Hay días en los que siento envidia del sol. Tiene una manera tan fantástica de anunciar que tenemos una nueva oportunidad de recomenzar. En esta isla, lo hace con tal protagonismo que un amanecer compite con otro para llevarse los laureles. Esa responsabilidad de despertar al vecindario es un espectáculo que nunca tiene desperdicio, especialmente en otoño.
Siempre es un deleite, y hoy no fue la excepción. En ese trayecto que no suelo hacer siempre, porque mis caminatas matutinas me conducen por diversos caminos, me cruzo a pocos metros con un abasto que aún no abre sus puertas, pero inmediatamente me invade el aroma que se desprende del horno de la panadería que va permeando cada rincón de la cuadra desde las cuatro y media de la mañana. Una faena que no descansa los 365 días del año.
A lo lejos veo a un señor que religiosamente desayuna en la panadería. Lo reconozco porque camina ayudado con una muleta que arrastra ligeramente, ese sonido lo distingue de cualquiera de nuestro vecindario.
El vecindario duerme. Suele estar a merced de un silencio eterno como producido por una pasiflora, pero falta poco para estremecerse con la maquinaria que desde hace semanas viene perforando linealmente las calles. Instalan nuevas tuberías, una tarea que parece interminable. El polvillo que desprende y se levanta con el tránsito de carros, motos y autobuses, se cuela como un fantasma por las rendijas de las ventanas, las puertas, por doquier.
Por allí observo a la señora Fátima en el porche de su casita amarilla con rejas grises, sentada en su silla de extensión, mientras toma un sorbo de un café tan caliente que logro apreciar el humo que desprende de la taza. Este hábito lo va alternando con bocanadas de un vicio que nunca la abandona. Es extraño verla sin la compañía de su hermano. Como la mayoría de las casas deli barrio, la de ella dispone de un enorme jardín, con flores de todos los tamaños y colores que refrescan el panorama. Dalias, tulipanes, rosas, alamandas, suculentas, gladiolas y hasta cariaquito, cuyo aroma siempre acaba por seducirme.
A medida que voy acercándome a ese lugar que es como un inmenso balcón que se extiende por unos 500 metros de largo, ya se van asomando matices propios del otoño. Creo que después de la primavera, es la estación que mejor pinta el cielo. Cualquier esfuerzo que haga para describirlo, será inútil.
Un par de gatos, uno negro y otro blanco con gris merodean por una esquina. No los había visto antes. Pero su presencia ha inquietado a tres perros que suelen ladrarle a cuanta mosca se pasea por sus narices. ¿Será cierto eso de que los perros pequeños siempre son valientes detrás de las cercas?
Hoy, me adelanto a ver el sol nacer por el oriente de Madeira, aprovechando que el invierno no llega y hay oportunidad de que las nubes cedan el paso al astro rey. En otras ocasiones conduzco 45 minutos hacia la Punta de San Lorenzo para apreciar en su máximo esplendor la irrepetible tonalidad que ofrece detrás de unos grandes riscos.
Mi barrio se inunda de luz en poco tiempo anunciando un nuevo día, y yo estoy allí contemplando la silueta que desdibuja el campanario de la iglesia de San Gonzalo, como si de un prisma a punto de estallar se tratase. Hoy abundan los azules que compaginan con los del mar que se mecen al vaivén de un Fado de Mariza. Habría que crear una nueva paleta de colores. Una menuda escena poética de Cruz Salmerón Acosta; nada trivial.
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