Simple espectadora

Cuando eres testigo de cómo durante 90 minutos, de forma casi ininterrumpida, los hinchas gritan, cantan y corean a favor de su equipo de fútbol, a simple vista puede ser complejo entender este fenómeno, pero si se analiza la relación íntima con las emociones, se desdibuja de una manera más ligera para asimilar. En honor a la verdad, a esto se le llama Pasión.

Advierto que esto no se trata de una cátedra de filosofía, mucho menos de psicología humana, y ni por equivocación pretendo ser especialista en materia futbolística. Soy una simple espectadora quien desde muy joven tiene gustos definidos por equipos, clubes y jugadores, pero por igual, me disfruto cualquier encuentro indistintamente del torneo o los protagonistas.

Cuando ni siquiera se hablaba de la Vinotinto, mi atención la captaban Romario, Batistuta, Pauleta, Ronaldo el del jogo bonito), Klinsmann, Valderrama, Van Basten, Robben, Beckham, Zidane, Pasarela, sólo por mencionar a algunos. A nivel de selecciones me declino siempre por la alemana, la brasilera y la colombiana, y ahora -por otras razones-, le voy a Portugal. En efecto, ya tenía mi camiseta cuando ni pensaba emigrar a este país en 2014; mi Club español es el Real  Madrid (pero ver al Barca en el campo, es fabuloso).     

Y por tanto, mi interés se encamina hacia otros escenarios. A ese engramado rectangular que también por 90 minutos no sólo recibe pisadas, sino sangre, sudor y lágrimas de 20 hombres -amén de aquel que fiscaliza las jugadas, movimientos y tramas suscitadas en él-, que van de un lado a otro “como tontos persiguiendo a un balón” o al menos eso piensan quienes aun después de 162 años de que se escenificara el primer partido de la era moderna, no han entendido al verdadero fenómeno universal de todos los tiempos: el fútbol.

Y como fenómeno social, económico, mediático implica e involucra a personas, quizá con los más bajos instintos, antes, durante y después de cada encuentro disputado. Hay fanaticadas de todo tipo, las que cantan, bailan; las que ríen o lloran, las que se rasgan las vestiduras como si también conformaran el 11 legal de un partido. Hay fanáticos que, aunque pierdan y sin ser ese su rol, limpian el lugar que ocuparon en las tribunas. Hay hinchas que van a disfrutar, pero también a escenificar trifulcas de pronósticos reservados, si los resultados no les favorecen. Hay encuentros que, a partir de celebraciones de sus seguidores, dejan a su paso destrozos materiales, heridos, y en el peor de los casos, muertos. 

Entonces, las pasiones pueden desbocarse porque están profundamente ligadas a nuestras emociones más primitivas e intensas. A diferencia de la razón, que analiza y regula, las pasiones brotan desde el deseo, el miedo, la ira o la euforia, y pueden nublar el juicio cuando no se canalizan o contienen adecuadamente. Es la pasión por el  fútbol la que moviliza -como ningún otro deporte  (léase bien, en singular)-, a millones de personas de una ciudad a otra, de un país a otro y de un continente a otro cuando es la cita mundialista.

Pero además, las pasiones no se limitan a los hinchas, también se apoderan de los protagonistas del balompié, algunos endiosados por egos inflados desde su propio interior, alimentados por sus cercanos, las familias, por los medios y redes sociales. Hay jueces y sentencias que se convierten en una vergüenza, vengan de donde vengan, pues si bien el fútbol es un show por donde lo miremos, a la vuelta de la esquina, saltan los eruditos del conocimiento en la materia, muchas veces escudados en sus profesiones como narradores, comentaristas, influencers de oficio fustigando por xenofobia, por depreciar a clubes, por odio a jugadores, lo que sus verdades les permiten ser.

Mi verdad es que, en medio de tanta guerra, un mundo consumido por asuntos políticos y económicos llevándonos al borde, el fútbol es un bálsamo, una miel que nunca amarga cuando somos capaces de verlo como lo que es, un espectáculo donde el resultado favorece exclusiva e indiscutiblemente a uno de los dos equipos enfrentados, no hay otra hipótesis,  aunque a veces, sólo a veces, no gana el que ha tenido mayor rendimiento, la más audaz estrategia,  la mejor defensiva.

En la idealización y la  proyección, la pasión es capaz de volcar sobre personas, cosas o experiencias una carga emocional exagerada, esperando que “nos salven, nos completen o nos validen”. ¿Qué implica esto? que la pasión pueda llegar a descontrolarse, lo que por cierto, en un ambiente como un campo de fútbol, donde hay contextos que favorecen esa ebullición, las pasiones se enciendan, llegando a multiplicarse por efecto contagio. Lo hemos presenciado en sobradas ocasiones.

Cada época tiene sus héroes, y van resurgiendo las generaciones de relevo. Y aunque los números y las estadísticas siempre son importantes, caer en comparaciones viscerales e incluso enfermizas, es un despropósito ante un deporte que tiene brillo propio. Ocurre con Cristiano Ronaldo y Messi, quienes siendo contemporáneos merecen ser valorados de forma individual, sin rivalidades. Pero peor aun, lo más aberrante es pretender comparar a Lamine Yamal con CR7. Hay una brecha generacional indiscutible, para empezar.

Y en efecto, resulta ridículo el nivel de manipulación de los usuarios de redes sociales al creerse dueños de la verdad. Sócrates consideraba “la verdad como el bien moral, lo que implica que quien conoce la verdad actúa con rectitud”; pero Platón también planteaba que “si hay una verdad absoluta, no está en este mundo, sino en el mundo de las ideas”.

El Autor

Simple espectadora comentarios en «2»

  1. Tenemos una visión parecida en cuanto al fútbol. Creo que es un deporte para disfrutar y pienso que los fanáticos se pierden ese disfrute.

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