostálgica y, al mismo tiempo, más fuerte.
El Autor
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Quien no vive para servir, no sirve para vivir
Que bonita historia..te felicito hermana.. sigue adelante siempre..🇻🇪❤️
Gracias mil hermana
Felicitaciones, Vero!!!! qué bueno ese artículo!!!! Que pases una excelente semana santa madrileña!!!!
Las tradiciones y la fe viajan en esas maletas con las que emigramos. Siempre presentes.