Nunca como en otros tiempos, el uso de un smarphone ha tenido tanta importancia al momento de vivir o presenciar un hecho, sea éste noticioso o no.
Lo que comemos, el develado del sexo del hijo que está por llegar, confesiones de amores imposibles, inderectas de odio y repulsión por algún conocido; todo lo que pueda ser registrado, es una excelente opción. Que he visto Stories saturados con contenido que expone a niños a diario, cuyos padres se pasan por el orto sus derechos a una vida íntima y sin riesgos.
Viendo tantas noticias de violencia, indiferencia, conflictos, y estando a merced de una desconexión emocional cada vez más evidente, parece que se ha normalizado el individualismo, el odio se viraliza más que la empatía, y lo superficial tiene más protagonismo que lo profundo.
¿Cuántas veces dimensionamos cómo nos manipulan las plataformas para recuperar el control?. No es que estemos mal nosotros, es que los sistemas están diseñados para desordenarnos por dentro.¡Exacto! Y ahí entras en el terreno oscuro del algoritmo. No está diseñado para mostrarte lo que tú realmente quieres ver, sino lo que te mantiene más tiempo conectado. No le importa si eso te hace bien o mal, sólo si genera reacción: likes, comentarios, enojo, clics. Si algo te hizo parar el scroll o leer comentarios, ya le diste una señal…y caes en su telaraña, sin escapatoria.
Por increible que parezca, aunque no estés interesado en ciertos temas, si por curiosidad te detuviste unos segundos en un video polémico, si leíste los comentarios en una publicación «tóxica», el algoritmo ya asumió que “¡De esto quiere más!”.
Apartemos el tema de las migraciones que ya es difícil per se, crudo de manejar para la mayoría y su relación intrínseca con «las separaciones, el distanciamiento familiar y de amigos». Vamos un poco más allá, creo que en un mundo tan conectado digitalmente hablando, cada día nos vinculamos menos con nuestro entorno de la manera en que solía ser; es decir con nuestros seres queridos, y hemos apostado a estrechar lazos con quienes conforman nuestra comunidad digital que, a la hora de la verdad, está allí por un tema netamente circunstancial. En otras palabras, quienes le dan likes a nuestras publicaciones, comentan y disfrutan del contenido que compartimos, son ahora nuestros vinculos afectivos, y con ellos compartimos e intercambiamos todo tipo de información, siendo capaces de consultarles qué hacer frente a situciones simples o banales, pero también acerca de nuestra salud. ¡Qué peligro! Y, en esencia, todo por la necesidad de atención y aceptación cada vez mayor en tiempos en los que reinan de las redes sociales.
El contacto que podemos establecer con los nuestros, bien sea familiares o amigos ha quedado en muchos casos en la acera de enfrente, pues lo esencial parece ser tener una «comunidad de gente» que no conocemos en lo básico, pero a quienes les hemos dado el comando de nuestros sentimientos, pensamientos y emociones. Una responsabilidad que, en todo caso, debería ser nuestra, y de nadie más.
¿Te ha pasado que ves algo que te incomoda o te duele y después te aparecen más cosas similares? Quiza valdría la pena probar con hacer algún tipo de “higiene digital». Por eso, limpiar lo que sigues, silenciar o bloquear contenido, e interactuar sólo con lo que sí quieres ver es clave. Es como reeducarse.
Sin embargo, aunque parezca que estamos perdiendo la humanidad, también hay muchos actos silenciosos de bondad, redes de apoyo, movimientos que luchan por la justicia y personas que trabajan por sanar, por ayudar, por crear comunidad. Tal vez no hacen tanto ruido, pero ahí están. Protegerse el corazón y la mente es un acto de rebeldía y de amor propio.