Hay mil formas de conmoverse. Llevo semanas presa de la conmoción, sobreviviendo a una inyección de adrenalina que me van suministrando poco a poco, a través de una historia inacabable en sí misma.
Cada quien tiene y lidia a diario con su propia cordillera.
Salvando las distancias, porque es imposible compararse con la experiencia que tuvieron aquellos jóvenes, es importante resaltar que, si bien los dieciséis estuvieron en el mismo lugar y experimentaron situaciones muy similares, cómo la sintió, cómo la vivió, cómo ha marcado su vida, es una experiencia absolutamente particular. Entonces, cada cual tiene -en resumidas cuentas- una manera separada, aunque no por ello más o menos relevante, de recordarla y sobrellevarla, aún transcurridos más de 50 años.
Quedé no sólo maravillada por el regalo cinematográfico que le ha dado Bayona a un mundo repleto de injusticias, impregnado de sinsabores, y todo a partir de un hecho tan catastrófico, doloroso y marcante; sino que, una vez acabado el film me remití casi de forma obsesiva a ponerle rostros a los personajes. Los rostros reales en quienes se inspiró aquella epopeya que no tiene igual en la historia de la humanidad.
Encontré entonces, tal como funcionan los algoritmos, centenas de entrevistas, decenas de charlas (que ellos mismos dictan), y unos cuantos documentales que me han permitido además de estremecerme, detenerme a reflexionar sobre muchos aspectos de la vida, mi vida. Sobrevivir 72 días contra todo pronóstico, es una lección descomunal que supera todo lo inimaginable; yendo más allá del instinto primitivo que los condujo a la antropofagia. Sí, esta historia traspasa esa sanguinaria frontera; lo que vivieron dentro y fuera del fuselaje, incluso ya de vuelta a la civilización los mantuvo en las sombras por años.
Como si de un expedicionario sin aliento a punto de abandonar la marcha se tratase, en algún momento reciente la mochila que llevaba años a cuesta comenzó a ser insostenible. Un peso que los hombros, la espalda y hasta los pies comenzaron a no soportar. Una mochila que sólo iba tragando y tragando; almacenando penurias, angustias, dolores que parece que no me pertenecen. Venía desde hace un tiempo, caminando como un ciego a tientas, tropezando y tropezando, con un enorme miedo. Hay miedos que no se esfuman y de vez en cuando asoman las orejas. Andan por allí agazapados, cautivos y hambrientos, con una capacidad monstruosa de someterte, hasta llegar a tener pensamientos que atentan contra uno mismo, que te invitan a dejarte llevar en silencio.
El placer y el dolor son relativos; no existe un “dolorímetro” o un “angustiómetro”, o “alegriólogo” para medir niveles de las emociones o los sentimientos. por separado se experimenta de distintas maneras. Uno puede restringir el sufrimiento o la felicidad, pero por sí solas, a veces adquieren autonomía y se salen de su cauce.
Abrí la mochila una, cinco y mil veces. Siempre acaba cerrándola sin extraer su contenido. La vida te va llevando, como en la cordillera y escalarla es asfixiante, y por momentos, apetece cerrar los ojos y dejarse morir. Hay daños que deben ser extirpados a sabiendas del dolor que conllevan, porque definitivamente resulta ser la mejor manera de confrontarlos. La vida tiene muchos reveses, pero hay que sortearlos. Y no es lo mismo hacer una maleta de viaje, cargada de entusiasmo, expectativas y hasta sueños. Una mochila es como un baúl. Puede resultar contraproducente en ocasiones. Creo que cada mochila es un enorme misterio, pues cada quien sortea sus propias cordilleras, como ha expresado Fernando «Nando» Parrado. Algunas un poco menos trágicas, sin la exigencia o los retos intrínsecos, algunas sin nieve, pero no dejan de ser cordilleras. Nadie escapa de ello.
De esa especie de experimento del comportamiento humano que fue la tragedia de Los Andes (algunos prefieren no llamarle así, pero tampoco milagro), muchas simbologías han hecho resonancia en mí, pues son dieciséis miradas diferentes acerca de un mismo hecho. Los testimonios tienen una carga emocional enorme por la riqueza vivencial, por el sentido de empatía, resiliencia, liderazgo y fe, especialmente esta última. Sin Fe, sin esa descomunal certeza sobre lo que incluso no vemos, pero que nos impulsa a creer, ¿qué sentido tiene la vida? Hay que aprovechar que te catapulten los impulsos que ella conlleva.
Al comenzar a vaciar la mochila y confrontar uno a uno lo que iba extrayendo, comprendí que ciertamente luchar no garantiza el éxito, pero quedarse llorando garantiza el fracaso, y como lo señala en sus ponencias Carlitos Páez, la palabra más cotidiana y constante en la vida es el No, pero vaciar la mochila hace que, probablemente, encontremos el Sí.