Con el tiempo, además del amor, surgió su interés por estos bellos alados, leía sobre ellas, se detenía cada vez más a observarlas. Luego comenzó a ver los álbumes de amigos coleccionistas de mariposas disecadas; verlas así inertes, mustias, le causaba mucha tristeza.
Su interés fue creciendo, se resistía a creer que la existencia de las mariposas no trascendía más allá de volar y mostrar su colorido. Así percibió cada vez más los contrastes que encerraban los ejemplares de su misma especie. Esos contrastes que son la esencia de toda existencia en la tierra, incluyendo a los humanos.
Las mariposas de colores, las amarillas y las blancas, pequeñas, medianas o grandes, le parecían hermosas, vibrantes, alegres, ágiles, inquietas. Siempre que ella veía alguna, se le alegraba el alma, la sonrisa se asomaba a su rostro y sus manos se abrían invitándolas a posarse en ellas…claro que con poco éxito, recuerda ella.
En contraposición, las negras y las marrones grandes le causaban aprensión, temor. Las percibía agoreras, amenazantes, portadoras de malas noticias. Eran para ella, como le decía su abuela paterna, pájaros de mal agüero
Ella con el tiempo fue reforzando sus percepciones sobre las mariposas, viendo que las creencias populares, algunas tendencias filosóficas y hasta religiones, le dan diversa simbología a éstas.
Existe, por ejemplo, la creencia popular de que las grandes mariposas marrones cuando entran en una casa anuncian muerte o llegada de enemigos. Otras, por el contrario, creen que las negras y marrones traen buenas nuevas de cambios positivos o la llegada de etapas de maduración.
Las de colores, por su parte, logran mejor consenso tanto para la creencia popular como para la filosofía del Feng Shui, que consideran que las mariposas de colores simbolizan el amor y la libertad. Mientras que para el Cristianismo representan la resurrección.
Independientemente de lo que simbolicen o no, ella ve en las mariposas comportamientos que dejan algunas lecciones de vida para los humanos. Cuatro de éstas, incluso le lucen muy pertinentes para todos los que, como ella, han sido impulsados a emigrar, indistintamente de cuáles razones hayan tenido para hacerlo.
La primera enseñanza que se sacan de las aladas es: Adaptación.
Adaptación a los cambios. La flexibilidad para entender que la vida impone inicios y finales, tristes o felices; traumáticos o esperanzadores; paulatinos o violentos. La vida siempre gira como una ruleta, donde se gana y se pierde; o como en una noria en el parque de diversión, donde al dar vueltas sin parar unas veces se está arriba y otras, abajo. ¿Qué migrante escapa de estas oscilaciones, o de los vaivenes que impone un nuevo comienzo?
Eso lo conocen muy bien las mariposas. En su corta existencia pasan por cuatro transformaciones, en un proceso de metamorfosis completo: huevos, larvas, capullo (tres etapas cuyos aspectos no la favorecen para nada) y la adultez, cuando sale en todo su esplendor y colorido la belleza de las aladas. Cada etapa implica un cambio, una evolución. En fin, adaptarse a los procesos internos de su naturaleza con su dolor y sus rupturas. Pero, como le dijo la Rosa al Principito, al rechazar que le pusiera la campana de cristal con la que la protegía de los animales: “Es necesario que soporte dos o tres orugas si quiero conocer las mariposas. ¡Parece ser que son verdaderamente hermosas! Y si no, ¿quién me vendrá a visitar? ”
La segunda enseñanza: Paciencia.
La paciencia viene emparejada con la adaptación. El transitar por el camino de la adaptación es largo, a veces se torna interminable, sombrío, espinoso. Pasar por ello y salir más o menos ileso, implica desarrollar una virtud: la paciencia. La paciencia con mucha frecuencia se escapa de las manos de las personas.
Pero, aún así, se requiere un alto grado de paciencia para lograr la adaptación a cambios, muchas veces radicales, de ésos que le dan a la vida un giro de 180º. Rupturas muy conocidas para quienes están en situación de diáspora.
Para ella, como le sucede a muchos emigrantes, esta virtud es difícil de practicar, de poner en acción; sobre todo, en tiempos donde la inmediatez hace que se viva a marcha forzada. Muchas veces ella ha tenido que recurrir a la oración que enseñó Santa Teresa de Jesús “Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo alcanza”.
¡Pero, cuidado, no se confundan! Se trata de paciencia, no de conformismo, ni de resignación, ni apacibilidad.
Una tercera lección que le dejan las mariposas: Resistencia.
Resistir a las adversidades que se enfrentan en la vida. Más aún cuando se deja atrás todo para buscar un nuevo destino, y comenzar a tejer una historia distinta. Sortear los escollos; buscar salidas cuando crees que todo terminó; buscar estrategias que ayuden a salir de ese callejón sin salida.
La Monarca, una subespecie de mariposas de las más conocidas y abundantes en Norteamérica, da ejemplo de esa necesidad de resistir, no sólo cuando está completando su proceso de metamorfosis, sino también a lo largo de su corta vida.
Esas aladas de color amarillo-naranja brillante, con rayas negras cruzando su cuerpo y con el borde blanco en las alas, con una edad media de vida de nueve meses, debe tener una gran resistencia para viajar una distancia de entre 1.200 a 2.800 km. Ese es el largo trayecto que recorren en su ciclo de vida dos veces en el año .
El primero, desde el sureste de Canadá y el norte de Estados Unidos, donde nace en primavera, hasta el centro de México. A finales de verano millones de monarcas salen de Norteamérica para llegar, en invierno, a su destino, en Michoacán, donde se encuentra el “Reservorio de la Biosfera de la Mariposa” (declarado Patrimonio Nacional de la Humanidad por la Unesco en 2008).
El segundo, y último de sus vidas, lo realizan las monarcas, entre febrero y marzo, cuando retornan, para pasar la primavera, a Estados Unidos o Canadá, donde se reproducen y mueren. Ninguna otra especie de mariposas o insectos repite este increíble proceso de las monarcas, similar a las aves migrantes.
Un aspecto a destacar es que la Mariposa Monarca para completar este largo viaje de ida y vuelta emplea diversas estrategias para escapar a sus depredadores. Una de ellas consiste en almacenar en su etapa de larva una toxina que absorbe de la planta de algodoncillo que le sirve de alimento. Esa toxina, que les da su colorido, le sirve para ahuyentar a las aves depredadoras, éstas han aprendido que si se comen a una Monarca, mueren.
Ella piensa que si bien el ser humano no puede guardar toxinas venenosas para eludir dificultades, sí puede construir vallas de contención, recurriendo a la inteligencia, fuerza mental y espiritual, conocimiento, habilidades y resiliencia para lograr metas y superar retos.
Un aspecto de las monarcas que ha despertado el interés de los conservacionistas e investigadores es su capacidad y habilidad para, varias generaciones después de su llegada en primavera al norte de América, encontrar cada otoño-invierno el camino hacia México sin haberlo transitado antes. En esto también las pequeñas aladas emulan a las aves migrantes.
Se pregunta ella ¿sus nietos, bisnietos o tataranietos podrán, o querrán, alguna vez en un futuro lejano hacer el recorrido de retorno a Venezuela? ¡Ojalá, alguno de ellos emule a Lola, la nieta del futuro a la que escribió Alfonzo en su epístola para el concurso Cartas desde la Diáspora, a quien imagina regresando a una Venezuela próspera dentro de unos 40 años!
La capacidad para resistir de la Monarca también se está evidenciando en uno de los últimos descubrimientos de investigadores ambientalistas, que indica que existen regiones donde se están registrando aumentos de su población, en momentos cuando se ha detectado que estaban en peligro de extinción.
Ella, extrapola esa capacidad de resistir de la Monarca a los venezolanos, fomentando para sí la esperanza sobre el futuro de su país de origen. Su mayor deseo es que Venezuela logre superar pronto la larga y profunda crisis política, social y económica que atraviesa.
Y la cuarta enseñanza: Libertad
¡Las mariposas son libres! Por eso ella las admira. La libertad es la esencia de la vida. Ser libre está incrustado en su mente, espíritu y piel. La libertad está entre las aspiraciones más importantes de los miles de hispanoamericanos que emigran de sus países de origen, donde ese vital derecho humano no abunda.
Esa libertad de las mariposas ha dado para argumentar temas de novelas, obras de teatro y películas a diferentes autores.
Una novela sobre la lucha por la libertad que toma a las mariposas como un símil para su título “En el tiempo de las mariposas” (1994), de la escritora dominicana Julia Álvarez. Esta obra narra la historia de las tres hermanas Mirabal, las jóvenes dominicanas luchadoras por la libertad y fuertes activistas de la resistencia al dictador Rafael Leónidas Trujillo. Estas hermanas fueron emboscadas y asesinadas por órdenes del tirano que estuvo en el poder de República Dominicana por 30 sangrientos años.
Esta novela fue también llevada al cine con Salma Hayek como protagonista, bajo la dirección del español Mariano Barroso (2001). Año cuando Hugo Chávez, comenzaba a mostrar sus garras de dictador en Venezuela. A la fecha el régimen bolivariano acumula 24 años en el poder, durante los cuales ha perseguido, torturado, encarcelado y derramado sangre de cientos de inocentes opositores. Así como ha obligado dispersar a familias enteras, que ven a sus integrantes regados por el mundo, huyendo de la miseria, de la delincuencia o de la persecución política. Al igual que miles de hispanoamericanos que huyen de gobiernos populistas y autocráticos.
Estas enseñanzas, adaptación, paciencia, resistencia y libertad, que dejan las mariposas son para ella los ejes de la carreta que permiten mantenerse en movimiento en la etapa de metamorfosis emocional y metal que requieren los hispanoamericanos en situación de diáspora regados por el mundo.
Un fascinante viaje, como el que hacen las mariposas. Me ha conmovido esa analogia entre ellas y un conjunto de valores humanos. Todo se conecta.