Maresia

Cuando era pequeña, mi madre me decía que allá donde se dibuja aquella línea en el
horizonte, allá justamente donde ya no alcanza nuestra vista, terminaba el mar.
Tardé mucho tiempo en comprender que no era cierto. Que no es que los barcos llegaban a
ese punto y luego caían en un abismo inacabable, como si el limbo los devorara. Me daba
pánico pensar que me ocurriera eso, entonces siempre me mantenía al margen. Apenas sentía
que no tocaba el fondo, me apresuraba a regresar a la orilla.

Todo tiene su explicación en la forma del planeta que habitamos, pero es muy complejo para
que lo comprendas, mi pequeño amor.

Descubrí el olor del mar siendo apenas una niña, y no había un momento más placentero en la
vida que sentarme en los márgenes de la playa, donde la espuma se entrompa con la arena,
las piedras, los cangrejos, las diminutas tortugas, y en apariencia, les ahoga. Me gustaba sentir
en los pies cómo las burbujas se iban desvaneciendo; cerraba los ojos para sentir ese
cosquilleo. No es cosa simple describirlo. El blanco de la espuma cuando rompen las olas se
asemeja a un tapete debajo del cual se puede esconder todo el polvo de la casa; es una pena
que esto no sea sólo una metáfora que se me ha escapado. Los humanos a veces creen que el
mar es un enorme depósito de desperdicios.

Ya de adolescente mi relación con estas aguas fue mejorando. Obviamente, el cuento del final
en el horizonte pasó a ser una leyenda que se inventaron por desconocimiento o miedo, que se
fue extinguiendo como el sol en su ocaso nocturnal. Aprendí a nadar, a sortear olas y hasta
explorar en sus profundidades con careta, esnórquel y chapaletas. Toda una aventura. Hay un
universo inimaginable bajo esas aguas aparentemente superficiales. Algas, corales, variedad
infinita de peces de todos los tamaños y colores; estrellas y caballitos de mar; enormes
ballenas, tiburones, pulpos, y algunos cuentos y fábulas aseguran que por estas aguas
navegaron barcos piratas, cargados de un montón de ladrones como Jak Sparrow que iban
arrasando con todo lo que no les pertenecía, y también hablan de la existencia de sirenas que
cantan para enamorar a los humanos. A mi me enamora su olor. ¿Que a qué huele el mar? A
maresia, así le dicen, pero insisto, con palabras propias no lo logro desmenuzar. Hay
experiencias que se tornan un reto personal. No sé si me entiendes, pero por el movimiento de
tu diminuta y rosada nariz, creo que lo intentas. Anda, respira y llénate de energía, de vida
pura, de ese olor que atraviesa el alma, y de vez en cuando se queda allí.


El mar es un mundo infinito, con millones de kilómetros sin explorar aún.
Enigmático, misterioso; a tal punto que se ha tragado innumerables embarcaciones que
reposan en sus profundidades. En las noches hay una suerte de danza que se cuece entre mar
y luna, a través de una conexión poderosa y trasnochada; ella lejana y luminosa, lo domina, y
dicen que junto a Tritón, el Dios del Mar de la mitología griega, lo manejan a su antojo.
Fíjate mi amor, los tonos azules van cambiando como un degradado a medida que se va
haciendo más profundo. Hacia los extremos derecho e izquierdo prevalece el verde, como el de tus ojos. ¡Cuánto brillo hay en ellos hoy! y no es para menos. Mirar el mar es revitalizador;
implica una magia desenfrenada. ¿Sabías que hay mares de diferentes colores? Negro, rojo y
uno llamado Caribe, que es inigualable; en sus aguas comenzó esta historia de amor y de
respeto. Y así como cambian los colores de sus aguas, la arena también. Imagino que al llegar
a esta playa pensante invadido de admiración y emoción: “esto es el paraíso, tanta arena para
mi solito!”. Así reaccionaría un gato como tú.


En esos largos meses que estuviste desaparecido de casa, tuve tiempo para reflexionar sobre
muchas cosas. Entendí la importancia de no posponer lo que anhelamos. Por eso estamos
aquí, contemplando la inmensidad y misticidad del Atlántico, este océano que se entreteje con
las aguas de otros mares. Hemos vivido tantas cosas y aventuras juntos mi amado Bigo, pero
nunca habías visto el mar tan cerca. Te lo debía.


Al mar vengo desde siempre con cualquier excusa. Cuando hay tristeza o alegría, melancolía o
euforia. Me siento confortable con sólo estar aquí, sentada y escuchar el sonido crujiente que
se desprende de las piedras cuando las olas -agotadas del trajinar-, se retiran al encuentro de
ese revoltijo que de inmediato las vuelve a formar. En ese vaivén interpreto una escena de
amor que me resuena dentro.


Mi fascinación por el mar es tan antigua como el viento que nos limpia la cara ahora, todos los
caminos me llevan a él. Soñé siempre vivir cerca de una playa, tener la posibilidad de escuchar
el oleaje y que, tanto su quietud como su furia, me permitieran hacer fotografías de ensueño.
Creo que el destino nos ha traído hasta acá. Nos hacía falta conectarnos en este pasmoso e
intrigante lugar, luego de compartir 16 años juntos. ¡Vamos!, respira maresia, respira
desde el alma, porque donde el alma sonría, ese es el lugar donde uno debe estar.

El Autor

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