La primera vez que intenté leer Cien años de soledad tenía nueve años.
Lo hice influenciado por mi profesora Milagros: una joven hermosa que llevaba el libro a clase y lo leía sentada en su escritorio durante las horas en que a nosotros nos tocaba el recreo.
Confieso que, pese a mis esfuerzos, fue uno de los libros que más llegué a odiar.
Odiaba que varios personajes se llamaran igual. Odiaba que el pueblo se llamara “Macondo”. Odiaba sentir, mientras lo leía, que me perdía en una jungla. Y sobre todo odiaba no poder pasar de la página cincuenta.
Para mí, era —sin duda— un libro mal escrito, al que le habían dado un mérito que no se merecía. No entendía por qué mi profesora tardaba tanto en leerlo. Era una novela incomprensible desde cualquier punto de vista.
Sin embargo, años después, cuando tenía quince, en una de esas tardes en las que el aburrimiento se instala sin pedir permiso en la vida cotidiana, tomé nuevamente el libro. Seguía en el mismo lugar donde lo había abandonado la primera vez. Y empecé otra vez.
Esta vez, las palabras adquirieron otro significado.
Ante mí saltaban imágenes, olores, ruidos, sensaciones… y, de pronto, me convertía en un protagonista más de todo cuanto allí ocurría. No podía parar de leer. Lo terminé en un solo día y esa misma semana lo releí un par de veces.
Me parecía increíble. No comprendía cómo podía tratarse del mismo libro que años antes había despreciado y odiado con tanta fuerza.
Con el tiempo entendí algo sencillo: el libro era exactamente el mismo, pero quien había cambiado era yo. Cuando lo leí por primera vez, no estaba preparado para apreciarlo en su justa medida.
Me gusta creer que cada vez que leemos un libro en distintas etapas de nuestra vida, este adquiere un significado diferente. El aprendizaje también cambia: a veces complementa lo que ya sabíamos; otras veces lo contradice por completo.
Pienso que con las personas ocurre algo parecido.
¿Cuántos compañeros, vecinos, familiares, amigos o amores hemos conocido en épocas en las que no estábamos listos para valorarlos como merecían?
¿Cuántos recordamos años después con una fuerza inesperada, a pesar de haber compartido tan poco?
Y nosotros mismos, también, hemos sido subestimados alguna vez.
Nos han devuelto a la biblioteca después de leer apenas unas páginas de nuestra historia. Y, en algunos casos, para ciertas personas seguimos con el empaque intacto: ni siquiera han visto la portada. Solo somos una referencia. Cuando mucho, un nombre.
Pero, a diferencia de los libros, las personas no siempre están ahí para buscarlas y darles una segunda oportunidad.
Solo en contadas excepciones podemos volver, tocar esa puerta y ofrecer —o recibir— la posibilidad de empezar de nuevo.
Por eso, desde hace un buen tiempo, observo a mi alrededor y reflexiono. Buscando ejemplares que quizás merezcan una segunda oportunidad… o quizás esperando ser yo ese ejemplar que alguien, en algún momento, esté buscando.