Aunque no es la patrona oficial de Portugal, antes de emigrar a la isla de Madeira, establecí una especie de conexión con la Virgen de Fátima. Explicar con detalles cómo se estableció este vínculo, conlleva tiempo y, en honor a la verdad, no encuentro un día o lugar específico en mi memoria, porque más allá de su historia de aparición y milagros, lo que me une a ella es algo que me cuesta explicar en palabras simples. Quizá tenga que ver, justamente, con eso que llaman fe, esa certeza de lo que no podemos ver, pero en lo que creemos desde el corazón.
Lo cierto es que espiritualmente, antes de emigrar le pedí permiso para entrar con buen pie en éste su territorio. Y desde entonces, hace más de once años, nos cuida, nos resguarda y hace posible pequeños y sin embargo significativos milagros en nuestras vidas.
Pocos meses después de arribar a Madeira, nos correspondía tramitar nuestro estatus acá, es decir, solicitar la residencia (la de mi hijo menor en ese entonces y la mía).
Una vez en la institución encargada de hacer este trámite, y de entregar la documentación que correspondía, también había que pagar, como es obvio. Por desconocimiento de mi parte, pensé que primero me legalizaba yo, y a seguir, solicitaba la de mi hijo. Debía hacer ambas al mismo tiempo. Esto implicó pagar -además de lo establecido en situación normal-, una multa. Sumergida en el proceso extenuante y demoledor que viví los primeros meses, no se me ocurrió siquiera averiguar cuánto y cómo debía pagar todo el trámite; simplemente me presenté en el lugar para que me indicaran lo que correspondía hacer.
A decir verdad, yo trabajaba pero era una suma que para ese entonces yo no conseguía tener en mis manos. Superaba los 700 euros. La funcionaria, muy amable y comprensiva me dio un plazo de 5 días para reunir el dinero. Llorando en el banco de una plaza le pedí a la Virgen de Fátima me iluminara para encontrar una solución. Y así fue. Recordé el nombre de una persona que me habían recomendado semanas atrás y a su despacho fui a parar.
Haciendo el cuento corto, era la representante legal de la Diócesis de Funchal. Y luego de un extenso interrogatorio sobre puntos varios en torno a migración y religión, billete sobre billete se me dio en un sobre la suma total de lo que necesitaba. Valga recalcar que no entro en el grupo de feligreses que acuden constantemente a misas, pero soy una mujer de fe. Y allí estaba la respuesta.
En esta larga trayectoria como inmigrante, muchos han sido los tropiezos. No obstante, siempre se han presentado las soluciones. Es que nunca he dejado de confiar. Cuando la nevera estaba vacía, de algún lugar llegaban las provisiones; cuando el frío otoñal comenzaba a asomarse, los abrazos y abrigos no se hicieron esperar; no teníamos derecho a ayudas sociales, y sin embargo, los libros que mi hijo necesitó para el colegio, fueron suministrados de forma gratuita por un docente. Y así, estos importantes pasos no dejaron de encontrar bases sólidas desde la más grande gratitud y movidos por la fe que guiaba mi vida en medio de tanta tribulación.
Va de esto, de la fe, esa que sostiene el voto a lo largo del tiempo. Y seguramente, la Virgen, durante estos años también estuvo a mi espera, la de ir a su Santuario en Santarém donde a principios del siglo pasado hizo su aparición ante los ojos de tres niños pastores. Imperaba la convicción interior de que era necesario cumplirla.
Esa certeza, de lo que no vemos pero que aun así existe de forma inexorable dentro de uno. No es un cuerpo físico, sino la energía de una realidad espiritual, cuya figura representa (la intercesión, la gracia, el amor maternal). Esta es la definición más pura de la Fe, el origen de la promesa en sí.
Cuando hice ese compromiso hace años, actué desde la Fe, y mantuve la confianza en que esa entidad espiritual era real, poderosa y digna de un voto.
El primero de diciembre de este año, finalmente acudí al Santuario en Santarem a su encuentro. El cielo no podía estar más hermoso; una calma indescriptible inunda aquel lugar. De brazos de mi hijo, con rosario en mano, caminamos en absoluto silencio hasta el altar donde pequeña y hermosa reposa en un costado. Allí sentada desde la tranquilidad que embargaba mi alma y sin poder contener las lágrimas, sólo di espacio a la gratitud. Agradecer por todo lo que parece insignificante, pero que tiene un peso increíble al final del día: despertar, caminar, correr, ver, ser independiente física, mental y económicamente. Contar con gente que te ama y poder amar sin reservas…soñar y creer incluso, en todo aquello que parece invisible.
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